Sergio Ramírez
Hoy (ayer) por la mañana me he enterado con estupor de la muerte del fotógrafo Wilmer Mercado en un accidente de carretera. Según leo en LA PRENSA, venía el domingo por la tarde de Río San Juan donde había trabajado en las fotos de un reportaje sobre un hecho ya antiguo, del año 1988, la captura de Eugenio Hasenfus a raíz del derribo de un avión de carga que lanzaba suministros a las fuerzas de la contra por aquellos parajes. Al leer la noticia a la hora del desayuno, me he llenado de una doble pesadumbre. Por su juventud, pues tenía apenas veinte años y recién empezaba sus estudios de periodismo, y porque acabábamos de vernos. Tantas veces uno se despide sin alcanzar a saber que no habrá ya otra despedida.
El viernes pasado, hace apenas tres días, estuvo en mi casa para tomar las fotos de la entrevista que me hizo el periodista Francisco López sobre el extravío de las piezas históricas del General Sandino. Eran pasadas las nueve de la mañana cuando me anunciaron que me esperaban. Salí a recibirlos. Entramos a mi estudio. Francisco encendió su grabadora. Wilmer empezó a revolotear a mi alrededor con su cámara, disparando desde distintos ángulos. Antes le había dicho que subiría la persiana para que tuviera más luz. En el walkie-talkie que llevaba en la cintura se confundía los llamados, aparentemente tenía fotos pendientes de tomar en la Corte Suprema. Se despidió muy sonriente, y se fue a cumplir la nueva misión que le esperaba.
Ayer (anteayer) domingo, en Masatepe, vi en la sección Revista de LA PRENSA una de esas fotos que me tomó en mi estudio, ilustrando una nota que habla sobre la conferencia El Ángel de la Historia con que inauguré el jueves el ciclo Carlos Martínez Rivas organizado por el Instituto Nicaragüense de Cultura. Es una buena foto. Aparezco en el sillón donde él me pidió que me sentara esa mañana del viernes, gesticulando con las manos que figuran en primer plano. Atrás, en la ventana donde yo creí que entraría a raudales la luz al subir la persiana, sólo hay oscuridad.
Hoy tengo frente a mí esa foto y no puedo dejar de imaginarlo viendo el negativo a trasluz para escoger precisamente esa toma, o examinando las copias de contacto. Y tengo también la suya, la que ilustra la noticia de su muerte. Con la misma sonrisa que le vi la última vez, aparece con su toga y su birrete de bachiller.
Ahora quiero despedirlo otra vez con estas líneas, como el día viernes en la puerta de mi estudio.
El autor es escritor.
(La fotografía de Sergio Ramírez fue tomada por Wilmer Mercado el viernes de la semana pasada, y es a la que se refiere el autor de este artículo).