Wilmar Cuarezma Fuentes
Roman, Times, serif»>
El valor de la Oración de Gettysburg para la democracia
Wilmar Cuarezma Fuentes
La Oración de Gettysburg, de pocas palabras pero de inmortal recordación, fue pronunciada por Abraham Lincoln en Gettysburg, Pensilvania, el 19 de noviembre de 1863, durante las ceremonias de dedicación de un cementerio militar nacional a los soldados de la batalla que marcó la crisis en la Guerra Civil entre el Norte y el Sur, guerra que duró cuatro largos años (1861 a 1865)
Por tres días las tropas del Gobierno se mantuvieron frente al ejército invasor de la confederación, y finalmente lo derrocaron. La posteridad recuerda a Gettysburg como una de las batallas decisivas de la historia. Esa victoria salvó la Unión y la República continuó su vida de nación unida, con toda la significación que esto ha tenido en la historia no sólo de América sino también del mundo.
Muy al contrario de lo que predijo Lincoln, el mundo ha dado gran importancia a su oración de aquella mañana en Gettysburg y la recordará por mucho tiempo más. Esa oración ocupa un sitio destacado de la tradición de Estados Unidos y de América. Por su valor literario y su filosofía democrática, la Oración de Gettysburg figura junto a la Declaración de Independencia.
La Oración de Gettysburg dice: “Hace 87 años que nuestros padres fundaron en este Continente una nación concebida en la libertad, y consagrada al principio de que todos los hombres nacemos iguales. Estamos ahora en medio de una gran guerra civil que habrá de determinar si esta nación, o cualquiera otra nación así concebida y consagrada, puede subsistir.
Nos hemos reunido en un gran campo de batalla de esa guerra. Hemos venido a dedicar una sección de ese campo para que sirva de último sitio de reposo a aquéllos que aquí ofrendaron sus vidas para que esa nación pueda perdurar. Nada más justo y adecuado que así lo hagamos.
Sin embargo, en un sentido más amplio, no podemos dedicar —no podemos consagrar— no podemos santificar esta tierra. Los valientes, vivos o muertos, que aquí combatieron, la han consagrado en forma tal que sería inútil tratar de añadir o restar algo. El mundo no prestará gran atención ni recordará por mucho tiempo lo que aquí digamos, pero nunca olvidará lo que ellos aquí hicieron.
Cúmplenos más bien a los que vivimos el deber de consagrarnos a esa obra inconclusa que los que combatieron aquí tan noblemente adelantaron. Debemos más bien dedicarnos a la gran tarea ante nosotros, que estos venerados muertos nos inspiren una devoción aún más grande hacia la causa de la cual ellos hicieron el supremo sacrificio; que solemnemente resolvamos que estos muertos no han caído en vano; que esta nación, con la gracia de Dios tendrá una nueva aurora de libertad; y que el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la Tierra. Ésa es la lucha.
El autor es catedrático de la Universidad Iberoamericana de Ciencia y Tecnología (UNICIT)
[email protected]