Los obispos, mejor fríos que fraternos

Eduardo Enrí[email protected]

A mí me alegra que las relaciones entre los obispos y el actual gobierno sean “frías” o aún que sean “poco amigables”, como varios de ellos las han calificado en los últimos días.

A mí me alegra porque de esa manera me garantiza que el ojo crítico de la Iglesia va a estar fijamente mirando el actuar de este gobierno y llamando la atención cuando las cosas no vayan bien, y también me garantiza que la Iglesia, sus obispos y sacerdotes orientarán imparcialmente a los creyentes y al resto de la población en los temas de la vida nacional.

Un país que no termina de quitarse los pañales en lo que se refiere al establecimiento de un sistema democrático republicano, necesita esa guía, esa mano firme a la cual asirse en momentos de duda.

Esa frialdad, ese distanciamiento de las relaciones entre la Iglesia y los gobiernos tiene una fuerte cuota de responsabilidad en la transición de una república bananera a la de infancia democrática que hoy vivimos, pasando por la pesadilla del comunismo tropicalizado y por la transición intransitable, como la bautizó Manuel Guillén.

No se puede negar el importante papel que jugó la Iglesia en los años 70, cuando encabezada por el arzobispo de Managua, monseñor Miguel Obando y Bravo dio la espalda al dictador y la cara al pueblo y su anhelo de libertad.

Mucho menos se puede negar su importancia en los años 80, cuando esos obispos y sacerdotes demostraron toda su valentía ante un gobierno que no dudaba en atacarlos, ridiculizarlos y hasta echarles a las turbas. Nadie dudó que el Cardenalato de monseñor Obando fue un claro reconocimiento a ese importante papel que jugó la Iglesia nicaragüense, no sólo aquí, sino a nivel centroamericano.

Y ya pasado el umbral de los 80, fueron las duras críticas desde el púlpito las que ayudaron a hacer posible importantes avances en nuestro sistema. Quizás las reformas constitucionales del 95 no hubieran sido posibles sin la mediación de la Iglesia, cuando el gobierno de doña Violeta, y en particular su ministro de la Presidencia, Antonio Lacayo, se oponían tenazmente a ellas.

Para mí está clarísimo, las relaciones “frías” y “poco amigables” de la Iglesia con nuestros gobiernos han dejado un balance altamente positivo para la nación.

Por el contrario, cuando las relaciones han sido “fraternas”, como en el caso de la Iglesia con el gobierno de Arnoldo Alemán salimos perdiendo. Los nicaragüenses, y en particular los católicos, no hemos gozado de ese ojo crítico, de esa guía.

A decir verdad, y como los obispos bien saben, no se puede estar bien con Dios y con el Diablo, entonces esa “fraternidad” con un gobierno que claramente no ha representado los intereses de la ciudadanía y más bien ha gobernado a sus espaldas, pues necesariamente se traduce en frialdad hacia la población.

La fraternidad ha llegado a tal punto que le ha impedido al Cardenal pronunciarse sobre la conveniencia de que el ex presidente Arnoldo Alemán renuncie o no a su inmunidad para enfrentar el juicio del Canal 6. Con la “humildad para escuchar”, que según el obispo Bosco Vivas tiene Alemán, indudablemente un pronunciamiento de su Pastor le serviría de mucho.

No hay duda, la Iglesia nos conviene más fría que fraterna cuando de relación con el Poder se trata. Pero eso sí, esa frialdad debe ser pareja.  

Editorial
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