Luis Sánchez [email protected]
Hace unos días fui al cine con mis dos nietas, Fabricia y Elisa, y vimos una película de dibujos animados, “El corcel”, que es un conmovedor himno a la lucha por la libertad.
La película cuenta la historia de Spirit, un potro salvaje que vive en feliz libertad con su manada, en las amplias praderas del antiguo Oeste norteamericano, hasta que es atrapado por unos militares, quienes tratan de domarlo y al no conseguirlo lo someten a crueles castigos. El indomable potro escapa, junto con un indio Lakota que también estaba cautivo de los blancos, pero al llegar a la aldea, Spirit queda igualmente prisionero. Sólo cambió las sogas de los blancos por las cuerdas de los indios.
Al fin, conmovido por los esfuerzos libertarios del caballo, el indio lo suelta. Sin embargo, Spirit pronto vuelve a ser capturado por los blancos que lo someten a indecibles sufrimientos, hasta que escapa otra vez con ayuda de su amigo indio, ahora definitivamente, y regresa a sus anchurosas praderas a disfrutar junto a su querida manada la alegría de la libertad.
Al ver la película de Spirit recordé las emotivas palabras de Cervantes, creador de Don Quijote de la Mancha, al quedar libre después de cinco años de cautiverio en Argelia: “No hay en la Tierra contento que se iguale a recuperar la libertad perdida”.
Para los antiguos griegos la libertad era “un concepto de pura abstracción”, según el estudioso español José Antonio Pérez-Rioja. Por eso en su panteón no había una diosa Libertad. Y el profesor, también español, Ignacio Sotelo (quien en 1989 vino a Nicaragua a dictar unas charlas a quienes trabajábamos en la redacción del Semanario La Crónica), explica que “la libertad consistía para los griegos en la posibilidad real de decir en público lo que pensamos y lo que nos pasa”.
Los romanos, en cambio, sí tenían una diosa de la Libertad, a la que por iniciativa de Tiberio Sempronio Graco (210-151 a.C.) le erigieron un templo en el Monte Aventino —una de las siete colinas de Roma—, y la consideraban dispensadora de los bienes y los males, de los placeres y las penas, de la riqueza y la pobreza.
Un voraz incendio destruyó aquel templo de la Libertad, pero el cónsul Polión mandó a reconstruirlo con mayor magnificencia, y estableció allí la primera biblioteca pública que tuvieron los romanos (la libertad por medio de la palabra, como la concebían los griegos).
Los romanos representaban a la Libertad como una hermosa dama de blanco vestida, sobre la cabeza un gorro frigio, con un cetro en la mano y a sus pies un yugo roto y un gato, el animal que no puede soportar la más mínima dominación.
Para el marxismo la libertad es un derecho social, y por lo tanto el Estado la concede o la suprime, la tolera o la restringe (el hombre es la suma de las relaciones sociales de producción, escribió Karl Marx en los “Manuscritos Económicos y Filosóficos”).
Por eso renegué del socialismo y lo sustituí con el hermoso principio libertario de Jefferson que está cincelado en el portal de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos:
“Sostenemos como verdades evidentes que todos los hombres son creados iguales, y que a todos los dotó su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.