La Cruz de Cristo y la cruz de los cristianos

Rafael Ibarguren

La exaltación de la Santa Cruz, es la fiesta que hoy, 14 de septiembre, celebra la Iglesia en su calendario litúrgico.

El Evangelio de este día es del cap. 3 de S. Juan: “Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre para el que todo el que creyere en Él tenga vida eterna”.

La cruz fue, hasta que Nuestro Señor se dejó clavar en ella regándola con su preciosa sangre, un símbolo de oprobio para judíos y gentiles. Hoy la vemos ostentada en lo alto de las coronas de los reyes, en las condecoraciones honoríficas, en emblemas y banderas; se la ve como adorno u objeto de culto en iglesias, viviendas y edificios; pendiente de nuestro cuello sobre el pecho, a la cabecera de nuestras camas. Cuando nacemos a la vida de la gracia por el bautismo, el sacerdote nos bendice con el signo de la cruz. Y sobre nuestras tumbas, donde los cuerpos que fueron templos del Espíritu Santo esperan la aurora de la resurrección, allá esta la cruz bendita, cual centinela fiel, irradiando la luz de la esperanza.

¡Qué cambio asombroso y radical! De representar la vergüenza, la cruz vino a significar algo tan enaltecedor y glorioso.

Esa mudanza costó el sacrificio de un Dios. De un Dios que asumió nuestra naturaleza y nos hace ese convite original, como el mejor de los confidentes: “el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16-24)

La cruz es, pues, nuestro camino y el medio para alcanzar la meta que anhelamos. Aunque gemimos y lloramos en este valle de lágrimas —usando la expresión del Dios te Salve— el yugo es suave y la carga ligera, también nos ha dicho el Señor en el Evangelio.

“Ave crux spes unica”, reza una antigua jaculatoria que se proclama en las ceremonias de la semana santa: “Yo te saludo, oh cruz, que eres la única esperanza”. Y el Catecismo de la Iglesia Católica promulgado en el actual pontificado, dice en el tópico 550: “Por la cruz de Cristo será definitivamente establecido el Reino de Dios”.

No hay remisión sin cruz. Pero vayamos más lejos: la misma vida no tiene sentido sin la cruz, y es tan imposible como absurdo el querer abatirla o ignorarla. Desde los orígenes de nuestra existencia está esta compañera a nuestro lado, pues Dios dijo a Adán que debía comer el pan con el sudor de su frente y que la mujer daría a luz con dolor. Esfuerzo, sufrimiento… cruz.

Tres cruces hay en el calvario: la del Inocente, la del penitente y la del réprobo: la de Jesús, la del buen ladrón y la del otro desdichado. Son esas las tres situaciones obligadas por las que la humanidad forzosamente pasa. Escojamos.

Y no es que no nos quede otra alternativa, como quien dice “pues, ni modo”. Debemos abrazar la cruz con amor, con veneración, como quien recibe una dádiva, un tesoro.

En la cruz se resume el obrar cristiano, la práctica de la perfección a que somos llamados. Según el texto de San Mateo citado más arriba, hay cuatro etapas en esa práctica, pues toda perfección consiste en: 1) querer ser santo (el que quiera venir en pos de mí), 2) abnegarse (niéguese a sí mismo), 3) padecer (tome su cruz) y 4) y obrar (y sígame).

Fórmula de oro, sencilla, válida para todos, fórmula atrayente.

No precisamos buscar las cruces ni pedirlas a Dios. Aceptémoslas como nos vengan —nunca faltan— y dejémonos clavar en ellas, como lo hizo el Redentor.

Tan enraizada está la cruz en nuestra naturaleza, del tal manera hace parte integrante de nuestro existir, que al hablar de ella en este artículo, desviamos la atención inicial puesta en el sacrificio del Calvario, para considerar nuestra triste condición de desterrados hijos de Eva. No importa. Si unimos ese modesto sacrificio de cada uno al de valor infinito que obró el Salvador, nuestra cruz personal también será redentora.

Asumamos la cruz, el dolor, el sufrimiento. Pero hagámoslo con serenidad y alegría, así estaremos trillando el sendero de la santidad. Santa Teresa de Jesús ha dicho que “un santo triste es un triste santo”. ¡En ese punto los nicaragüenses no tenemos mayor dificultad, pues por naturaleza somos alegres!

El autor es miembro de la Asociación de Fieles de Derecho Pontificio Heraldos del Evangelio.  

Editorial
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