Roberto Martínez C.*
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La laguna de Tiscapa
Roberto Martínez C.*
Tengo 61 años. Soy managua autóctono. De padres y abuelos nacidos en la “Novia del Xolotlán”.
Cuando se trata de Tiscapa mis remembranzas se remontan a los años cincuenta. Era yo un “cipote” de entre 7 y 12 años. En ese tiempo se acostumbraba lavar ropa en las orillas de la laguna. Había mujeres que lavaban “ajeno”, o sea, vivían de lavar la ropa de cualquier persona o familia; ése era su oficio. Llegaban otras mujeres a lavar la ropa de sus patrones; éstas eran lavanderas “privadas”; su oficio estaba fuera de Tiscapa; eran empleadas domésticas.
A veces yo acompañaba a la lavandera de mi casa a la laguna. No sé cómo hacía ella para aguantar y equilibrar semejante motete de ropa desde mi casa (Restaurante Crucita, frente al cine Tropical) cuesta arriba hasta Tiscapa.
Todavía ignoro si las lavanderas profesionales estaban inmunizadas contra las “pepescas”. El caso es que la María, nuestra lavandera, a cada momento pegaba brincos cuando la mordían las sardinitas.
Bueno. Las mujeres se sumergían hasta las rodillas y empezaban a restregar la ropa contra las piedras volcánicas del entorno. No existían los detergentes de ahora. Lo que se usaba era jabón “azul”, unos bloques semi cúbicos de jabón sólido de unas cuatro pulgadas por lado, entreverado de azul y blanco. El enjuague consistía en pegarle unos cuantos “sopapos” contra las piedras a la ropa mojada; después, a secar la ropa en los tendederos de alambre de púas.
El otro aspecto de Tiscapa era la natación. Allí llegaban a entrenarse los salvavidas de la Cruz Roja. Para ser aceptado como miembro, el requisito era cruzar la laguna de cabo a rabo.
También llegaban los nadadores aficionados. Habían buenos y malos. El problema era que no cualquiera se cruzaba la laguna. Allí llegaban a probar suerte los chavalos de los colegios vecinos: Bautista, Darío, Goyena, Pedagógico, etc., que se ausentaban de clases para darse un chapuzón.
Pero Tiscapa es traicionera. Por ser laguna volcánica, sus pendientes son abruptas. Uno se adentra tres, cuatro pasos y de repente no toca fondo. Para los clavadistas el peligro está en los filos de roca que sobresalen en ciertos lugares. De allí que, para el novato, Tiscapa era un serio peligro. Por eso no era raro leer en los periódicos de ese tiempo (Flecha, La Tribuna, La Noticia, La Nueva Prensa, Novedades, LA PRENSA, La Estrella de Nicaragua, etc.) los nombres de los ahogados del día.
Una leyenda decía que en el centro de la laguna había un remolino que se chupaba a los que osaban cruzársela. Otra leyenda era la de la serpiente gigante que se tragaba a los nadadores. Haya sido invento o no de nuestros padres, esas leyendas no impedían que el lugar favorito de los cipotes de esa época fuera el esmeraldino embudo de Tiscapa.
* El autor fue vicerrector de la Universidad Nacional Agraria