Hacia la educación para todos

Koichiro [email protected]

Hace ya dos años que, por iniciativa de la UNESCO, se celebró el Foro Mundial sobre la Educación en Dakar. En el Marco de Acción de Dakar, entre los seis objetivos que se asignaron a la comunidad internacional, figuran dos que merecen ser recordados en especial. El primero es que debemos “velar porque antes del año 2015 todos los niños, y sobre todo las niñas y los niños que se encuentran en situaciones difíciles y los pertenecientes a minorías étnicas, tengan acceso a una enseñanza primaria gratuita y obligatoria de buena calidad y la terminen”. El segundo consiste en que hemos de “aumentar en 50 por ciento de aquí al año 2015 el número de adultos alfabetizados, en particular mujeres, y facilitar a todos los adultos un acceso equitativo a la educación básica y la educación permanente”.

Ahora bien, todavía hay en el mundo 868 millones de adultos analfabetos. La proporción relativa de analfabetos se ha reducido considerablemente y debería seguir disminuyendo. En efecto, el porcentaje de analfabetos se redujo de un 30.8 por ciento en 1980 a un 22.8 por ciento en 1995, y en 2010 debería representar un 16.6 por ciento. No obstante, a causa del incremento de la población mundial, la cantidad de analfabetos se ha mantenido estable en torno a la cifra de 890 millones entre 1980 y 1995, aunque luego haya empezado a disminuir a un ritmo que estimamos demasiado lento. Además, hay 100 millones de niños que deberían estar escolarizados en la enseñanza primaria y siguen sin ir a la escuela, o simplemente se ven en la imposibilidad de acudir a ella.

En el transcurso de las dos generaciones venideras vamos a tener que afrontar a un tiempo el problema sin solucionar que nos ha legado el siglo XX —la educación para todos— y los retos que nos plantea el siglo XXI, a saber: la educación para todos a lo largo de toda la vida y la construcción de sociedades del saber. Con esos retos tienen que enfrentarse todas las sociedades sin excepción, habida cuenta de que incluso en las naciones más ricas los sistemas educativos no logran garantizar una alfabetización duradera de la población.

La educación para todos sólo será una realidad cuando todos nos tomemos a pecho esta tarea. Para la UNESCO, la educación para todos es una misión primordial y, personalmente, me he empeñado en hacer de ella una actividad prioritaria, porque la educación es un derecho fundamental de la persona proclamado en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en los Pactos Internacionales relativos a los derechos humanos, que tienen valor de tratados.

La educación para todos es algo más que un mero objetivo ambicioso, es una ambición ética que apuesta por la dignidad del ser humano. Actualmente, la noción de alfabetización no se reduce al conocimiento de la lectura, la escritura y la aritmética elemental. En efecto, la educación ha de abrir el acceso a competencias teóricas y prácticas que permitan la integración en la sociedad y, además, tiene que ser una escuela de democracia porque el mejor baluarte de ésta lo constituyen los ciudadanos formados y responsables. Asimismo, la educación ha de ser accesible en todas las etapas de la vida para dar una “segunda oportunidad” a los excluidos y permitir que todas las personas se adapten a la evolución del mundo y de su entorno profesional. Primero hay que facilitar el acceso a los conocimientos necesarios y luego hay que ofrecer a lo largo de toda la vida, tanto en la escuela como mediante la educación extraescolar y no formal, los “antídotos contra el desaprendizaje” a los que se refería Roberto Carneiro en la obra Les Clés du XXIe siècle [“Las Claves del Siglo XXI”].

Tenemos la convicción de que el esfuerzo en pro de la Educación para Todos sólo será fructífero si ésta se integra en los programas nacionales de desarrollo y de lucha contra la pobreza.

No frustremos más las esperanzas y dejemos de aplazar continuamente la acción. A este respecto, se han producido últimamente algunos signos alentadores. Me refiero, en especial, al hecho de que el Banco Mundial haya publicado hace algunas semanas una primera lista de 23 países —donde se concentra más de la mitad de los niños sin escolarizar del planeta— que van a poder beneficiarse de un “programa acelerado” (“fast track”) en materia de educación para todos. Invertir en la educación equivale a invertir en el éxito y a construir nuestro futuro. Todos juntos —gobiernos, organizaciones internacionales, protagonistas de la vida social, organizaciones no gubernamentales, asociaciones, empresas privadas y ciudadanos—, lograremos realizar esta tarea.

También tenemos que pensar en el mundo posterior al 11 de septiembre y decirnos que invertir en la educación es invertir en la seguridad nacional e internacional. En efecto, tal como ha puesto de relieve Jacques Delors, la educación se basa en cuatro pilares fundamentales: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a vivir juntos. La educación para todos es el mejor cimiento de la paz entre las naciones y dentro de cada nación. ¿Estamos dispuestos por ventura a pagar el precio de la paz? Abraham Lincoln solía decir a los que aducían que la educación resultaba cara: “¡Muy bien, señores, prueben la ignorancia si prefieren!”

El autor es Director general de la UNESCO.
(Este artículo es un resumen del original)  

Editorial
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