Francisco Gutiérrez [email protected]
Mucha agua debajo del puente ha pasado desde que a comienzos del siglo pasado el neurólogo alemán Alois Alzheimer fundamentara con rigor científico los trastornos de la enfermedad, luego vendrían los cruentos debates acerca de la demencia senil y pre-senil, la depresión y la locura, el proceso degenerativo natural del cerebro por la edad y su relación con las neuropatologías identificadas.
Pero aunque hoy en día muchos de estos temas han sido resueltos por la cantidad de estudios documentados, persisten demasiados cabos sueltos y puntos ciegos, zonas desconocidas donde los especialistas no se atreven por falta de evidencia a tomar partido y no es para menos, estamos hablando de una de las mayores maravillas y de los grandes misterios de la vida: el cerebro humano.
Simplemente por razones de clasificación patológica y sistematización en el manejo médico de la enfermedad de Alzheimer, la Escuela de Neurología norteamericana decidió a inicios de los años ochenta clasificar la enfermedad dentro de la categoría de demencia senil, sin embargo lo anterior es aplicable desde el punto de vista científico a las etapas finales de la enfermedad, no así a sus comienzos, estados iniciales y trastornos leves.
Lo anterior explica los diferentes nombres que recibe el padecimiento, por ejemplo, mal, síndrome y enfermedad, todos antepuestos al apellido de su descubridor: Alzheimer, de ahí que sus etapas iniciales para muchos especialistas y revistas médicas autorizadas, los pacientes con esta enfermedad en etapas tempranas no pierden su voluntad ni su razón, ni mucho menos sus deseos, por ese motivo es que se les debe de apoyar para que puedan expresarse y sean debidamente incluidos sus deseos y voluntades en poderes legales, testamentos y tutorías que a futuro afecten su destino.
En Nicaragua el experimentado galeno Álvaro Lacayo dijo en una entrevista por televisión, cuando le preguntaron directamente que si los pacientes de Alzheimer perdían su voluntad, que en la primera, segunda y tercera etapa de la enfermedad, éstos no perdían su voluntad.
Es precisamente en estas etapas iniciales en que los pacientes y familiares deben tomar las previsiones necesarias de carácter legal para que la voluntad del paciente sobre sus bienes y haberes quede protegida de los terribles embates finales de la enfermedad.
La aparición del estado mental de demencia o de la enfermedad mental conocida popularmente como locura, es proporcional al desarrollo y evolución de la enfermedad de Alzheimer, en sus estados primarios el paciente experimenta trastornos leves de la memoria y cambios sutiles en su personalidad, por esta razón es que una persona en ese nivel (cuando ni siquiera existe un diagnóstico) no puede ser privada de sus derechos y privilegios, tanto emocionales, laborales y legales.
No así para los estados degenerativos y etapas avanzadas del mal, cuando este tipo de pacientes deben ser tratados con drogas y otros cuidados médicos que garanticen hasta los aspectos básicos de su higiene personal. Es en estos niveles de la enfermedad donde la evidencia médica demuestra que los tejidos neurológicos han sido orgánicamente afectados en distintas áreas de la corteza cerebral, provocando afasia, apraxia y agnosia.
Queda entonces la polémica abierta a la investigación médica, pero hoy en pleno 2003 los especialistas se rigen más por factores clínicos que por los exámenes de laboratorio para conseguir el diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer.
Tampoco a estas alturas el avance y los descubrimientos médicos no avizoran una cura para el mal, éste al igual que la terrible enfermedad de Parkinson y otras enfermedades del cerebro seguirán perteneciendo a los niveles más recónditos del misterio de la vida que a todos nos cubre, sin embargo como en otros padecimientos humanos, el mejor tratamiento posible para estas personas siempre será la comprensión, el apoyo solidario, el amor y sobre todo no aislarlos y avergonzarse de ellos, si no allí está el ejemplo del matemático estadounidense John Nash, quien aún con un estado nefasto de paranoia y esquizofrenia, logró en base al cariño y apoyo de los que le rodearon hacerse de un premio Nóbel.
El autor es psicólogo.