Héctor M. Cruz
En algún momento de la noche, un querido amigo leyó el mensaje de la camiseta que llevaba que decía: “La cultura de un pueblo es el alma de la patria” y me invitó a discutir al respecto. Presintiendo el rumbo que iba a tomar aquella conversación y saboreando de antemano los argumentos que estaban por producirse, comenzamos a disertar sobre el asunto hasta el fin de la velada.
Partiendo de una óptica marxista, mi amigo argumentaba que el concepto de cultura era uno basado en la idea del estado-nación, a su vez una fabricación de la clase dominante para adelantar sus intereses particulares. Invocar “la patria” “la cultura” y “lo nacional”, sólo servía para distraer a las masas de su explotación y mantenerlas sumidas en la pobreza. En tanto uno reconociera tales conceptos como válidos, no hacía más que legitimar “la patria” como instrumento de dominación, y por lo tanto postergar una coyuntura de cambio en la vida de los pobres.
Empecemos por definir cultura. De acuerdo a la definición utilizada por Álvarez Montalván en su libro Cultura política nicaragüense, la cultura es “un sistema coherente de valores, actitudes e instituciones que influencian la conducta individual y social, y otras dimensiones de la experiencia humana”. Pero. ¿qué “sistema coherente” es ése? ¿El del país? ¿El del estado? ¿El de la nación?.
El estado es una unidad política. La nación es una unidad cultural. Un país puede constituirse como estado-nación o como un estado multinacional. Japón, por ejemplo, es un estado-nación porque su jurisdicción política y territorial coincide con una población homogénea que comparte unas mismas instituciones, una misma historia, unos mismos valores, y un mismo marco de creencias religiosas y populares. La ex Unión Soviética, en cambio se consideraba un estado multinacional, porque una parte significativa de sus habitantes vivía conforme a diversos sistemas culturales, unidos sólo por el mismo sistema político.
En segundo lugar, si bien la idea de estado-nación se origina como proyecto hegemónico, en repetidas ocasiones el mismo concepto ha sido invocado por las clases medias y populares para adelantar sus intereses. Baste recordar dos casos familiares: la revolución cubana y la revolución popular sandinista. Aferrarse al desprestigio de conceptos “burgueses” es una enfermedad de la que históricamente ha padecido la izquierda, con raíz en un determinismo económico que se convirtió en dogma, y de ahí en religión.
Aferrarse al determinismo económico para elaborar un proyecto de justicia social es hacerle un des-servicio a tal fin, ya que la historia nos ha demostrado que los factores culturales tienen un alto potencial transformador en el desarrollo político y social de los pueblos. Ignorar esa realidad es insistir en caminar a media luz cuando se nos ofrece una lámpara.
Actualmente hay sectores de la izquierda que se han modernizado sin renunciar a su proyecto histórico; pero igualmente existen sectores ortodoxos que se mantienen fieles al mismo dogmatismo que contribuyó a la crisis internacional del socialismo en la década de los noventa. Depende de los primeros elaborar un proyecto educativo popular que ayude a divulgar respuestas democráticas a los retos de estos tiempos, y que a la vez contribuya a superar la herencia dogmática de la clásica fórmula marxista-leninista. Sólo de esta manera podrá la izquierda mantenerse como una fuerza política viable y efectiva en el siglo 21.
*Profesor de Ciencias Políticas Universidad Thomas More
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