La batalla de San Jacinto

Mario Sandoval Aranda

La batalla de San Jacinto representa la más grande epopeya en nuestra historia patria. Lo más grandioso es que fue contra rubios invasores, extraños a nuestra raza y civilización. El choque de dos culturas, la esclavista y la libertadora. Con tecnología armamentista superior a la nuestra, superioridad numérica, entre 200 y 300 hombres, preparación militar, entrenados sólo para matar. Sin embargo, esas ventajas no fueron suficientes ante el alto sentimiento patriótico de nuestro puñado de valientes, que llenos de arrojo y de firmeza estaban decididos a luchar hasta ofrendar su preciosa vida en defensa de la libertad y la soberanía sagrada de su patria.

Nuestra defensa estaba organizada en tres compañías. La primera bajo el mando del capitán Liberato Cisne, en los corrales de piedra. La segunda a cargo del capitán Francisco Sacasa, en los corrales de madera, con Alejandro Eva, Adán Solís y Manuel Vélez. La tercera, bajo el capitán Francisco de Dios Avilés, defendiendo la casa-hacienda, desde donde el general Estrada, con su asistente el teniente coronel Patricio Centeno, gritaban las órdenes.

La batalla comenzó como a las 7 de la mañana del histórico 14 de septiembre de 1856, en la Hacienda San Jacinto, con 160 patriotas, terminando después de las 11 del día.

Los filibusteros atacaron en los tres frentes, siendo rechazados. Durante tres horas la lucha fue feroz, lucha de titanes; henchidos de patriotismo nuestros soldados ofrecían sus pechos sin corazas a las balas asesinas, antes de ceder sus posiciones. Uno a uno iban cayendo, fertilizando con su sangre redentora la tierra nicaragüense. Se oyen gritos en lengua extraña, que son rechazadas por la española. El ruido de las descargas de fusilería es como un volcán en erupción, y el humo como niebla opaca los rayos ardientes del sol de septiembre en los llanos de Chontales. Las balas como relámpagos se cruzaban en todas direcciones, segando vidas.

Ante esta situación los invasores concentran todo el ataque sobre los corrales de madera, por ofrecer menos resistencia; muriendo Sacasa, y Salvador Bolaños. La lucha es desigual, mientras ellos usan pistolas y rifles de repetición, los nuestros tardaban en cargar los anticuados rifles de chispa, por lo cual tuvieron que luchar cuerpo a cuerpo, hasta con piedras como hizo Andrés Castro, matando a uno de ellos. Muriendo Ignacio Jarquín y el capitán Watkins. Con la férrea defensa se replegaron volviendo al ataque encabezados por Byron Cole, Robert Milligan, y Wiley Marshall, logrando romper las defensas; abandonando esta posición Venancio Zaragoza, con sus hombres. Ante esta situación que ya tiene de frente a la casa al mayor O’Neal, que tomó el corral, el general Estrada recurre a la estrategia de mandar al capitán Liberato Cisne, al teniente José Siero, y al subteniente Juan Fonseca y otros, a dar la vuelta para atacarlos por detrás, idea maravillosa que dio resultado. Esto provocó que caballos que estaban pastando por ese lado se espantaran corriendo hacia los corrales, y creyendo los filibusteros que venía una caballería de refuerzo, ordenaron la retirada, huyendo en desbandada. Para Nicaragua renacía la esperanza del sueño de oro de la libertad.

En esta épica batalla cinco masayas combatieron: Salvador Bolaños, que ofrendó su vida; Manuel Marenco, alias “Gualcho”; los tenientes Abelardo Vega y Carlos Alegría, que participando en la política llegó a general, y mi bisabuelo, capitán Bartolo Sandoval, a quien en el informe de su Parte de Guerra, el general Estrada se refiere, cuando dice: “A la sombra del humo hicieron su fuga, que se las hizo más veloz el siempre distinguido capitán don Bartolo Sandoval, que con el recomendable teniente don Miguel Vélez y otros infantes, los persiguieron hasta aquel lado de San Ildefonso. En el camino les hicieron nueve muertos, ‘don Manuel Marenco que, aún después de herido, permaneció en su punto, sosteniéndolo’ ”.

La familia Sandoval de Masaya ha guardado como un preciado tesoro nacional y familiar, desde hace 146 años, de generación en generación, la espada que mi bisabuelo capitán Bartolo Sandoval portaba en la batalla de San Jacinto, y que actualmente con honor, amor familiar y fervor patriótico, guardo con veneración, por habérmela dado mi tío, don Sinforoso Sandoval Cuadra, a quien le correspondió guardarla y cuidarla por muchos años.

La batalla de San Jacinto es el faro que desde esa fecha memorable baña de luz patriótica a Nicaragua, nacida y forjada por sus hijos para la libertad y la gloria.

El autor es escritor y abogado.  

Editorial
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