El juego del Frente Sandinista

Jorge Salaverry [email protected]

La decisión de la Junta Directiva de la Asamblea Nacional de negarse a conformar una comisión especial para estudiar la solicitud de desaforación de los diputados Arnoldo y María Dolores Alemán, ha puesto a ese poder del Estado, y al país mismo, en una situación muy difícil y peligrosa. Connotados juristas coinciden en que, al arrogarse funciones que no le corresponden, la Directiva está violando de manera flagrante la Constitución Política, y violando, además, la Ley de Inmunidad y el Estatuto y Reglamento del Parlamento mismo.

Lo que de hecho está haciendo la Junta Directiva —controlada por Alemán— es negarle al plenario de la Asamblea Nacional el derecho, que por ley le corresponde, de decidir sobre la solicitud de desaforación. El soberano de la Asamblea es el plenario, y la Junta Directiva no es más que un delegado; un instrumento creado por aquél para ordenar y facilitar las funciones que debe cumplir la Asamblea. Jamás puede la Junta Directiva, por lo tanto, usurparle y negarle sus derechos al plenario. ¿Qué hacer?

Lo ideal sería, por supuesto, que la Directiva recapacitara y que obedeciera la ley. Si no lo hace, en la próxima sesión de la Asamblea, la mayoría parlamentaria puede pedirle a la Directiva que incluya como punto de agenda el tema de la desaforación. Si ésta se rehúsa, el único camino legal que le queda a esa mayoría es autoconvocarse, destituir a la actual Junta Directiva, conformar una nueva, y crear la comisión especial para que inicie el proceso de desaforación. Pero, ¿es eso una solución? Depende.

Los parlamentarios que aparentemente están dispuestos a autoconvocarse suman 47. De ellos, 38 son sandinistas, 7 de la bancada Azul y Blanco, uno de la bancada de Camino Cristiano, y uno de la bancada liberal. Constituyen, por lo tanto, una mayoría precaria, pero, al fin y al cabo, una mayoría con capacidad de actuar. Sin embargo, resulta evidente que si se elige una nueva Directiva de acuerdo a la proporción de votos de cada bancada, el Frente Sandinista quedaría en control de la Asamblea Nacional. Un costo demasiado alto que no debe pagarse.

Si de lo que se trata es de permitir el inicio del proceso de desaforación de los dos diputados mencionados, el Frente Sandinista debe poner, sin condiciones, sus 38 votos para el logro de ese objetivo exclusivamente, y renunciar a la pretensión de valerse de las circunstancias para apoderarse del control de la nueva Junta Directiva. No le corresponde ese derecho.

Una cosa es cierta: en las elecciones de noviembre del 2001, el pueblo nicaragüense, además de elegir a la fórmula liberal para la presidencia de la república, decidió, al mismo tiempo, darle al liberalismo la mayoría en la Asamblea Nacional y negársela al sandinismo. Esa voluntad del pueblo hay que respetarla. La nueva Junta Directiva —de llegar a conformarse— debe quedar controlada mayoritariamente —incluyendo la presidencia y la secretaría de la misma— por la bancada Azul y Blanco que, en su casi totalidad, está compuesta por liberales. Si el Frente Sandinista no acepta eso, estaría demostrando que no es la desaforación de Alemán lo que le interesa, sino el apropiarse subrepticiamente de un poder que el pueblo le negó.

Siempre he estado convencido de que a Daniel Ortega y a su partido les conviene e interesa que Arnoldo Alemán permanezca en la Asamblea Nacional. No hay que olvidar que ellos lo pusieron ahí, y les está sirviendo a las mil maravillas. Con él se entienden muy bien, y, además, es la “cuña” que le tienen puesta al presidente Enrique Bolaños. Y quien lo ponga en duda sólo tiene que observar cómo la bancada liberal vota junta con el sandinismo en contra de las iniciativas de ley del Ejecutivo. La pregunta que siempre me formulo es: ¿en qué le podría beneficiar a Daniel Ortega y al Frente Sandinista la ausencia de Alemán de la Asamblea? Y la respuesta que invariablemente me doy es: en nada.

Sin embargo, si ellos vieran que la salida de Alemán de la Asamblea es inevitable, se apuntarían —por razones de imagen— a su destitución, pero, mientras lo puedan tener ahí y al mismo tiempo hacerle creer a la gente que pretenden su destitución, ahí estará. En esta semana es muy posible que sepa si estoy equivocado o no. Si para poner sus 38 votos los sandinistas exigen demasiado en la nueva Directiva, mi apreciación sería acertada. Si no, estaría equivocado, y ¡qué feliz me sentiría de estarlo!

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.  

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