José Joaquín Quadra C.
Pongamos el espejo retrovisor para ver qué nos enseña nuestra propia historia cuando el país sufre la grave enfermedad de la corrupción. Tomemos lo bueno de nuestros antepasados.
Cuando los filibusteros se apoderaron de Granada por sorpresa en la noche del 13 de octubre de 1855, Walker inició un régimen de terror para obligar a los legitimistas o conservadores que aceptasen el gobierno democrático y la hegemonía del propio Walker. Amenazó que fusilaría diariamente a uno de los principales legitimistas que tenía en estrecha prisión, don Mateo Mayorga, don Dionisio Chamorro, don Fulgencio Vega, don Pedro Rafael Cuadra.
Empezó cumpliendo su palabra con el asesinato de Mayorga, y hubiera seguido, a no dudarlo, si amedrentado Corral, no entrara en componendas con el nuevo general democrático, desoyendo las voces de sus amigos que desaprobando su debilidad, algunos de ellos como don Pedro Joaquín Chamorro, lanzando un reto a Walker en su celebrada proclama y manifestando que estaba dispuesto a resistir el sacrificio de su propio hermano antes de ponerla al servil yugo del intruso; Corral, sin embargo, acobardado y halagado por la perspectiva de formar parte del gobierno, rindió el sable, consintió en el derramamiento de sangre y en el desarme de sus soldados, y pocos días después pagó con su propia vida la debilidad que había cometido.
No sólo eran el asesinato y el pillaje el arma de Walker. Por donde quiera, repito, entraban a pillar las alhajas, la ropa, lo que se encontraban en las casas.
La gente viéndose en la necesidad de huir y no pudiendo llevar consigo sus joyas y dinero acuñados, lo enterró en sus jardines, en los corredores, bajo un ladrillo, en las paredes. Muchos consiguieron salvar así su hacienda; algunos perdieron el recuerdo del sitio del entierro, que no raras veces sirvió para enriquecer a otros más afortunados, y los más —a pesar de esta diligencia— sólo encontraron el hoyo vacío cuando fueron en busca de su tesoro.
Doña Julia Arellano de Pasos, dama granadina, abuela de los Cuadra Pasos, conforme a la costumbre, enterró secretamente sus joyas y dinero. Antes que la guerra terminara doña Julia se encontró en trances de muerte. La pieza donde estaba su lecho era un gran cuarto dividido en dos por un delgado tabique de madera, de modo que con facilidad se oía a un lado lo que se hablaba en el otro.
Viéndose morir, doña Julia llamó a su fiel sirviente, lo hizo jurar que guardaría el secreto que iba a depositar en él, y le refirió, con todos los pormenores y señales, el sitio donde estaba enterrado su tesoro. Quiso la casualidad que al otro lado estuviese un oficial del Ejército de Nicaragua, y que sin quererlo ni procurarlo, oyese todo su secreto.
Quiso Dios que llegase el fin de aquella despiadada guerra, y cuando el fiel sirviente, en compañía de los hijos de doña Julia, fue en busca del tesoro, se encontró con la sorpresa de que no estaba en el sitio indicado.
¿Qué había sucedido? ¿Acaso el oficial se aprovechó de aquel secreto?
No, he aquí lo que pasó:
En el curso de la guerra, los nicaragüenses habían llegado a uno de esos momentos en que faltó todo, menos la constancia. Lo que más necesitaban era dinero. En cierta reunión, los generales Tomás Martínez y Fernando Chamorro discutían qué medios emplear para arbitrar fondos.
Aconteció estar presente en la reunión el oficial que había sorprendido en secreto, y como oyeran lo que trataban los generales dijo:
Si necesitan dinero, yo sé dónde lo pueden conseguir.
Y contó lo que sabía.
Martínez y Chamorro todavía deliberaron si podían en buena ley tomar el dinero, y resolvieron aprovecharse de él porque se trataba de la salvación del país y no eran aquellos momentos para detenerse en pueriles y escrúpulos, ya que al incautarse de aquellos bienes no lo hacían con ánimo de lucro, y tenían propósito de restituirlo a su tiempo.
El oficial don Joaquín Zavala fue comisionado para que practicara la exploración. Lo hizo así el correcto joven, levantando acta formal de lo ocurrido y halló que el tesoro montaba a treinta y cinco mil pesos en plata.
El hallazgo fue una providencia para la salvación nacional. Se empleó el dinero en las necesidades más perentorias de la guerra.
Cuando más tarde, el general Martínez fue Presidente de la República, su gobierno reconoció aquella deuda, y por diez años sin interrupción el producto de la pólvora estuvo vinculado a la amortización de aquel empréstito ocasional y obligación sagrada.
¡Cómo resplandece en todo esto la honradez y el patriotismo de aquellos tiempos!
El autor es historiador.