Nicas a Irak y remesas familiares

Políticos y periodistas han atacado al presidente Enrique Bolaños, y se han burlado de él, porque dijo que Nicaragua podría enviar a personas que trabajen en la reconstrucción de Irak —después que termine la guerra—, con lo que, además, quienes vayan “podrían ganarse unos bollitos”.

¿Cómo es posible, dijeron, que ofrezca ayuda un país que vive de la cooperación externa? Estamos para que nos den, no para darle nada a nadie, agregaron, y algunos de los más exaltados detractores de Bolaños hasta lo han amenazado con llevarlo a la Asamblea Nacional para interpelarlo, a pesar de que el sistema político de Nicaragua no es parlamentario y por lo tanto los diputados no pueden interpelar al Presidente de la República.

Por cierto que esas mismas personas no dijeron nada —más bien aplaudieron— cuando el jefe del FSLN, Daniel Ortega, respaldó a Saddam Hussein en nombre del pueblo de Nicaragua, atropellando la Constitución porque el único que puede representar a la nación es el Presidente de la República (artículo 150, inciso 2, Cn.).

Además, quienes se burlan del presidente Bolaños, o lo atacan porque dijo que algunos nicaragüenses podrían ir a trabajar en la reconstrucción de Irak, sin embargo alaban al gobierno de Cuba porque a pesar de las ingentes privaciones que sufre la población cubana, aún así ayuda a otros países, y no sólo cuando ocurren catástrofes sino que de manera permanente.

En realidad, lo que molesta a esas personas es que el Gobierno de Nicaragua ha apoyado políticamente a Estados Unidos en la guerra contra Saddam Hussein, que para los aliados es un eslabón de la lucha contra el terrorismo pero para los sandinistas e izquierdistas en general es una agresión contra el pueblo iraquí.

La idea de que nicaragüenses pudieran ir a Irak para participar en la reconstrucción y “ganarse unos bollitos”, no es un disparate. La tontería, más bien, es burlarse de ella en un país que precisamente lo que más exporta es mano de obra, y por lo consiguiente, la mayor parte de los ingresos que recibe del exterior —inclusive más que la cooperación internacional— deriva de las remesas familiares.

Lo ideal sería que ningún nicaragüense se marchara a trabajar en el extranjero, pero la realidad es que Nicaragua depende de los 500 millones de dólares anuales que, según datos oficiales (800 millones, de acuerdo con estimaciones extraoficiales) envían los nicaragüenses que residen y trabajan en el extranjero, mientras que las exportaciones son apenas unos 600 millones de dólares.

Pero no sólo Nicaragua exporta mano de obra y cerebros. De casi todos los países latinoamericanos y del Caribe, así como de África y Asia, emigran de manera temporal o definitiva grandes cantidades de personas hacia Estados Unidos, los países desarrollados de Europa Occidental y Nórdica, e inclusive al Japón.

No tenemos los datos correspondientes al año pasado, pero en el 2001 los migrantes en Estados Unidos enviaron a los países de América Latina y el Caribe la fabulosa suma de 23 mil millones de dólares. Esa información resultó de una investigación que hizo el año pasado el Fondo de Inversiones Multilaterales del BID, según la cual el dinero enviado por inmigrantes a América Latina y el Caribe se cuadruplicó en la década noventa del siglo recién pasado. Y señaló también dicho informe que las remesas se redujeron inmediatamente después del comienzo de la guerra del terrorismo contra Estados Unidos de Norteamérica, el 11 de septiembre del 2001, pero rápidamente se recuperaron hasta alcanzar el mencionado monto de 23,000 millones a fines de ese mismo año.

Ahora bien, la mejor respuesta a los políticos y periodistas que se han burlado de la posibilidad de que nicaragüenses vayan a trabajar en la reconstrucción Irak, se las dieron los muchos ciudadanos que han expresado en los medios de comunicación su deseo de acogerse a esa iniciativa presidencial.

En realidad, hacer política de oposición y criticar las gestiones de gobierno —como lo hacemos a menudo en la sección editorial de LA PRENSA— es indispensable en la democracia. Pero hay que hacerlo con seriedad y responsabilidad, no hablando disparates ni haciendo el ridículo del “don me opongo” a ciegas y a todo.  

Editorial
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