Es temprano aún para analizar los efectos de la nueva ley del tránsito (“Ley para el Régimen de Circulación Vehicular e Infracciones de Tránsito”), pues apenas han transcurrido cinco días desde que comenzó a aplicarse.
Sin embargo, si es cierto que “por la víspera se puede sacar el día”, el comportamiento de los usuarios de dicha ley (conductores, peatones y policías) en la primera semana de su aplicación, es un indicativo de la eficacia que podría tener para el ordenamiento y la seguridad del tránsito, en una sociedad dominada por la cultura transgresora, y donde, por lo consiguiente, hay un “gremio” de conductores y otro de peatones reacios a la disciplina, al orden, al respeto a los demás y a la cortesía.
Los primeros resultados de la aplicación de la nueva ley del tránsito han sido positivos, tanto en el comportamiento de los conductores como en la conducta de los polícias reguladores, según lo han comentado los mandos policiales y lo hemos podido observar en las calles de Managua.
Ha sido impresionante, en realidad, ver a los siempre incorregibles conductores de taxis que ahora andan elegantemente sujetados por los cinturones de seguridad; así como a miles de automovilistas comprando los triángulos fosforescentes y los pequeños extintores contra incendios, mientras los vendedores de los semáforos aprovechan para hacer “su marzo”, y cobrar un poco más del precio real de esos artefactos que de acuerdo con legislación deben llevar todos los vehículos que circulan en las calles, avenidas y carreteras del país.
Cabe esperar, pues, que la nueva ley del tránsito sea efectiva, siempre y cuando no caigamos todos en el vicio cultural recurrente de hacer grandes proyectos y comenzarlos con entusiasmo (“arranque de buey leonés”, se dice en el lenguaje vernáculo), pero que casi siempre se quedan a medio camino.
Al respecto, el éxito de la aplicación de la flamante ley del tránsito —que sería sin dudas de mucho beneficio para la sociedad en su conjunto— dependerá ante todo de las autoridades policiales encargadas de velar por su aplicación y de disciplinar a los infractores. Y en especial será determinante para la eficacia de la ley, que los oficiales reguladores del tránsito mantengan el comportamiento ejemplar que en términos generales demostraron esta semana.
Ciertamente, nada se habría logrado si los reguladores del tránsito —aunque sólo fuesen algunos— comenzaran a pedir y recibir sobornos (“mordidas”), y a hacerse de la vista gorda ante las infracciones cometidas por los conductores de los muchos taxis cuyos propietarios, como es bien sabido, son oficiales altos y medios de la misma Policía; o si, porque los “amigos” taxistas y buseros los transportan gratis, les dejan hacer y deshacer como siempre ha ocurrido.
La nueva ley del tránsito es buena, aparte de algunos gazapos e incongruencias conceptuales y formales, como por ejemplo la definición de peatones en la que se dice que son seres humanos y como algo aparte y complementario se incluye a los niños y discapacitados; lo cual, como han hecho ver algunos abogados de derechos humanos, ofende la dignidad de las personas con discapacidad.
Pero es obvio que esos son problemas de mala redacción y descuido en la corrección de la pieza legislativa, y no mala intención ni voluntad discriminatoria de los legisladores. En todo caso, lo importante es que la ley contiene muchas excelentes disposiciones para regular el tránsito y fortalecer la seguridad vial, que en otras partes son antiguas y comunes y corrientes pero en Nicaragua son novedosas y por lo tanto tendrá que pasar algún tiempo para que los conductores y peatones se familiaricen con ella, y para que las autoridades la apliquen de manera consecuente.
Los llamados “accidentes” de tránsito (que en muchos casos deberían ser calificados como delitos deliberados, por la irresponsabilidad mayúscula de quienes los causan) son una plaga social, pues ocurren más de mil cada año, sólo en Managua, y causan más de 350 muertos anuales, según reportaje publicado ayer en LA PRENSA.
Esta dolorosa realidad deriva de la falta de una cultura preventiva de los accidentes, vacío absurdo que la aplicación rigurosa de la nueva ley del tránsito podría ayudar decisivamente a superar.