La visita a Centroamérica, el domingo pasado (24 de marzo), del Presidente norteamericano George W. Bush, no terminó con la firma de nuevos acuerdos ni promesas de ayuda económica en forma de préstamos o donaciones, pero dejó un buen sabor y abrió una ventana de esperanza para la región.
En realidad, no era necesario que Bush hiciera nuevos compromisos de ayuda, después de que en la reciente Cumbre de Monterrey para el financiamiento del desarrollo —en la que participó el Presidente Enrique Bolaños— Estados Unidos anunció un aumento de $5,000 millones en la ayuda exterior global en los próximos tres años, lo que significa un aumento del 50 por ciento de toda la cooperación norteamericana para los países pobres. Y lo que es muy importante para Nicaragua, cuyo gobierno y sociedad están comprometidos en una lucha a fondo contra la corrupción que se roba los recursos que deberían destinarse a aliviar la pobreza e impulsar el desarrollo, en la Cumbre de Monterrey el Presidente Bush condicionó la ayuda a la transparencia gubernamental y declaró que si los países que reciben la cooperación norteamericana demuestran que no se roban o despilfarran las donaciones con políticas económicas insostenibles, Washington aumentará su cooperación en el 2006.
De modo que el tema que dominó las reuniones del Presidente Bush con los mandatarios centroamericanos fue el de un posible tratado de libre comercio (TLC), que sería la mejor ayuda que pudiera darle el rico país del norte a las naciones del área, siempre y cuando el TLC signifique un acceso más libre al mercado estadounidense de los productos centroamericanos, y no sólo de los que hoy se exportan a aquel país, sino de los que pudieran producirse en el futuro.
La primera vez que Bush mencionó la posibilidad del TLC fue en un discurso que pronunció en enero pasado en la sede de la OEA en Washington. La idea fue bien recibida en Centroamérica, donde cada vez hay una más clara comprensión de que el libre comercio es el único camino que conduce al desarrollo y al triunfo sobre la pobreza.
Mientras Bush se reunía con los presidentes centroamericanos, el Subsecretario de Estado para asuntos interamericanos, Otto Reich, presentaba a los ministros de Economía regionales una lista de temas que habrá que tratar para poder avanzar en las negociaciones. Son temas que tienen que ver con el fortalecimiento del imperio de la ley, la gobernabilidad, la resolución de conflictos fronterizos, el mejoramiento de la infraestructura regional, un cuerpo de leyes favorables a la inversión, y mayor seguridad jurídica.
Aunque el TLC propuesto es entre dos partes —Centroamérica y Estados Unidos— Bush dejó entrever la posibilidad de que un país por separado pudiera “acelerar el ingresar en un acuerdo de libre comercio”… si ese país cumple rápidamente con ciertas condiciones referente al estado de derecho y a la propiedad privada. El comentario de Bush se produjo después de que el presidente salvadoreño, Francisco Flores, demandó que El Salvador no debería ir al mismo ritmo de los países lentos.
Es obvio que Flores hizo tal petición consciente de que su país se está moviendo rápidamente en la dirección correcta, pero algunos presidentes y ministros de Economía se incomodaron con el comentario de Bush, e insistieron en que las negociaciones deben ser globales, entre Centroamérica y Estados Unidos. Sin embargo, lo dicho por el presidente estadounidense no debería incomodar a nadie, sino más bien tomarse como un reto y una oportunidad, pues, en todo caso, no sería justo que los países que no se preocupen por poner su casa en orden pretendan recibir el mismo trato que los que sí lo hagan.
El TLC brinda a Centroamérica la oportunidad de insertarse en el mundo globalizado y de mejorar las condiciones de vida de su gente. Los gobernantes centroamericanos deben ponerse a la altura de las circunstancias para que las negociaciones no sufran retrasos por su culpa. Pero también el Congreso estadounidense debe entender que lo que los centroamericanos desean es una oportunidad para ser más productivos, y que para eso es necesario que se abran las puertas del mercado norteamericano. Ambas partes —Centroamérica y EE.UU.— tienen mucho que ganar… o que perder.