Con el diablo no hay paz posible

Elie Wiesel*

En circunstancias normales pude haberme unido a esos manifestantes de la paz que, aquí y en el extranjero, montaron manifestaciones públicas contra una invasión a Irak. Después de todo, he visto bastante de la brutalidad, la fealdad de la guerra como para oponerme a ella de todo corazón. ¿No es la guerra siempre una cosa cruel, la culminación de la violencia? Inevitablemente, siempre es causa no sólo de que se pierda la inocencia sino también de dolor y luto interminables. ¿Cómo podría uno no rechazarla como opción?

Sin embargo, esta vez apoyo la política del presidente Bush de intervención para erradicar el terrorismo internacional que, como concuerda la mayoría de las naciones civilizadas, es la mayor amenaza de hoy. Bush ha colocado la guerra iraquí en ese contexto; Saddam Hussein es el líder despiadado de un Estado forajido que tiene que ser desarmado por cualquier medio que sea necesario si no cumple a plenitud con las exigencias de desarme de las Naciones Unidas. Si se fracasa en hacer esto, podrían haber consecuencias terribles.

En otras palabras: aunque me opongo a la guerra, estoy a favor de la intervención cuando, como en este caso, debido a las ambigüedades y demoras de Hussein, no quedaba otra opción.

El pasado reciente demuestra que sólo la intervención militar detuvo el derramamiento de sangre en los Balcanes y destruyó el régimen Talibán en Afganistán. Más aún, de haber intervenido en Ruanda la comunidad internacional, más de 800,000 hombres, mujeres y niños no habrían perecido allí.

Si las grandes potencias de Europa hubieran intervenido contra las ambiciones agresivas de Adolf Hitler en 1938, en lugar de apaciguarlo en Munich, a la humanidad se le habrían ahorrado los horrores sin precedentes de la Segunda Guerra Mundial.

¿Corresponde esto a la presente situación en Irak? Sí corresponde. Hussein debe ser contenido y desarmado. Incluso los aliados europeos que se oponen a EE.UU., están de acuerdo en principio, aunque insistieran en esperar.

Pero el tiempo siempre favorece a los dictadores. Luego de habérselas arreglado para esconder sus armas biológicas, la meta de Hussein era poder elegir el momento y el lugar para usarlas. Con seguridad que esa es la razón por la que expulsó a los inspectores de las Naciones Unidas hace cuatro años. Si ahora parecía ofrecer episódicas concesiones menores, con la misma seguridad era porque las tropas norteamericanas se concentraban en sus fronteras.

En ciertos círculos políticos se oyen demandas de pruebas de que Hussein posee todavía armas prohibidas. Algunos gobiernos europeos, evidentemente, no creyeron la declaración del secretario de Estado Colin L. Powell de que Hussein posee tales armas, pero yo le creí, y he aquí por qué:

Powell es un gran soldado, al que no le gusta la guerra. Fue él quien prevaleció en el ánimo del entonces presidente Bush, en 1991, para que no entrara en Bagdad. Fue él quien aconsejó al actual Presidente a no pasar por encima del sistema de las Naciones Unidas. Si él dijo que tenía pruebas del desprecio criminal de Hussein a las resoluciones de las Naciones Unidas, es porque las tenía. Un hombre de su posición no pondría en peligro su nombre, su carrera, su prestigio, su pasado y su honor.

Se sabe desde hace largo tiempo que el dirigente iraquí es un asesino en masa. A fines de los años 80 ordenó que decenas de miles de sus propios conciudadanos fueran muertos con gas. En 1990 invadió Kuwait.

Luego de su derrota, incendió sus campos petrolíferos, causando así el peor desastre ecológico de la historia. Lanzó también mísiles Scud contra Israel, que no participaba en esa guerra. Debería haber sido acusado entonces de crímenes contra la humanidad. Slobodan Milosevic, de Serbia, fue arrestado y sometido a juicio por menos que eso.

Agréguese a las pruebas contra él su conversación con el locutor de CBS Dan Rather. Oírle declarar que Irak no fue derrotado en 1991 le hace a uno preguntarse sobre su cordura; parece vivir en un mundo de fantasía y alucinación.

El interrogante horripilante de lo que semejante hombre podría hacer con su arsenal de armamentos no convencionales es la razón, más que ninguna otra, por la que algunos como yo apoyamos la intervención. Mejor temprano que tarde había que ocuparse de este loco cuya posesión de armas de destrucción en masa amenaza provocar una conflagración cada vez mayor.

De lo que resulta esto, había una obligación moral de intervenir allí donde el mal ejerce el control: en Irak.

* Copyright (c) 2003 Elie Wiesel.  

Editorial
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