Abraham Rossman Castillo
Por la información pública, se podría asumir que la causa de los problemas de salud de los nicaragüenses es la limitación irremediable del recurso económico y que por eso, no existen las condiciones que impidan la recurrencia de fallecimientos injustificados en las unidades de salud del Minsa. Esto en parte es cierto y, si no, veamos algunos antecedentes.
A escasos 21 días de tomar el poder el gobierno revolucionario –el diez de agosto de 1979– promulgó intempestivamente el Decreto 35, creando el Sistema Nacional Único de Salud, copia fiel del sistema cubano, convirtiendo al Minsa en una superestructura verticalista, que metió en el mismo bolsón de sus centros de salud a los hospitales que estaban bajo el control de la Junta Nacional de Asistencia y Previsión Social y toda la infraestructura médica del INSS.
La sustentación constitucional del Sistema Unico de Salud, era que todos los nicaragüenses tienen derecho a la salud, garantizada por el Estado y gratuita. Lo primero no es discutible, lo que raya en el populismo y paternalismo son los otros dos. Ningún sistema de salud en el mundo, con las exigencias tecnológicas actuales, es capaz de ser sostenido por una fuente de financiamiento única. Es una sobredosis para cualquier Estado. Su soporte debe involucrar a muchas agencias y a la misma población.
El SNUS creó una monstruosa burocracia para administrar y hacer funcionar ochocientos centros médicos, convirtiendo al Minsa en el empleador más grande, con aproximadamente veinticinco mil trabajadores. El 75 por ciento de su presupuesto soporta esa burocracia y casi nada queda para financiar proyectos. El 65 por ciento del presupuesto de medicamentos es consumido por los empleados del Minsa y sus familiares, como consecuencia del Convenio Colectivo existente. Hay que agregar además que el mismo sistema propiciaba que todas las decisiones se tomaran a nivel central.
Tratando de resolver esos graves problemas, el Programa de Gobierno de Violeta de Chamorro, en su artículo 13, se comprometió a: “abolir el Sistema Único de Salud, para establecer un sistema nacional, científicamente organizado…”. En sus seis años de mandato, este tema jamás apareció en la agenda del Ejecutivo o la Asamblea Nacional. Tampoco estuvo en la del gobierno de Arnoldo Alemán.
Los mismos defensores del Sistema Único se vieron obligados a crear los SILAIS Departamentales como una alternativa necesaria de descentralización. En realidad, los SILAIS quedaron como otras tantas estructuras intermedias politizadas y burocráticas, ya que finalmente el Conchita Palacios jamás les trasladó ni los recursos ni la autoridad.
Otro esfuerzo de descentralización sin ningún resultado, fue el intento de formar Consejos Consultivos en cada hospital, como instancia local superior que se encargara de dirigir la política de gestión de sus respectivos centros. Muchos de estos consejos consultivos se disolvieron, porque sus miembros, frustrados, renunciaron ante el poder absoluto del nivel central.
En todo este contexto, es imperioso indicar que tanto en la década de los 80 como las subsiguientes, la escogencia y contratación de un alto porcentaje del personal a diferentes niveles –Central, SILAIS y hospitales– ha predominado la influencia política. Esto se agrava por la disparatada política de rotar el personal por la vía de transferencias internas o despidos, de los cuales no se han escapado ni los ministros. En cinco años de la administración anterior, el Minsa vio desfilar a cuatro ministros. Eso equivale, a un promedio de supervivencia de 15 meses por ministro. Uno de ellos duró sólo tres meses. En esta jugarreta perversa debe agregarse que cada nuevo ministro, lo primero que hace es acarrear con “su gente de confianza”, moviendo toda la infraestructura humana que encuentra.
A pesar del reconocimiento que el Sistema Único de Salud debería proscribirse, ninguna de las autoridades que se sucedían en el mando, en la década de los noventa y en lo que va de este siglo, hizo un esfuerzo tangible al nivel ejecutivo y legislativo para que se produjera el cambio. En otro artículo veremos por qué. Tal parece que la tentación del poder centralizado contagió a cada ministro de turno.
Estas reflexiones muestran algunos de los aspectos más relevantes de las causas del desastre actual de la salud, más adelante me ocuparé de otros de igual efecto. He hecho estas referencias, porque uno de los componentes más fuertes del Programa de Modernización del Sector Salud BID-Banco Mundial, es casualmente la descentralización que antes de agosto del 79 –hace 23 años– ya existía en la red de salud pública del país.
El autor es médico, experto en salud y seguridad social.