Ary Neil Pantoja
La última conferencia de prensa del Presidente de Estados Unidos, George W. Bush, sólo dejó al descubierto una cosa: su soberbia desmedida y el desdén del mandatario norteamericano hacia el pueblo que lo eligió.
“Yo no tomo decisiones en base a las encuestas”, fue la respuesta de Bush a la observación de uno de los periodistas en torno a que una mayoría del pueblo estadounidense considera que el mandatario no ha manejado correctamente la situación en Irak. Esa respuesta no demuestra otra cosa que el desprecio de un presidente hacia el mandato que le fue delegado en una elección por demás cuestionada.
La soberbia de Bush fue más allá, pues en varias ocasiones durante su comparecencia usó la frase: “Sé que estoy en lo correcto”, tratando de justificar la guerra contra Irak y la permanencia de las tropas en ese país. ¿Es posible entonces que una mayoría del pueblo estadounidense esté totalmente equivocada al exigir a su presidente que retire al ejército de Irak?
Otra característica sobresaliente de Bush ante los hombres y mujeres de prensa fue su retórica carente de argumentos valederos que justifiquen su actitud.
Bush fue incapaz de explicar por qué no pudieron encontrar pruebas de que Saddam Hussein estuviera fabricando armas de destrucción masiva, pero sí lo suficiente manipulador para plagar sus respuestas de la palabra “libertad” y tratar de demostrar que la “libertad del mundo democrático” estaba en peligro con Hussein al frente de Irak.
“No somos una fuerza invasora, sino liberadora”, dijo Bush, cuando todo el mundo sabe que la invasión se traduce en el uso de la fuerza militar de un país sobre otro.
La soberbia ha llevado al Presidente estadounidense a una situación difícil, cuando la mayoría de los funcionarios de investigación, inteligencia y contrainteligencia de su gobierno han aceptado que hubo fallas que permitieron los atentados del 11 de septiembre del 2001. ¿Y si las “fallas” fueron conscientemente intencionales?
Mientras el subdirector adjunto del Buró Federal de Investigaciones (FBI) confirmó ante el Comité del Senado que hubo alertas para prevenir atentados en suelo estadounidense, Bush se deshizo en un discurso poco creíble para demostrar que la actuación de su gobierno fue la correcta tras los ataques del 11 de septiembre.
Esa misma soberbia llevó a Bush a plantear la tesis de que, sin Hussein, Irak será libre y dejará de representar un peligro para la seguridad del pueblo estadounidense. Seguridad que los órganos de inteligencia de Estados Unidos no pudieron o no quisieron proteger. Negligencia o premeditación, lo cierto es que el 11 de septiembre fue el pretexto de Bush para hacer la guerra en Oriente Medio, donde pretende imponer un estilo de vida mal llamado democracia.
De cualquier manera, la actitud del presidente Bush seguramente le costará el cargo y en noviembre próximo el pueblo evitará un segundo período de errores y desaciertos. Y aunque dijo estar ansioso por un debate público con su oponente demócrata, John Kerry, Bush no parece estar preparado para enfrentar las críticas que se le vienen encima.
El autor es periodista.