Tragedia güegüense en tres actos

Xavier Ruiz Ribes*

Se levanta el telón con la sala abarrotada de público. Primer acto. Aparece una urna llena de votos en primer término, todos con la cruz marcad en la casilla 1. Exultante, un hombre entrado en quilos y con cara de malas pulgas, salta haciendo la señal de la victoria, con evidente peligro para el entarimado. Este individuo, aunque parezca increíble con solo mirarle el semblante, ha ganado unas elecciones ¿Qué extraños designios han llevado a todo un pueblo a confiar en alguien que, con sólo escucharle unas palabras, debería ahuyentar a los niños al grito de: “que viene el lobo”?

A partir de ahí, las escenas se suceden, y por lo menos conocidas pierden el interés del público: robo despiadado, usura, despotismo, y la voluntad manifiesta de hundir a todo un país. Cual chan cho en una cristalería, el estropicio se comete a ojos de todo el mundo y casi con taquígrafos, secundado por una cohorte de bellacos igualmente rojos e igualmente despiadados.

Segundo acto. El mismo hombre esposado y con una larga cadena, al otro extremo de la cual aparece una señora juez, con cara de pocos amigos también (¿será la pose adusta un carácter genético de cierta clase dirigente?) Hay resistencia, pero parece bien atado. Muy cerca se repite la escena del primer acto pero con otro protagonista: éste más viejo, prácticamente un anciano, pero —¡por fin!— con cara de no haber roto ningún plato, si no fuera porque ya estuvo de segundo o vice en un gobierno anterior.

Salta con alegría, menos jovial y menos pesado, con otra urna llena de votos rojos. El espectador, intranquilo, se pregunta dónde está la factura que se supone había que pasarles a los infames personajes anteriores, pues todo un pueblo obediente ha depositado el mismo voto en la misma urna de nuevo. Esa insistencia con que se vota al partido que impuso a un líder ladrón parece paranormal, e inédita al menos en el panorama político internacional, aunque se intuye que el tercer acto de esta obra nos puede avanzar alguna explicación. Al fin, la juez acompaña al reo a su mansión particular y no a la cárcel, contraviniendo las más elementales reglas de la lógica teatral o, más claramente, de la decencia democrática.

Tercer acto. Profundas sombras en el escenario, música siniestra. Si alguien pensaba que ya estaba todo visto, que no se preocupe: aún hay más. Del fondo surge una figura que avanza impertérrita, como si hubiera estado allá desde el comienzo de la historia. Muestra un cuidado bigote y una pañoleta rojinegra, y unos ojos desafiantes. ¡Oh, es él!, exclama alguien desde la platea. En efecto, es él, como siempre, ya que parece que nunca hubo otro. Lleva una tercera urna en el brazo pero mucho más vacía que las de los precedentes, lo cual no le impide presentarse con una mística aura de infalibilidad. Ha asistido a toda la función desde su privilegiado púlpito, y nadie sabe cuándo bajará de él ni si realmente tiene intención de hacerlo jamás. Pero desde esas bambalinas controló el escenario y se intuye que quizás también firmó el guión.

Los espectadores se revuelven inquietos en sus asientos, sin atender por qué todo se repite y se repite indefinidamente, por qué pasan los años y parece que los actores no cambian nunca. Es más: han vuelto a pagar un boleto caro para ver, por enésima vez, la misma obra. ¿Será que no hay un reparto o casting en toda Nicaragua capaz de sustituir al actual?

¿Será que no hay academias —léase universidades— que formen a los futuros actores —léase políticos— de este país? ¿Por qué esa resignación en ir y volver a este teatro del absurdo cada día, con personajes de vodevil, sino fuera que esto es una verdadera tragedia, palpable y real?

Cae el telón y se encienden las luces de la sala. Los pocos espectadores que han aguantado hasta el final se levantan sin aplaudir, pero al mismo tiempo de proferir un solo silbido ante tamaña tomadura de pelo, no digamos ya de pedir que les retornen el importe de la entrada. Hasta ahí llegó la somnolencia colectiva de esta Nicaragua de hoy, absorta mientras el elenco al completo brinda sonriente en los camerinos a su propia y longeva salud.

* El autor es filólogo, cooperante español.

Editorial
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