Al filo de la conspiración democrática del 4 de abril

Hugo Ramón García

“Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”. (San Mateo, Capítulo 5. Versículo del 1 al 10).

Bajo los sofocantes calores de abril, muy propios del clima tropical, que se ciernen sobre el paisaje y los campos nicaragüenses, los cafetales de Carazo, Brasil Grande y Cuatro Esquinas, fueron convertidos en los sitios de referencia histórica para llevar a realización uno de los episodios más impactantes que ha registrado la conspiración armada. Se iniciaba por ese tiempo la Semana Santa, es decir la época en la cual el pueblo creyente conmemora con devoción el martirio de Jesús en el Gólgota, cuando Judas lo traicionó para que después fuera vejado y crucificado en un calvario de infamias y de torturas.

Era el Domingo de Ramos, 4 de abril de 1954, y la República cansada de vivir en sus entrañas los dominios absolutistas de una feroz dictadura, buscaba el derecho a sus libertades, y por consiguiente la apertura de un pluralismo ideológico que sentara las bases hacia la consolidación de la democracia, cuyas conquistas a plenitud todavía no han sido posibles, porque la sociedad sigue atada a los vicios del somocismo que le impiden desde luego una saludable transformación que responda a los cambios verdaderos que siempre se han esperado.

Los conspiradores de abril, dispuestos al ataque, se apostaron en lugares estratégicos a “Montelimar”, situado a sesenta kilómetros al sur de Managua, y precisamente cuando la caravana presidencial pasara rumbo a la casa-hacienda del dictador, el teniente académico Adolfo Báez Bone, originario de Juigalpa, Chontales, tenía la singular recomendación de dispararle primero al carro del viejo Tacho, acción que no se llevó a cabo porque el complot fue delatado por un infiltrado, y quedó reducido a la derrota, y Báez Bone al caer en manos de la guardia y enterarse de su captura Anastasio Somoza Debayle giró instrucciones terminantes para que lo llevaran a su despacho, y estando ahí frente al verdugo “egresado” de la West-Point, lo tomó cobardemente a patadas y feroces ensañamientos, y el valiente patriota de Chontales con un arrojo admirable que es innato en el hombre de principios, le tiró su misma sangre al siniestro vástago de la dictadura y le dijo: “mi sangre te perseguirá”.

Es preciso anotar por fidelidad a la historia, que la conspiración armada del 4 de abril de 1954, tuvo a su favor todo el apoyo económico, y en armas por parte del Partido Conservador, de muchos oficiales académicos de la desaparecida Guardia Nacional, y de varias connotadas figuras del Foro Nacional, sobresaliendo entre las principales los doctores Enrique Lacayo Farfán y Francisco (Paco) Ibarra Mayorga, quienes por su viril patriotismo llegaron a ser personajes legendarios en la lucha por las causas nobles, y es de justicia hacer un venerado recuerdo de Jorge Rivas Montes, que tuvo al igual que otros, una descollante participación en los sucesos del 4 de abril de 1954, y fue condenado a dos años de prisión por un Consejo de Guerra y recluido en la “Casa de Piedra” ubicada en “Campo Marte” hasta que fue asesinado junto con Luis Morales Palacios, el 20 de octubre de 1956, veintinueve días después que Somoza García fuera ejecutado por Rigoberto López Pérez, en la Casa del Obrero de León la noche del 21 de septiembre de 1956.

En la conspiración de aquel abril, “caluroso y florido”, como apasionadamente lo dice en el fragmento de su romántico poema el panida leonés Edwin Castro Rodríguez, cayeron sacrificados por buscar una auténtica democracia, Adolfo Báez Bone, Juan Martínez Reyes, Antonio Velásquez, Pablo Leal Rodríguez, Manrique Umaña, José María Tercero Lacayo, Amado Soler, Carlos Ulises Gómez, Luis Felipe Báez Bone, Rafael Praslín, Guillermo Gutiérrez, Agustín Alfaro, Optaciano Morazán, Luis Felipe Gabuardi, Juan Ruiz Traña, Pedro José Reyes, Francisco Caldera, Ernesto Peralta, Francisco Granillo, Humberto Ruiz, Miguel Ramírez, Francisco Madrigal y Edgard Gutiérrez.

Que la generosa memoria de los héroes del 4 de abril de 1954, ilumine de honestidad a las presentes generaciones para que se pueda construir una Nicaragua diferente y digna, y se haga respetable de muchos oportunistas que han empañado su rostro ejerciendo la corrupción a niveles escandalosos y repitiendo íntegramente los mismos vicios y sistemas del somocismo.

El autor es periodista.  

Editorial
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