Pacto de Sapoá y hombres de coraje

Luis Humberto Guzmá[email protected]

A los firmantes del pacto de Sapoá

El mal que hacen los hombres
perdura sobre su memoria.
Frecuentemente el bien
queda sepultado junto con sus huesos.
Shakespeare

Nuestra práctica histórica en Nicaragua ha sido amnésica o de recuerdos exagerados. Al juzgar los acontecimientos políticos y la actuación de las personas lo hacemos con un exceso de pasión y esto nos lleva a venerar a unos como santos y a condenar a otros como demonios.

Esta actitud oscilante y maniquea nos ha conducido a negar nuestro pasado, tradicionalmente hemos desconocido lo que ocurrió en nuestra historia, inventando la rueda cada cierto tiempo. Hemos creído en la perfección sea en la bondad o en la maldad, hemos vivido la historia en compartimentos y no como procesos.

La negación del pasado nos ha conducido a la descalificación inapelable o al elogio ditirámbico. Los conflictos entre la clase política han sido feroces. Hemos sido implacables con nosotros mismos y al denigrarnos hemos socavado la legitimidad de la política y alimentado el escepticismo y la desconfianza de los ciudadanos.

No se puede fabricar la historia a la medida de cada quien. Sobre los errores de las personas persiste la buena fe de sus actos. Las diferencias ideológicas o políticas no pueden llevarnos a negar el reconocimiento que merecen algunos hombres.

EL PACTO DE SAPOÁ

Mediante el pacto de Sapoá, se puso fin a la guerra civil que sufrió Nicaragua durante los años 80. Es cierto que Sapoá forma parte de un proceso extenso, doloroso y complicado, no es un acto único aislado. Estuvo antecedido del acuerdo de Esquipulas y de varios intentos durante el año de 1987 por reunir a los líderes de la Resistencia y el Gobierno de Nicaragua en derredor de una mesa de negociaciones.

El clima de hostilidad entre la Resistencia y el Gobierno Sandinista era tan virulento que hasta Sapoá nunca antes aceptaron conversar directamente, sino sólo a través de intermediarios. Según el testimonio del Cardenal Miguel Obando y Bravo no estaban dispuestos a respirar el mismo aire. Sin embargo a pesar de un clima extremadamente hostil en Sapoá se firmó un acuerdo mediante el cual se convino en cesar las operaciones militares en todo el territorio nacional, concentrar en zonas de seguridad a las fuerzas de la Resistencia, el Gobierno de Nicaragua se comprometió a decretar una amnistía general a favor de los procesados y condenados por violaciones a la ley de mantenimiento del orden y la seguridad pública y a los miembros de la Guardia Nacional.

Los líderes del Gobierno de Nicaragua y de la Resistencia iniciaron su reunión el 21 de marzo y la concluyeron hasta el día 23 del mismo mes. El ambiente para firmar un pacto de esta naturaleza era bastante complicado. De un lado había señales de que las dos partes beligerantes habrían perdido el respaldo del Gobierno de Estados Unidos y de la URSS respectivamente y que al carecer de medios estaban condenados a entenderse. Sin embargo hubo sectores que presionaron por continuar la guerra, ha eso hay que agregar la dinámica propia del conflicto, pues sólo once días antes del inicio de la reunión de Sapoá se produjo la operación Danto, que consistió en un ataque del Ejército Popular Sandinista contra el centro de operaciones de la Resistencia Nicaragüense ubicado dentro del territorio hondureño. Como reacción a esto el Ejército de Estados Unidos conjuntamente con el de Honduras desplegaron más de 3,000 efectivo en la frontera Honduro-Nicaragüense.

EL CORAJE EN POLÍTICA

A pesar de una dinámica belicista muy fuerte, se firmó el acuerdo de Sapoá, declarándose entonces un cese al fuego que simbolizó el fin de la guerra. El acuerdo fu firmado por Humberto Ortega como Ministro de Defensa, por el Directorio de la Resistencia Nicaragüense: Adolfo Calero Portocarrero, Alfredo César Aguirre y Arístides Anches Herdocia. Firmaron como testigos Su Eminencia Cardenal Miguel Obando y el Secretario General de la OEA, Joao Baena Suárez.

Por supuesto que el acuerdo no se debe solamente a esas personas, sino también a muchas otras, pero se debe reconocer el coraje personal de esos hombres que firmaron el pacto de Sapoá, en unos momentos en que para muchos era más popular seguir la guerra, se necesitaba más valor para ponerle fin al conflicto que para continuarlo.

Una nación no debe olvidar las demostraciones de coraje que sus líderes han traído a la vida pública. Es una decisión muy difícil desafiar la aprobación de los propios seguidores, rehusar en un determinado momento la popularidad y la aprobación de la opinión pública. Las sociedades han venerado siempre a aquellas personas que en una demostración de coraje han ofrecido su vida por una causa. Creo que también merecen veneración aquellas personas que han sobrevivido a sus demostraciones de coraje. A las personas, incluyendo a los políticos, hay que recordarlos, también, por las cosas buenas que han hecho en la vida.

El autor fue presidente de la Asamblea Nacional.  

Editorial
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