La revolución a medias

Eduardo Enrí[email protected]

Tal como lo prometió, don Enrique Bolaños está llevando a cabo una lucha contra la corrupción sin precedentes en la historia de Nicaragua. Pero el ser sin precedentes no significa necesariamente que sea una verdadera revolución de honradez, como también la ha llamado el mandatario. Esa revolución corre el peligro de quedarse a medias.

Para ponerlo de manera dramática, podríamos decir que hasta el momento el Presidente ha hecho sólo la parte “chiche” de la revolución. Algunos dirán que es una osadía afirmar eso, con sólo ver las consecuencias que ha traído esta guerra contra los corruptos.

Pero veamos. Las encuestas confirman que es inmensamente popular tomar pasos concretos y fuertes contra la corrupción. A la población le ha dado esperanzas ver presos o huyendo a personas que se dedicaron al saqueo durante los últimos cinco años. Y si al final ponen en el banquillo de los acusados a Arnoldo Alemán, pues sí será un hecho histórico. Pero hasta ahí.

Si eso es todo lo que pasa, la revolución se va a quedar a medias. Nuestra sociedad ha tenido un nivel de tolerancia elevadísimo para la corrupción. Aquí la corrupción es rutinaria. Es la manera en que se hacen las cosas.

La corrupción ha visto “normal”, desde algo tan aparentemente inofensivo como sobornar a un oficial o funcionario menor porque “sólo así se mueven las cosas en este país”, hasta el robo de miles de propiedades a ciudadanos honestos. Hecho que finalmente se conoció como la Piñata. Porque la Piñata es el robo más grande de la historia de Nicaragua. El saqueo de Alemán y sus compinches es el más reciente y el más voraz, no el mayor.

Por eso, la verdadera revolución llegará hasta que se rompa con esa “normalidad”, y eso no se logra con echar preso a Arnoldo Alemán. Se logrará, cuando los revolucionarios demuestren que no sólo están dispuestos a señalar la corrupción cuando la ven en el vecino, sino cuando tomen medidas para limpiarse ellos mismos las manchas de corrupción.

Alemán no sólo ha demostrado ser corrupto, sino corruptor. La gente que trabajó en su gobierno, lo estamos viendo, aún inconscientemente terminó manchada por el contil de la corrupción alemanista. Es asombroso ver cómo los ex funcionarios dicen que lo de los estipendios no tiene nada de ilegal porque era “normal”. Pues sí, pero porque aquí lo corrupto era lo normal.

¿Pero como pueden estos señores justificar que el gobierno les pague en efectivo, en dólares y sin un papel, ni chiquito ni grande de por medio y sin deducción de impuestos? Todos ellos son muy ilustrados, algunos hasta famosos gerentes y economistas. ¿Los engañaron o simplemente se dejaron arrastrar alegremente por la corriente putrefacta de la corrupción, pensando que su “prestigio” los mantendría a flote, por encima de la podredumbre?

Por eso es tan importante que don Enrique Bolaños confirme que la “sugerencia moral” de la juez Juana Méndez, de devolver los estipendios, no ha caído en terreno infértil y que él y sus funcionarios van a devolver ese dinero sucio, aunque sea en abonos.

Es irrelevante que el llamado de Méndez sea legal o no. Aquí se han cometido las mayores atrocidades en nombre de la legalidad. Sólo recordemos las leyes de la Piñata que hicieron legal robar.

Los revolucionarios de la honradez tienen que limpiarse, devolviendo lo que obtuvieron fruto de una política y una estrategia corruptora. Entonces sí podrán llamarse revolucionarios.  

Editorial
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