Doce horas de angustias en un tranque

Alfonso Castellón Ayón

El miércoles 19 de mayo corriente me tocó cerca el “show” que montaron tres mil campesinos dirigidos por unos barbudos con cara de vagos.

Ilusionado con la venta de un café producido en mi pequeña finca, me dirigí a la ciudad de Sébaco para entregar unos cuantos quintales del grano. Cual es mi sorpresa que al pasar por el kilómetro 96, había un “tranque” –palabra odiosa, muy utilizada por tontos útiles– que no dejaba pasar a nadie hacia el norte, ni del norte hacia el sur. Total, paralizaron la Carretera Panamericana.

En contra del derecho constitucional que nos asiste (Arto. 31 Cn), fuimos obstaculizados en nuestro derecho a circular libremente por el territorio nacional.

Los vehículos detenidos eran aproximadamente mil. ¡Increíble! Siete vagos profesionales (los barbudos) detienen la libre circulación de centenares de automotores y varios miles de ciudadanos provenientes del sur con destino hacia el norte, y viceversa. ¿Entenderá esa dirigencia, si es que se le puede llamar así, el daño que causó ese día?

Nos levantaron el “tranque” a las 11:30 p.m. arribando a Sébaco con doce horas de retraso. Me detuve en una gasolinera a tomar un café, comer algo y tomar agua. Y cuando me disponía a hablar lo que sentía por esos ingratos hijos de Nicaragua, muy prudentemente la dependiente me hizo señas de que me callara, pues afuera estaban los dirigentes y podía haber problemas.

Ellos se ufanaban de su hazaña, riéndose de sus maldades y con la mayor tranquilidad, como si no habían hecho nada, se marcharon de la estación de servicio en una Nissan Patrol del año, una Four Runner y un Jeep Toyota Land Cruiser (cien mil dolares en vehículos). ¿Qué les parece? No me quedé tranquilo y comencé a indagar con personas del lugar, las que me dijeron que los campesinos eran usados por estos sinvergüenzas, que les pagaban 30 córdobas diarios para llegar al tranque, que les preparaban comida a granel para que no se retrocedieran.

Y lo más grave: que una vez conseguidos sus propósitos, es decir la entrega de tierras para los pobres campesinos, los barbudos comenzaban a comprarles sus pequeñas asignaciones hasta que se apropiaban de las fincas repartidas por el iluso y torpe gobierno de turno. Esto sucede también en los asentamientos y otras tomas de tierra. No se puede estar regalando tierras en pleno siglo XXI: se está fomentando una forma delictiva de ganarse la vida. Que unos cuantos “vivianes” se aprovechen de la ignorancia de otros pobres, da coraje y debe ser corregido legalmente. Esto no es un problema del Gobierno. Este es un problema de todos nosotros. Les cuento que el Ejército pasó tres o cuatro veces sin lograr hacer nada. Igual cosa hizo la Policía. Creo que ha llegado el momento de detener a estos sinvergüenzas. Nicaragua necesita levantarse y con este lastre será difícil.

Hay que unirse para combatir la pobreza, siendo buenos patronos, empleadores y ciudadanos respetuosos de las leyes, para así tener autoridad moral cuando clamamos por justicia.

El autor es abogado y notario público.

Editorial
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