La “locura” de criticar

Douglas [email protected]

Después de recibir algunos mensajes de reproche al reportaje que escribí sobre Cuba, recordé la respuesta de un poeta cubano, desconocido, cuando le preguntaba hace un mes en La Habana sobre el sistema educativo de la isla. “Aquí todos tenemos educación –razonó–. El disparate es que en la escuela aprendemos a pensar, pero el régimen no nos deja opinar”.

Uno de los mensajes que recibí es del diputado sandinista Nelson Artola, para quien existe “evidencia de que el periodista (de LA PRENSA) se entrevistó con los aventureros y delincuentes que financian los Estados Unidos dentro de la sociedad cubana”.

Un lector escribió que LA PRENSA pretendía juzgar lo que sucedía en la isla y otros tres señalaron como ilógico mostrar la miseria en que viven los cubanos, si aquí en Nicaragua también hay mucha pobreza.

Deduzco que para Artola sólo debieron ser entrevistados los funcionarios del gobierno cubano y nadie de la población que critica a ese régimen de 44 años. Pero impedir que la gente cuente sus vivencias y opine, es negarle un derecho humano elemental: la libertad de expresión.

Entrevistar sólo a los funcionarios del gobierno, en cualquier país, significa tener apenas una versión de lo que sucede y, por tanto, engañar al público que necesita más elementos sobre una situación o acontecimiento. Además, nunca pretendí comparar a Cuba y Nicaragua, ni proponer soluciones o juzgar su sistema, porque tampoco es ese mi trabajo. Quienes lo juzgan son los entrevistados, entre ellos funcionarios gubernamentales.

La pobreza y las injusticias están en todos lados y los periodistas tenemos que mostrarlas con la crudeza con que las vemos, en cualquier lugar. Fui a la isla para tratar de contarle a los lectores cómo viven los cubanos y qué piensan de la economía de su país. Narré con el propósito de que los lectores “vieran” a través del reportaje, algunas situaciones o hechos, que tal vez sólo conocían por rumores o de forma parcial.

Un detalle o una descripción puede ser más importante que un discurso para entender un hecho. Luego que cada lector haga su propia interpretación y, si quiere, que la exprese en público, porque en Nicaragua ahora sí podemos hablar con libertad.

En los países donde las libertades de expresión y de prensa son reprimidas, la gente sufre más atropellos por miedo y es peor si carece de medios de comunicación independientes para denunciar los abusos del poder. En el caso de mi trabajo, estoy convencido de que la crónica o el reportaje es la gente, no el discurso.

Para las dictaduras es al revés, la gente no cuenta, es “masa”. Un amigo me contó que en la ex Unión Soviética le preguntó a un ideólogo del Partido Comunista, por qué ese régimen tenía la costumbre de meter en hospitales psiquiátricos a los disidentes, y éste, sonriente, le respondió: “Porque sólo un loco puede oponerse a nuestro sistema”.  

Editorial
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