El Día de los Sacerdotes

El Jueves Santo se celebra el Día de los Sacerdotes Católicos, en conmemoración de la Última Cena de Jesús con los apóstoles, en la que se instituyó la Eucaristía. Por eso, la principal celebración en este día es la renovación de los votos sacerdotales de quienes se han consagrado al servicio de Dios y de la Iglesia y, por lo tanto, están autorizados a celebrar la Misa y administrar la Eucaristía.

Desde que Nicaragua se convirtió al catolicismo como resultado de la conquista española y la evangelización, hubo sacerdotes santos que se identificaron con los humildes, lucharon por los oprimidos y defendieron la dignidad humana a expensas de su propia vida.

El primer sacerdote que arribó a costas nicaragüenses fue fray Alejandro, capellán del último viaje de Cristóbal Colón cuando descubrió a Nicaragua, el 12 de septiembre de 1502. Pero sólo 21 años después fue que un sacerdote pisó la tierra nicaragüense, Diego de Agüero, quien bendijo el 12 de abril de 1523 la toma de posesión del Lago Cocibolca por el conquistador Gil González de Ávila y atestiguó el diálogo con el legendario cacique Nicaragua.

Desde entonces vinieron muchos otros sacerdotes, primero para evangelizar a la población aborigen y después para integrarse en la sociedad nicaragüense. Durante la conquista, algunos de aquellos sacerdotes brillaron por la luminosa santidad de sus obras, como Diego Álvarez Osorio, Bartolomé de Las Casas y Antonio Valdivieso, quienes defendieron incansablemente a los indios que eran sometidos a terribles crueldades por los conquistadores. Por eso, precisamente, fray Antonio Valdivieso fue brutalmente asesinado por los hermanos Rodrigo y Hernando Contreras, el 26 de febrero de 1550.

Posteriormente, en las épocas de la colonia española y de la lucha por la independencia nacional, así como durante la vida republicana y en especial, más recientemente, bajo las dictaduras somocista y sandinista, los sacerdotes católicos estuvieron al lado del pueblo no sólo en la promoción de la fe sino también en las aspiraciones y luchas por la libertad, la democracia y el progreso social. Eso sin perjuicio de que algunos sacerdotes por sus propias razones apoyaron a aquellos regímenes opresivos.

Con justificada razón la mayoría del pueblo de Nicaragua guarda en su memoria histórica, con respeto y veneración, a eminentes sacerdotes y obispos como Tomás Ruiz, José Antonio Lezcano, Isidro Oviedo y Reyes, Octavio José Calderón y Padilla, Carlos Sancti, Odorico de Andrea, etc., y venera en vida a quienes por el ejemplo de su existencia y obra son como verdaderos santos vivientes, tal es el caso, por ejemplo, del padre Santiago Anitua.

En la actualidad el ejercicio del sacerdocio se ha vuelto mucho más complejo y exigente. La vida, en todos sus ámbitos es ahora mucho más transparente que nunca antes, debido a los avances de la civilización, de la democracia y de la extraordinaria revolución mediática, de manera que la conducta de todos los servidores públicos, incluyendo a los eclesiásticos, se somete cada vez más al escrutinio social. En algunos casos, la tentación de la sensualidad hace caer a ciertos sacerdotes, muy pocos por cierto, pero que con una conducta personal desviada traicionan la Gracia de la Ordenación, como lo advierte Juan Pablo II en su Carta al Clero Universal con motivo del Jueves Santo que publicamos en esta misma edición de LA PRENSA. En otros casos, políticos sin escrúpulos tientan a sacerdotes con donaciones supuestamente caritativas, pero cuya real pretensión es tratar de comprar silencio ante la iniquidad de la corrupción.

Sin embargo, no es ocultando debilidades y defectos, aunque sean pocos e individuales, que se puede derrotar a tales tentaciones, sino denunciándolas y castigándolas, pues muy claro está dicho que “El Señor aborrece las ofrendas de los malvados, porque las ofrecen con malas intenciones” (Proverbios, 21:27); y: “Compórtense como hijos de la luz, cuyo fruto es la bondad, la rectitud y la verdad”. (Carta de San Pablo a los Efesios 5:8,14).

Hoy el pueblo nicaragüense lucha en condiciones muy desiguales contra la corrupción que se roba el pan de los pobres y la dignidad de la nación. Y en esta lucha el pueblo necesita imperiosamente la comprensión piadosa de su Iglesia y el respaldo expreso de sus sacerdotes.  

Editorial
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