La llegada de Cristóbal Colón a las costas de nuestro mar Caribe, el 12 de septiembre de 1502; la independencia nacional, el 15 de septiembre de 1821; y la Batalla de San Jacinto de la Guerra Nacional (que algunos historiadores llaman segunda independencia), el 14 de septiembre de 1856, son tres de los acontecimientos más trascendentales de la historia nicaragüense.
Sin embargo, a pesar de que en el caso del descubrimiento de Nicaragua se trata nada más y nada menos que del quinto centenario, la celebración se ha visto ensombrecida por la crisis institucional, política y moral que está sufriendo el país como consecuencia de la devastadora corrupción que hubo en el gobierno anterior —que presidió Arnoldo Alemán— y por la tenaz resistencia de los corruptos a responder por sus fechorías ante la justicia.
Pero la verdad es que estos acontecimientos actuales están conectados a la saga histórica del descubrimiento, conquista y colonización española, que transformó y selló culturalmente en forma indeleble y para siempre el carácter nicaragüense, y al fin y al cabo determina hasta ahora el comportamiento personal de políticos como Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, así como las crisis institucionales que con frecuencia tenemos que padecer.
En realidad, los defectos esenciales de la cultura política nicaragüense que se manifiestan en la conducta personal de líderes partidistas incultos, autoritarios, codiciosos y corruptos, son una herencia desgraciada de los españoles aventureros que vinieron a nuestras tierras a conquistarlas a sangre y fuego, en busca de riquezas conseguidas a cualquier precio (“los españoles tenemos el alma enferma y esta enfermedad sólo se cura con oro”, escribió Hernán Cortés, en una carta que envió a España). Pues, aunque entre ellos vinieron también personas bondadosas, como Bartolomé de las Casas y Antonio Valdivieso —quienes condenaron la violencia, la esclavización y la crueldad contra los pueblos nativos—, ellos fueron excepciones que no cambiaron en nada la infortunada suerte de nuestros antepasados aborígenes.
De manera que los políticos ordinarios y corruptos que hemos padecido y seguimos padeciendo —Somoza, Ortega o Alemán—, son lo que son porque son herederos de Pedrarias y los Contreras, aquellos brutales fundadores de un sistema de gobierno y de hacer política basado en la chabacanería, el irrespeto a la dignidad humana y el latrocinio.
Mas la historia es como es y de nada sirve negarla, falsificarla ni cubrirla de maldiciones. Ni los españoles deben avergonzarse de hechos históricos que no se pueden cambiar, ni los nicaragüenses debemos mantener el alma enferma de resentimiento por la barbarie de la conquista y la brutalidad de la colonización. Y si bien es necesario recordar críticamente la historia para entender las raíces de nuestros males y tratar de erradicar los aberrantes defectos de la cultura política que padecemos ahora, también es necesario y mucho más importante reconocer y aprovechar lo mucho positivo que nos dejó la fusión cultural hispano-americana.
Hace un par de años, al inaugurar un centro cultural hispanoamericano en Albuquerque, Nuevo México, Estados Unidos, el príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, dijo que “la realidad pasada y futura de esta patria común es la lengua y la cultura hispanas”. Es cierto. Y lo más importante de esta certidumbre es la constatación de que esta lengua y cultura común fue elaborada por los españoles y enriquecida por los amerindios, y que hay una conexión luminosa entre los talentosos forjadores del habla castellana como Cervantes y Nebrija, y sus geniales enriquecedores como Rubén Darío, de Nicaragua; Jorge Luis Borges, de Argentina; Gabriel García Márquez, de Colombia; Octavio Paz, de México; o Mario Vargas Llosa, de Perú.
No vale la pena, pues, guardar rencor por los hechos históricos que comenzaron hace quinientos años, lo cuales, con las sombras también trajeron la luz y produjeron algo mucho más valioso que todo el oro americano que se llevaron los conquistadores españoles: Una nueva cultura basada en la lengua castellana a la que orgullosamente llamamos ahora el idioma y la cultura hispanoamericana.
Esto lo definió el poeta chileno, amerindio e hispanoamericano, Pablo Neruda, con una expresión tan cierta como hermosa: “Se llevaron el oro, pero nos dejaron el oro. Se llevaron todo, pero nos dejaron todo… Nos dejaron la palabra”.