Jorge Huete-Pé[email protected]
Las técnicas de modificación genética de plantas y animales son el pilar fundamental de la agricultura moderna y la producción de alimentos. La última generación de plantas obtenidas por técnicas de ingeniería genética, conocidas como “transgénicas”, presenta la ventaja de que las características genéticas deseadas pueden provenir de especies muy diferentes.
No obstante, dados los alcances de estas tecnologías, su uso ha causado preocupaciones alrededor de sus posibles impactos en la salud humana y el medio ambiente, dando origen a la creación de intricados sistemas regulatorios para la comercialización de plantas y alimentos transgénicos.
Hoy día para poder comercializarse, los alimentos transgénicos deben someterse a un análisis riguroso que incluye pruebas de toxicidad, sensitividad al calor, acidez, digestión enzimática y comparación estructural, con todo lo cual debe descartarse la presencia de toxinas y alergenos. Un sinnúmero de prestigiosas instituciones internacionales han avalado estos procedimientos y promovido la homogenización de los protocolos y estándares internacionales.
En lo que respecta a la salud humana, la mayoría de los científicos coinciden en que los alimentos y plantas transgénicas son seguros y que, en cuanto a riesgos, no se diferencian en nada de aquellos obtenidos por métodos tradicionales.
La inquietud referente a las implicaciones ecológicas tiene que ver principalmente con la posibilidad de que las plantas transgénicas transfieran mecanismos de resistencia en las plagas y faciliten el intercambio de genes entre transgénicos y sus parientes silvestres, lo cual pudiera erosionar la biodiversidad. Este aspecto particular representa un enorme reto para los países pobres por contar éstos con capacidades muy modestas de infraestructuras y de recursos humanos para hacer frente a las posibles afectaciones de sus ecosistemas.
Ante estas dificultades, los científicos han trazado un vasto número de normas e instrucciones para el monitoreo y manejo de riesgos ambientales. La recomendación clave es que las tecnologías se apliquen considerando la diversidad biológica y las condiciones ambientales propias de cada región.
Una reciente denuncia sobre la importación y consumo de alimentos transgénicos en Nicaragua pretende que el gobierno nacional impida el uso de estas tecnologías y se abstenga de importar estos alimentos con tal de convertir a Nicaragua en el único país “libre de transgénicos” del mundo.
Lamentablemente, cuando una denuncia de este tipo se presenta con alarmismo y escándalo, se eclipsa la información objetiva sobre el origen y la seguridad de estos alimentos, se genera confusiones innecesarias entre los consumidores y se induce a la toma de decisiones improvisadas. En medio de este alboroto, se entremezclan apreciaciones que nada tienen que ver con lo científico, y se enmascara el verdadero trasfondo ideológico de la demanda.
De cualquier manera, el gobierno está en la obligación de enfrentar sus retos con seriedad y firmeza. Deberán elaborarse los protocolos de seguridad biológica (bioseguridad) para evaluar y monitorear los cultivos transgénicos autorizados. Se deberá priorizar la necesidad de readecuar el marco regulatorio existente. Se hace necesario, además, establecer de una vez un comité de expertos capaces y honrados que aconseje al gobierno en la toma de decisiones. Finalmente, se requiere educar y promover el debate público sobre estos temas.
Un aspecto positivo que podría surgir como producto de un debate objetivo es el despertar de una responsabilidad y conciencia ciudadanas por los asuntos de bioseguridad y el uso racional de las nuevas tecnologías. Pero en el debate no se debería suscitar pánico e incertidumbre en una población que carece de la información y competencias indispensables para decidir sobre estas tecnologías.
Al emprender el análisis de los beneficios y riesgos del uso de los transgénicos, es justo averiguar también los posibles riesgos que implicarían para la salud de los más pobres y desnutridos el no tener acceso a mejores alimentos. Sería pertinente, además, considerar el mal que causa a la economía nacional la falta de semillas mejoradas en el ya abatido agro nacional. No se pueden ignorar en el análisis de riesgos, los daños que podrían ocasionar el rehusar a la ineludible caridad internacional destinada a los damnificados y hambrientos.
Para enfrentar sus desafíos económicos y de seguridad alimentaria, Nicaragua no puede optar por la superstición y la inamovilidad, sino más bien procurar la innovación tecnológica. Mediante el uso racional y sensato de la ingeniería genética agrícola, muchos productos y alimentos transgénicos podrían traerle grandes ventajas a los países pobres. Sería una equivocación gravísima entorpecer su aceptación en Nicaragua.
El autor es director del Centro de Biología Molecular, Universidad Centroamericana.