Pacifistas y pacificadores

No es lo mismo ser pacifista que pacificador, advirtió el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Angelo Sedano, en una declaración que dio el 17 de febrero recién pasado al diario italiano Avvenire. “La Santa Sede no es pacifista sino pacificadora, (y por lo tanto) admite la legítima defensa por parte de los Estados”, explicó el prelado, al aclarar la posición de Su Santidad en el conflicto de Irak antes que estallara la guerra.

En realidad, hay una gran diferencia entre la acción pacificadora de la Iglesia y las acciones de los pacifistas que protagonizan actos de violencia en las calles y que tienen motivaciones políticas extrañas al ideal de una paz auténtica, fundada en la libertad, la justicia y el respeto a la dignidad humana.

La paz es un valor. Sin embargo para los pacifistas es una ideología y una bandera política que según las circunstancias les sirve —igual que la guerra cuando lo consideran necesario— para sus fines políticos. Para los pacificadores la paz tiene eficacia en tanto conduzca a la reconciliación entre adversarios que comparten una misma moral, pero los pacifistas son aliados de hecho de los Hussein y los Ossama Bin Laden, al que por cierto proclaman como “el Ché Guevara del siglo XXI.

El pacifismo no es justo de por sí, ni son sinceros todos los pacifistas que hacen alborotos en las calles. Entre los pacifistas hay, sin duda, personas de buena fe, pero son mucho más numerosos los anti-yanqui tradicionales que no se manifestaron contra el terrorismo del 11 de septiembre —y algunos más bien lo justificaron y aplaudieron— y defienden a la tiranía de Hussein. En cambio, la legitimidad moral de los pacificadores radica en que condenan la guerra de Estados Unidos contra Irak, pero también rechazan el apadrinamiento al terrorismo y el atropello a la libertad y los derechos humanos que practica Saddam Hussein.

Los pacifistas llegan al colmo de invocar el principio de Benito Juárez (“El respeto al derecho ajeno es la paz”), para justificar el “derecho” de los terroristas a volar las Torres Gemelas y causar miles de muertos civiles que ellos llaman “bajas del imperialismo”; y reivindican el “derecho” de Saddam Hussein a oprimir al pueblo iraquí y asesinar a miles de kurdos, a financiar a los terroristas suicidas de Palestina y a fabricar armas de destrucción masiva para amenazar a sus vecinos y a toda la humanidad.

Sin dudas que es importante que haya gente que se pronuncie y manifieste en las calles a favor de la paz. Y también es bueno y necesario que algunas potencias democráticas se opongan a la acción militar unilateral que ejecutan Estados Unidos y sus aliados contra Irak. La oposición, la discrepancia y la disidencia son principios irrenunciables y actitudes indispensables de la democracia.

En efecto, así como dentro de un país no se le debe otorgar poderes absolutos a una sola persona, porque se vuelve un tirano, en la comunidad internacional es bueno que unos gobiernos se opongan a otros en casos como éste, para que ninguna súper potencia imponga su hegemonía a nivel mundial.

En las protestas contra la guerra en Irak hay que “separar las ovejas de las cabras”, según la expresión bíblica; es decir, hay que distinguir entre los pacificadores que son alentados por principios morales y los pacifistas anti-yanquis y enemigos de la democracia, que defienden la tiranía iraquí y aclaman abierta o solapadamente a Ossama Bin Laden, y que aprovechan las circunstancias para tratar de tomar “un nuevo aire” que les permita en el futuro próximo imponer de nuevo el totalitarismo.

En la escena internacional el pacifista (comunista) José Saramago no es igual al pacificador cristiano Juan Pablo II. Y en Nicaragua no se puede confundir el pronunciamiento legítimo, justo y ético de quienes se conmueven sinceramente por el sufrimiento del pueblo iraquí derivado tanto de la guerra como de la opresión de Saddam Hussein, con los desplantes anti-imperialistas de quienes cuando estuvieron en el poder provocaron deliberadamente la guerra contra los países vecinos y sacrificaron en el matadero bélico a miles de jóvenes nicaragüenses.

En Nicaragua se les conoce muy bien y sólo engañan a quienes quieren dejarse engañar.  

Editorial
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