La barca de Caronte

Roger Fischer S.

Por razones de edad me toca cumplir con mis amigos en sus duelos, más que al promedio de la gente. Sucede que voy a las “velas” con mucha frecuencia, algunas veces de padres o familiares mayores de personas allegadas a mí. En otras ocasiones el muerto es de mi edad —cosa frecuente— y las menos acompaño a familiares y amigos fallecidos de edad menor.

Recuerdo “las velas” en la ciudad de León de cuando era niño. Existían entonces dos personajes pertenecientes a distinguidas familias de la metrópoli llamados Chepito Rojas y Juancito Aguilar, cuyas vidas giraban alrededor de velas y entierros. Ataviados de traje negro y corbata de luto riguroso, los dos amigos sabían quiénes estaban enfermos y al borde de la muerte. Y en su obsesión por asistir a las velas tocaban imprudentemente las puertas de las viviendas de los moribundos, para saber de su estado y calcular el día de su muerte. Eran como pequeños cuervos que volaban alrededor de su presa, pues eso les permitía tomarse su cafecito, comer sabrosas tortas de canela, vainilla y chocolate, probar deliciosos pudines de mantequilla y, desde luego, echarse unos “guaspirolazos” para levantarse el ánimo e ir en busca de una nueva oportunidad.

Las velas de los pudientes eran realizadas con mucho respeto, aunque siempre había quienes contaran chistes y las risas con pudor no llegaban a la carcajada. En cambio las velas populares eran más abiertas, se contaban chistes, se jugaban cartas y hasta “tablero”. Los amigos y vecinos se retiraban en la madrugada un poco “achispados” y desvelados, dispuestos a concurrir al entierro y dejar al difunto confortablemente enterrado en el cementerio.

Hasta hace pocos años en Managua no existían casas de pompas fúnebres o velatorios y para muchos familiares era una falta de respeto al muerto, velarlo fuera del hogar. Pero con el modernismo las salas de velación se ofrecen como una alternativa de comodidad y espacio, permitiendo de manera ordenada y digna la exposición de los muertos.

Sin embargo, una cosa es el servicio que dan y otra el comportamiento de quienes llegan a manifestar su dolor y solidaridad. Cuando uno entra al velatorio siente una atmósfera cargada de voces en alto y un rumor que encierra varias pláticas íntimas o a distancia. El “güere güere” sugiere un festival, un murmullo alegre por demás pagano. A veces recuerda un mercado persa lleno de discusiones, risas, chistes, críticas y reproches que definitivamente no están a tono con el dolor sincero de los deudos y el respeto que debemos guardar a nuestros muertos.

Frases tan conocidas salidas de señoras, como: ¿ideay niñó, dónde te has metido…? ¿Ya viste a la Norita como está de flaca? ¡Si se le anda cayendo la falda!, son escuchadas, o simplemente se cuentan el número de cirugías que lleva la María o lo pichón que anda siempre Francisco. ¡Cómo está de anciano Roberto! ¡Qué barbaridad! Velo, si está nuquita, nuquita y chincaquita, chincaquita. ¿Te acordás lo regio que era? Pero ya se le vino el calendario encima.

Así, entre crítica y crítica, armando viajes al mar o parrandas para el fin de semana, se suceden pláticas que siempre terminan en discusiones políticas, a veces airadas y otras tragicómicas: —Ese piche es de los ingratos, traicionó al gordo y ahora anda diciendo con motivo de la operación de sus dedos que el líder ya puede hacer de nuevo la guatusa. Cuando regresemos al poder no va a volver a trabajar en el gobierno—, dijo Noel, mientras Carlitos sentenciaba: hombré, ese Daniel anda de diablo metido a predicador, cepillando al Cardenal; no entiende que debe dejarle paso a otros, por ejemplo a Herty. —Pedro va bien en las encuestas, Eduardo lo está respaldando, pero el Frente tiene mucha barra en Managua y la lucha va a ser muy cerrada—, terció Noel, para continuar hablando: “Ve, ahí viene Sebastián, ojalá que Mariano no lo vea porque si no se vuelve a armar la discusión como en la otra vela—. ¡Qué vaina, estos “caudillos” nos tienen en la lona… el país no progresa, exportamos seiscientos millones de dólares e importamos mil ochocientos… y ellos repartiéndose las cortes, el tribunal supremo electoral y quién sabe cuántas cosas más! comentó un directivo del sector privado.

Así, en cada vela se repiten las mismas historias con nuevas versiones; y los asistentes convierten un acto de solidaridad humana en la extensión de un club donde corren y vuelan los chismes políticos y sociales de la manera más desenfadada, casi a gritos, y sin respeto a la memoria de quienes todavía no han besado la tierra.

Sic transit gloria mundi.

El autor es publicista.rog

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