Humberto Belli [email protected]
Tras participar en la misa del 19 de julio por la mañana, ofrecida por la reconciliación, el perdón y la paz, era de esperarse que el discurso vespertino de Daniel Ortega estaría impregnado por alguno de estos elementos, pues toda reconciliación y perdón van acompañados del ánimo de rectificar. En verdad, la tarde del 19 de julio era una gran oportunidad para el comandante Ortega. Un mensaje de mano abierta, ofreciendo rectificaciones y rumbos diferentes al pasado, hubiese sido muy bien recibido. Pero Ortega siguió otro camino. Sus casi dos horas de discurso se repartieron entre una defensa casi sin fisuras del pasado y una diatriba casi sin matices contra los Estados Unidos.
Al pintar un cuadro rosado de los años sandinistas, cuando aparentemente todo era mejor, Ortega escogió ignorar los sufrimientos de importantes sectores de la población, sobre todo humilde y campesina, que padecieron las políticas equivocadas de la revolución. Al hablar de las confiscaciones y expropiaciones, Ortega más bien insinuó la culpa de los afectados por no haber cooperado patrióticamente, y ni siquiera sugirió un compromiso nuevo de respetar la propiedad privada. Al abordar las elecciones de 1990, Ortega atribuyó su derrota a las manipulaciones del imperialismo y a la confusión de sus propios seguidores. En ningún momento dejó entrever el papel que sus errores pudieron jugar en su derrota e ignoró olímpicamente el hecho de que esa “confusión” se ha repetido tres veces.
Con relación a los Estados Unidos y sus aliados, Ortega podría haber adoptado una actitud nueva, pragmática, realista, y propositiva. En su lugar repitió su retórica confrontativa de los ochenta, usando epítetos ofensivos contra los gobernantes norteamericanos y emprendiéndola contra los organismos financieros internacionales. Muy en línea con su pasado ideológico, manifestó su solidaridad con tiranos y demagogos de izquierda, como Castro y Hugo Chávez, y alabó a las guerrillas simpatizantes de Hussein.
Recientemente Luis Carrión, uno de los nueve comandantes de la revolución, expresaba que “el error más grande de la revolución había sido declararle la guerra a los Estados Unidos.” A 25 años de distancia, el comandante Ortega parece empecinado en no ver que Nicaragua y su pueblo pueden ganar mucho más con una política de cooperación y amistad con los Estados Unidos, que con una política hostil. Hugo Chávez, que cuenta con 25 mil millones de dólares anuales en exportaciones de petróleo puede darse el lujo —momentáneo y socialmente costoso— de rechazar al FMI y solidarizarse con Castro. Pero, ¿y Nicaragua? ¿Con qué recursos sustituiría el comandante Ortega la valiosa e indispensable ayuda que actualmente recibimos de los Estados Unidos y la comunidad de naciones asociadas al FMI?
Preocupa también el ataque expreso de Ortega contra la democracia representativa, el sistema político basado en las libertades ciudadanas, la elección de los gobernantes y la separación de los poderes, que hoy practican las sociedades más prósperas y felices del planeta, y que los historiadores consideran generalmente como una de las mayores contribuciones de Occidente a la civilización.
Ortega dice que este sistema está podrido. Y no sugiere limpiarlo o purificarlo, sino sustituirlo por otro modelo totalmente diferente. ¿Será que el comandante, como marxista que fue, o sigue siendo (¿?) todavía añora la “dictadura del proletariado?” ¿O será que ignora que él ha sido uno de los principales arquitectos de la podredumbre de la democracia representativa nicaragüense, al pactar con Alemán la politización de los poderes del Estado?
El comandante Ortega propone sustituir la democracia representativa por un extraño híbrido compuesto por centenares de asambleas municipales (donde los organizaciones de masas del FSLN tendrían mucha influencia) y reducir a la mitad los salarios de los funcionarios, incluyendo alcaldes y concejales. Estas dos medidas, más el anti-norteamericanismo, parecen agotar sus grandes planes para sacar adelante a Nicaragua y erradicar la pobreza.
Es lastimoso en el discurso de Ortega su absoluta falta de referencia a los ingredientes que producen prosperidad y paz. Porque hoy día todas las sociedades exitosas en levantar a sus pobres, cuentan con gobiernos democráticos representativos, amigos de Occidente, con sistemas judiciales independientes, con economías de mercado libre, y con un gran respeto por la propiedad privada.
Quizás el comandante sigue anclado en la nostalgia de un pasado en el cual encuentra pocos temas de los que arrepentirse; la utopía se malogró por culpa de otros. A 25 años de distancia, lo que parece haber cambiado en la cabeza del comandante son el número de sus cabellos. Hoy son bastante menos.
El autor es rector de Ave Maria College of the Americas.