Edmundo Dávila Castellón*
Hace un par de años, un cardenal mexicano de Guadalajara (México tiene cinco cardenales), llamado Juan Sandoval Iñíquez, declaró abiertamente para el diario local “Milenio”, lo siguiente: “…los ataques sexuales en México son producto de una sociedad que está bombardeada por mensajes de sexo y violencia”; y agregó que “…las mujeres tienen que poner lo que está de su parte, pues la manera de vestirse es provocativa, la mujer tiene que ser más decente y no propiciarlo”.
En Nicaragua, en la década de los 60, cuando las jóvenes se cubrían hasta las rodillas, eran muy contados los actos sexuales degradantes como la violación, la pederastia, el incesto, etc. pero poco después, en los primeros años de los 70, se vino generalizando gradualmente el atuendo con amplios escotes, que exhibían mujeres de brazos bien torneados y senos turgentes, así como, de la cintura para abajo, la minifalda y sobre todo el pantalón —o mini pantalón— muy ajustado (que se define como “culote” en el diccionario Larousse) y que suelen ponerse las féminas de amplias caderas y muslos bien sólidos y voluptuosamente desarrollados, zonas erógenas de su cuerpo que en forma perturbadora y desquiciante, engendran naturalmente fantasías sexuales y una dolorosa represión de la libido en los varones, la cual según Freud, produce neurosis.
En algunas iglesias cristianas, es usual que la mujer vaya recatadamente vestida, cumpliendo fielmente las recomendaciones de San Pablo en su Primera Carta a Timoteo: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia…”
La Iglesia Católica, curiosamente, que era la más rígida e inflexible en estas frivolidades por aquellos añorados tiempos de los 60, actualmente no prohíbe que el sexo femenino se vista de minifalda, escote o pantalones dentro de sus templos. En la misa de los domingos y fiestas de guardar, se puede observar claramente esta cómoda y relajada costumbre, en que se imponen la moda, “el calor” y el feminismo, sobre la apropiada vestimenta que debería prevalecer en el solemne y religioso ambiente eclesial.
Existen balnearios en el mundo en que se ven mujeres completamente desnudas, como en Brasil o Italia y ya no se diga en la isla griega de Rodas, en el mar Egeo, en que algunas parejas no sólo se “visten” con el traje de Adán y Eva en el paraíso antes del pecado original, sino que realizan tranquila e impúdicamente el acto sexual en la playa y al aire libre y nadie se inmuta por ello, excepto algunos turistas no habituados a semejantes depravaciones. Pero en Nicaragua naturalmente, no han “evolucionado” todavía a tal grado en ese plano pornografico, aunque se hayan degenerado en otros aspectos de mayor relevancia.
Las mujeres carnosas, bien formadas, y apetecibles, bien pueden abstenerse de usar escotes, pantalones tentadores y minifaldas, aunque fuera por simple precaución, ya que existen también algunos peligros completamente inusitados. Hace algun tiempo, por ejemplo, en una parada de buses en Roma, un hombre llamado Luciano Alessandri, acuchilló a una mujer, Giuseppina Ungaro (menos mal que ésta resultó sólo levemente herida) “porque era demasiado hermosa” y él “no podía soportar a las mujeres hermosas”, según declaró luego en la policía.
El violador tiene muy poca o ninguna autoestima personal y aparentemente no hace distingos sexuales para proceder como tal, ya que comete su abominable acción en forma indiscriminada (desde niñas de meses hasta ancianas de 80 años), y no parece que fuera el sexo el factor predominante, sino más bien la crueldad, el sadismo, el sometimiento por la fuerza y la violencia, que no pocas veces culmina con el cobarde asesinato de sus indefensas víctimas, una vez cometido su repudiable delito. El hombre promedio, aunque sea un erotómano (maniático sexual), nunca podría llegar a ser un violador, porque éstos tienen ciertas características repugnantes distintivas.
Es un hecho que las mujeres hermosas, sensuales y bien dotadas por la naturaleza, con su parcial pero incitante desnudez, contribuyen indudablemente a que cualquier hombre se sienta inclinado irresistiblemente al pecado. Algunos adolescentes tímidos y enamoradizos, ven en ellas algo “infinitamente delicioso” (como lo describe un famoso novelista ruso), perturbando su mente y atribulando su pobre y retraído corazón.
Quizá la mayoría de las despampanantes féminas que se visten en forma provocativa, no estén conscientes de la tentación y del pecado que pueden incubar en la mente del hombre. Seguramente ignoran las palabras de Cristo “…aquél que mirare a una mujer con ánimo de codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón…”, por lo que deberían arroparse siempre sobria y pudorosamente, como lo exige el Cardenal Sandoval.
Si ponen mucho de su parte, el resto ya sería culpa de los hombres.
* El autor es ingeniero civil.
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