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Viviendo en el siglo XX
Ha comenzado a correr el cuarto año del tercer milenio y del siglo veintiuno de la Era Cristiana, pero Nicaragua continúa viviendo en el siglo veinte.
Y la mayor parte de la culpa de esto la tiene la clase política dominante, que con las consabidas excepciones sigue explotando al Estado como un botín, haciendo politiquería prebendaria y clientelista, subordinando la economía a la política, promoviendo el consumo en vez de incentivar la producción, y temerosa de los TLC y la globalización porque sabe que es lo único que puede sacar al país del atraso y la pobreza; ya que si estos males se acaban se termina también el gran negocio de la política gubernamental.
Funcionarios del Gobierno informaron esta semana, orgullosos, que el año pasado la economía nacional creció un poco más del dos por ciento. Y no dejan de tener razón de envanecerse por ese diminuto crecimiento —que en realidad es de menos cero porque la población se incrementa más que la economía—, pues el año pasado fue apenas un poquito más del uno por ciento.
Pero Nicaragua necesita crecer como China, a un ritmo de diez a trece por ciento anual, para poder superar el tremendo déficit económico, material, social y cultural que agobia a la nación, y para alcanzar al menos a los países vecinos. Pero no se podrá crecer mientras la política siga siendo más importante que la economía y, peor aún, si los mismos que crearon la actual situación de atraso y pobreza continúan mandando desde arriba y desde abajo, y con grandes posibilidades de volver a gobernar absolutamente, como en los años ochenta del siglo pasado.
Sin embargo, también son culpables de esta situación los que por la razón que sea siguen apoyando a esos políticos obsoletos mediante los votos en las elecciones. Por lo que con toda seguridad se puede decir que en el caso de Nicaragua es muy cierto que el pueblo tiene el gobierno que se merece.
En realidad, la experiencia internacional ha demostrado que en un país donde no se respetan los valores éticos y los principios democráticos, inevitablemente la sociedad se vuelve incapaz de producir la riqueza que necesita para su desarrollo, inclusive para su propia subsistencia.
La fortaleza y el dinamismo de una nación depende de sus valores, de que se asiente en un verdadero Estado de Derecho; y que se gobierne con talento, inteligencia y honradez. Pero si, por el contrario, lo que predomina es la corrupción, la arbitrariedad, la política clientelista de caudillos carismáticos pero ignorantes y corruptos, entonces la sociedad tiene que vivir en un estado primitivo de desorden, sometida al prevaricato judicial y al chantaje de la violencia social, incapaz de trabajar duro y bastante como hace falta para crecer económicamente y prosperar.
Nicaragua necesita liberarse del yugo ideológico y político de los caudillos. La población debe comprender que el mejoramiento de su vida no puede depender del Presupuesto del Estado como le hacen creer los líderes demagógicos; tiene que entender que lo que se requiere es tener un Estado menos costoso pero más operativo, más fuentes de empleo en la empresa privada que es la única que crea riqueza, que haya suficiente tranquilidad para que los inversionistas nacionales y extranjeros se animen a arriesgar sus capitales, así como menos impuestos y más garantías para que las empresas privadas puedan expandirse y prosperar. Sólo así la gente puede salir de la pobreza y mejorar sus condiciones de existencia.
Basta con mirar a los países que han podido desarrollarse (Chile, Nueva Zelanda, China, etc.), para saber que lo pudieron lograr porque mantuvieron la estabilidad monetaria y se abrieron al libre comercio, bajaron los impuestos, garantizaron la tranquilidad sindical, mantuvieron la estabilidad política y social, establecieron y respetaron reglas permanentes y claras para la inversión, la producción, el comercio y la actividad financiera.
Y sólo hay que ver a los países donde se hizo lo contrario: Cuba, Bolivia, Venezuela, Corea del Norte, el Congo; y recordar de dónde venimos, para comprender lo que son capaces de volver a hacer contra Nicaragua los caciques políticos, si los ciudadanos no convierten en votos su deseo de una alternativa democrática que han expresado en las encuestas.