Jaime Incer
Así reza el lema de la actual jornada que conmemora el Quinto Centenario del descubrimiento de Nicaragua, cuando el 12 de septiembre de 1502, Cristóbal Colón vio por vez primera tierra nicaragüense, al doblar un cabo donde los vientos y mareas le fueron favorables. El Almirante de la Mar Océano bautizó como “Gracias a Dios” a dicho cabo en agradecimiento a la providencia por haber librado sus naves de un seguro naufragio.
Después de cinco siglos años, el cabo que una vez avistara el célebre navegante, se encuentra a centenares de metros tierra adentro. Ha quedado sepultado por toneladas de lodo y arena, acarreados por el Río Coco desde las montañas erosionadas del interior, cada vez que sus aguas se salían de madre, luego del paso de tormentas tropicales y huracanes por la vecindad.
Pero más importante que los cambios geográficos suscitados en el lugar, llama la atención que después de transcurridos quinientos años el lugar sigue siendo tan desolado, deshabitado y abandonado de todo desarrollo. Cuando Colón descubrió poblaciones indígenas asentadas en el litoral Caribe de Centroamérica, no encontró a ninguna de éstas junto a la costa nicaragüense. Obviamente existía alguna población nativa allende las lagunas y pantanos litorales, ríos arriba o selvas adentro.
El abandono de la Costa Atlántica o Costa Caribe de Nicaragua ha perdurado a través de los siglos, característica que parece haber marcado su destino histórico.
Las primeras referencias sobre el poblamiento de esta vasta región no se encuentran sino 130 años después del viaje de Colón, cuando el pirata holandés Abraham Bluevelt aparece comerciando con los indios ramas asentados en la bahía que más tarde llevaría su nombre, o cuando el puritano inglés Sussex Camock, alrededor de 1630 la primera población de miskitos poblando una laguna junto al Cabo Gracias a Dios, en aquel entonces llamada Sitawala.
La organización tribal de esta gente ha perdurado hasta nuestros días, sobreviviendo al ficticio “protectorado” inglés, al fantoche “reino de la Mosquitia”, a la inconsútil “reserva” indígena, al “departamento” de Zelaya, a las más recientes “regiones autónomas” y a cuantos intereses políticos y comerciales, extranjeros o nacionales, han pretendido ejercer hegemonía o influencia sobre la Costa Atlántica. Ser hoy un miskito liberal o un miskito sandinista es pura ficción, producto de la propia necesidad de estos grupos de buscar cómo sobrevivir al sempiterno desamparo que tradicionalmente los ha marginado de todo progreso, pero ello no cambia el hecho que los miskitos seguirán siendo más que todo miskitos.
Muchas veces nos tildan y con razón a los habitantes del resto del país, (los “españoles” según creen que somos), como los responsables de la explotación inicua y egoísta que ha sufrido la Costa Atlántica, ese “gigante” que parece anestesiado para que no despierte.
La historia de los siglos pasados sin embargo revela cómo los mismos traficantes ingleses obtenían grandes extensiones de tierra y prebendas a cambio de una garrafa de ron obsequiada a los ficticios “reyes moscos”. Aún en la actualidad, algunos “mandamás” de las regiones autónomas autorizan concesiones a inescrupulosas empresas nacionales y extranjeras, disputando los recursos naturales al Estado, que también los ha otorgado sin los controles evidentes que aseguren su explotación ecológica, económica y socialmente sustentables.
Tanto los gobiernos nacionales como los regionales han regateado ese derecho a sus propios municipios, pobladores y grupos indígenas, los que a la postre resultan los menos favorecidos económicamente, no obstante ser ellos los autóctonos habitantes de la Costa Atlántica.
En vista de estas reflexiones y de otras cosas que siguen pasando luego de 500 años de historia, cabe preguntarnos: ¿somos todos los nicaragüenses (de ambos lados, o de cualquier credo o raza) merecedores de ser llamados como tales? ¿Podemos vanagloriarnos de vivir en una Nicaragua… gracias a Dios? ¿Para qué? ¿Para quiénes?
Rubén Darío tendría alguna razón cuando en el profético poema “A Colón” le reclamaba:
¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!
El autor es historiador, miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA.