La única salida

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La única salida





Sin dudas para Nicaragua es imperiosamente necesario poder ingresar a la HIPC y lograr el perdón del 80 por ciento de su deuda externa.

Precisamente por eso es que toda la nación ha presionado y sigue presionando a los diputados, particularmente a los pactistas del PLC y el FSLN, para que aprueben las leyes que son necesarias para la HIPC, de las que ya sólo falta la del Presupuesto General de la República en términos razonablemente balanceados de los gastos con los ingresos.

Pero de nada o de muy poco serviría a Nicaragua que le perdonen el 80 por ciento de la deuda externa, ni calificar para los otros beneficios que supuestamente se derivarían del ingreso a la penosa pero inevitable categoría de país muy pobre e insolvente —que eso es la HIPC—, mientras la nación siga secuestrada por los caciques políticos corruptos e irresponsables del FSLN y del PLC.

En realidad, el dinero que el país dejaría de asignar para el pago de la deuda externa se lo robarían, y en el mejor de los casos se malgastaría, si los caciques Ortega y Alemán siguen dominando las instituciones del Estado; y peor aún, si como consecuencia del nuevo pacto las instituciones quedan todavía más sometidas al sandinismo orteguista, a cambio de la excarcelación y “lavado político” de Arnoldo Alemán. Además, mientras no haya en el país una administración de justicia independiente y decente, ni seguridad jurídica y respeto a lo ajeno, tampoco habría suficiente inversión extranjera ni funcionarían los acuerdos de libre comercio, y en consecuencia no se podría impulsar el crecimiento económico, el desarrollo nacional y la prosperidad de los nicaragüenses.

De manera que también es imperiosamente necesario que la sociedad nicaragüense se libere, a como sea, del secuestro de los caudillos políticos corruptos que han llevado al país a la situación desastrosa y mendicante en que se encuentra ahora. Y sin duda que lo mejor sería que los ciudadanos aprovecharan la oportunidad de elegir libremente para desembarazarse de esos caudillos y políticos corruptos, y escoger para ocupar los cargos de gobierno a otras personas que realmente valgan la pena y lo merezcan por su capacidad e integridad. Pero en todo caso tiene que echarlos de cualquier otra manera, porque si no lo hace ni con cien HIPC podría salir del atolladero.

Hace 2,500 años un griego sabio y clarividente llamado Sófocles escribió que “el espíritu, el alma y los designios de un hombre no pueden ser conocidos antes de que haya manejado la cosa pública y aplicado las leyes”. Pues bien, el alma y los designios perversos de estos caudillos y políticos corruptos han sido de sobra conocidos por su manejo de la cosa pública y su descarado atropello a los principios fundamentales del derecho y la justicia. Y sería imperdonable que los ciudadanos comunes y corrientes, honrados y trabajadores, volvieran a votar por esos individuos que sólo terribles perjuicios materiales y daños morales le han causado a la nación.

Los nicaragüenses tienen que comprender que no es la democracia la que ha fallado, sino los falsos demócratas que tomaron el poder para robarse el fruto del trabajo ajeno y secuestrar a la nación; deben entender que lo perverso no es la política ni todos los políticos, sino los corruptos; y deben saber que lo que necesita Nicaragua no es menos política, sino una mejor política.

Desde mucho antes que ocurriera la nefasta decisión de la jueza sandinista Juana Méndez, de liberar a Alemán —lo que deshonra a la justicia y abochorna a los nicaragüenses honestos y dignos—, las encuestas han indicado que hay un gran vacío político entre el PLC y el FSLN, el que es preciso llenar para poder sacar al país del abismo al que fue arrojado por los caudillos y políticos corruptos.

Las próximas elecciones nacionales, si es que todavía serán libres y limpias, deben ser la oportunidad para el pueblo de retomar la capacidad de decidir su suerte y elegir a personas decentes para que representen a la nación y depuren las instituciones prostituidas. Y si no, de cualquier otra manera habrá que lograrlo porque el país está llegando —o ya llegó— al límite de su aguante.

Editorial
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