Luis Sánchez [email protected]
La primera vez que supe de Bagdad (cuyo nombre significa “Ciudad de la Paz” y la fundó Abu Yafar al Mansur, segundo califa de la dinastía abasida, en el año 762 después de Cristo), fue cuando, de niño, vi una emocionante película de aventuras titulada “El ladrón de Bagdad”.
Era una producción anglo-americana rodada en 1940, y por los efectos especiales que eran una maravilla en aquella época, es considerada hasta ahora como una joya de la cinematografía mundial.
“El ladrón de Bagdad” es parte de la obra clásica de la literatura oriental y universal, “Las mil y una noches”, en la que el personaje principal es la princesa Scherezade, hija del Gran Visir, quien noche tras noche relata al califa Shariyar un encantador cuento tras otro, para evitar que la asesine.
Shariyar, furioso al ser engañado por una de sus mujeres, decide que al amanecer después de la noche de bodas asesinará a cada nueva esposa.
Un día, Shariyar ve en el palacio a una hermosa jovencita de quien se prenda y la escoge como nueva esposa. La bella joven es hija del Gran Visir y hermana de Scherezade, quien toma su lugar y jura que logrará que el califa le perdone la vida y que no siga asesinando a las nuevas esposas.
De manera que Scherezade se casa con Shariyar, y en la noche nupcial le pide que antes de morir le permita contarle un cuento. El califa acepta, pero llega el alba y la princesa no termina su relato. Fascinado por la narración de Scherezade pero también deslumbrado por la incomparable belleza de su flamante esposa, Shariyar prorroga por un día la ejecución de la princesa.
Y así, Scherezade hilvana y deshila cuentos fascinantes, noche tras noche, hasta que se embaraza y nace el bebé príncipe. Entonces, Shariyar, humanizado por la magia de los cuentos y de la belleza de Scherezade, le perdona la vida y decide que nunca más matará a sus esposas.
En la mitología oriental, la leyenda de la princesa Scherezade que con su talento, su verbo y su hermosura humaniza al déspota despiadado, equivale, en mujer, al significado del mito griego de Orfeo, quien con la dulzura de la música de su flauta encanta a las bestias y las amansa.
La simbología de Scherezade, igual que el mito de Orfeo, es lo opuesto al significado de la leyenda de Circe, la hermosa pero malvada hechicera hija del Día y de la Noche, que ejercía sobre los hombres un poder sobrenatural y los convertía en bestias sensuales (en La Odisea, Homero narra que Ulises y sus hombres, durante su extraviado regreso a Itaca después de participar en la guerra de Troya, van a parar a la isla de Circe, quien se enamora del héroe y para retenerlo convierte en cerdos a todos los marineros. Circe intenta con todos sus artificios seducir a Ulises, pero éste, armado espiritualmente con el amor a su esposa Penélope y con el valor de la fidelidad conyugal, resiste triunfalmente las intenciones de la hermosa hechicera).
Sherezade, pues, personifica la feminidad depurada de la mujer que con su influencia espiritual lleva al hombre-bestia, desde la elemental sensualidad hasta el genuino amor sentimental y la admiración intelectual.
¡Ah! Si una rediviva Scherezade bagdadí hubiese humanizado al bestial Saddam Hussein, ¡cuánta sangre y lágrimas el pueblo iraquí y la humanidad se hubieran ahorrado!