Joaquín Absalón Pastora
Frescas estarán siempre las flores que aroman el pecho de la mujer. Lozanas desde que nació la humanidad. Divina le dijo un vocero del arte en décadas pasadas. Ni el más místico puritano lo ha refutado.
Dios la dibujó atractiva en el diseño arquitectónico que Él trazó. Lo que vino después quedó esparcido en la conquista de muchas glorias. La trascendencia del ser que trajo pone a un lado, con el transcurrir de la “praxis” vivencial, la nota original que ella escribió con su amor cuando la obra de la fecundación puso “pitos y tambores” sobre su bella horizontalidad y ella sólo pudo poner en la mayoría de los casos, la suma de sus lágrimas.
Ella es la estratega cuando se le corre el evasor. Ella —almíbares y vinagre conexos— tiene la majestad de auspiciar el paso de cien años si la criatura se hace diosa en el templo de la longevidad.
Mi reflexión sobre la mujer no es tardía, ni obedece a fecha artificialmente convocada. En una de estas fechas la vi embarazada, empujada salvajemente por un gendarme, puesta en la tina de una camioneta como si la indefensa fuese la fiera a la que se debe atar, sólo por protestar con papeles mojados de súplicas la ilegalidad de lo que estaban haciendo contra ella. Y aún así la golpearon para que no siguiera usando decorosamente las insignias de su “delantal”.
Quizá peor fue en esa conmoción la voz de otra. Su conclusión fue trágica, aplastante. Si no nos dejan trabajar “nos vamos a morir de hambre, qué nos puede quedar si ya no podemos ni vivir de la prostitución porque estamos viejas, quién nos puede volver a ver”.
Haciendo fiesta de la falsedad un alcalde colombiano decretó con motivo del “Día Internacional de la Mujer” que a partir de las seis de la tarde solamente las mujeres podían salir a la calle con la sospechosa insinuación de hacer uso libérrimo de sus carnes, mientras los hombres —por esa vez— debían quedar enjaulados en sus casas.
Esos son casos aislados. Pero no es aislada la ley que se pretende montar: “La Ley de Igualdad de Derechos y Oportunidades”, un estatutario ideológico impregnado de gotas maliciosas, enmascaradas, poco claras para que una vez aprobado sean recurridos los magos, expertos en la interpretación auténtica. No aparece el libertinaje sexual, ni el aborto, pero sí sus disfraces. No aparece la definición ancestral del género pero sí la igualdad con los derivados del extravío. La ley suena justa en lo general pero tramposa en lo específico. Es tan peligrosa —y de esa resonancia me valgo— que la mayoría de las mujeres —siendo mujeres— la rechaza, mientras una minoría la defiende con pasión enfermiza.
Condenada sea la tendencia del desvío y defendida la posición original de la mujer, merecedora de ser tantas veces privilegiada pero en el campo del honor.
Las leyes deben ser los efectos de la racionalidad. En todo caso, después de ser promulgadas el ejercicio se encarga de bendecirlas o de maldecirlas.
El autor es periodista.