Josefina [email protected]
Al bajar del avión el pasado viernes 31 de octubre, me llamó la atención un titular de LA PRENSA que rezaba: Ponchan a Nicaragua en competitividad. Cualquier otro día, por la misma costumbre de ver ese tipo de noticias, no me hubiera detenido a leerlo pero, esta vez, estaba regresando de dos eventos íntimamente ligados a ese artículo: la Tercera Conferencia Interamericana sobre Responsabilidad Social Empresarial, del BID, y el Segundo Encuentro de Empresarios por la Educación, de PREAL.
Ambas reuniones giraron alrededor de la responsabilidad social como instrumento de competitividad. Las ponencias de grandes compañías destacaron que el esfuerzo y compromiso que conlleva la responsabilidad social empresarial tiene su mayor recompensa cuando se ven los resultados y el efecto multiplicador al revertirse en la comunidad.
Contrariamente a la mentalidad de la mayoría de empresas en Nicaragua, el empresario para competir y tener éxito debe incorporar una conciencia socialmente responsable a lo largo de toda su organización mediante la integración de sus colaboradores, suplidores, clientes y la comunidad a la cual pertenece. Esto fortalece el trabajo en equipo y la solidaridad entre trabajadores, creando un mejor ambiente de trabajo y reforzando la cultura de servir. La empresa que logra que sus trabajadores se sientan dignos dentro de la organización retribuyen con creces el trabajo y la lealtad hacia la misma.
En el mundo globalizado de hoy, en el cual se pretende delegar la actividad comercial y financiera a la frialdad de la demanda y oferta del mercado, cobra importancia, sobre todo en nuestros países subdesarrollados, la relación de la empresa con su recurso humano, que al igual que los otros recursos como insumos, equipos, capital y maquinaria, constituyen los elementos fundamentales para ser productivos.
Y, si no, hagamos la pregunta: ¿quién es la empresa? La empresa la conforman todos sus interesados, desde los propietarios que arriesgan sus bienes y capital, así como la gerencia, hasta el último colaborador quienes tienen sus economías personales vinculadas a la suerte de la empresa. Por lo tanto las aportaciones de los empresarios en su entorno social no deben ser consideradas como filantropía sino como una inversión que, más temprano que tarde, termina teniendo un efecto boomerang en la productividad de la empresa.
Relacionado a este mismo tema quiero destacar otro artículo, publicado en LA PRENSA del 26 de octubre, titulado: La última de la fila. Educación Pública en Nicaragua, sustentado con datos tomados del último informe de PREAL. Si se hace una relación de este titular con el mencionado al inicio de mi artículo podemos deducir, sin duda alguna, que la deficiente educación en nuestro país es un factor importantísimo del porqué estamos ponchados en competitividad.
En este sentido difiero con el Informe del Foro Económico Mundial Reporte Global sobre Competitividad 2003-2004, que atribuye a la rudimentaria tecnología, burocracia y restricciones laborales, escaso acceso a financiamiento y corrupción entre los factores más importantes de la causa de nuestro atraso. No quiero con esto decir que no son importantes, sin embargo insisto que todos ellos son los resultados de la falta de educación. De nada le serviría a Nicaragua importar tecnología de punta, disminuir su burocracia, modernizar su Código del Trabajo, tener acceso a financiamiento y erradicar la corrupción si paralelamente no invierte en la educación de sus niños. Todos estos factores resultarían ser parches a la productividad de la nación. Sería continuar con el asistencialismo bajo el cual hemos vivido los últimos veinte años y del cual, para vergüenza nuestra, somos los primeros en competitividad superando con creces a cualquier otro país de América Latina.
La discusión presupuestaria actual para el 2004 inevitablemente está enmarcada en la prioridad de cumplir con la HIPC. Pero como sociedad debemos reclamar a los diputados el futuro de los hijos de Nicaragua y exigir el total de los recursos requeridos para la educación básica en el presupuesto del 2005.
Si bien, la tarea es de todos, lo es principalmente de los legisladores y dirigentes del CNU que deben aprender a escuchar el silencio de la miseria y el hambre de la ignorancia antes de convertirse en cómplices de los morteros y de los gritos de protesta de lo que es hoy una clase privilegiada dentro del estudiantado nacional.
El CNU debería entender que, en las actuales condiciones, invertir el 6 por ciento del Presupuesto de la República en educación superior, lo único que logra es excluir de las aulas a ochocientos mil niños cada año y por otro lado graduar mediocres que no contribuirán en nada a mejorar la productividad y la competitividad del país.
Y, en lo que respecta al sector privado, confiamos que el año próximo el concepto de responsabilidad social empresarial haya calado y tengamos más empresarios involucrados, además de los pocos que actualmente hay, no solamente en proyectos filantrópicos, sino invirtiendo, participando e influyendo para mejorar la calidad de la educación básica, conscientes de que “no puede haber empresas exitosas en sociedades fracasadas”.
La autora es directora ejecutiva de Eduquemos y presidenta pro tempore del Comité Centroamericano de Coordinación de PREAL.