Partido y nación

En cualquier parte del mundo, los partidos se constituyen para alcanzar el poder político. Esa es su razón de ser, y es una finalidad totalmente legítima. Cada partido considera que estando en el gobierno puede organizar la cosa pública de la manera más efectiva y eficiente posible para dar respuesta a los deseos e inquietudes de la ciudadanía. De ahí que en las campañas electorales cada partido trate de convencer a los electores de que es el que más les conviene.

Pero de eso, a pretender que lo que un partido propone es idéntico a lo que le conviene a la nación entera, es una invitación a caer en el más crudo y aberrante absolutismo. Y el Frente Sandinista, que cuando estuvo en el gobierno dio muestras claras de tener esas pretensiones, por lo visto las sigue teniendo ahora que intenta volver al poder por la vía electoral. La respuesta que el señor Tomás Borge le dio el martes recién pasado al entrevistador del programa “Porque Nicaragua nos importa” que se transmite en el Canal Ocho, confirma esas pretensiones. Dijo don Tomás: “Yo digo que lo que es conveniente para el Frente Sandinista es conveniente para la nación”. Y posteriormente reiteró su convicción diciendo que los intereses de la nación coinciden con los de su partido.

La afirmación del señor Borge es altamente preocupante porque refleja un pensamiento radicalmente absolutista que Nicaragua ya tuvo que sufrir en carne propia en un pasado no muy distante. Y es fácil comprobar que los resultados de esa mentalidad no fueron del todo buenos para la vasta mayoría de la población, aunque sin duda lo fueron para la élite o “nomenklatura” gobernante. En la década de los ochenta, cuando el Frente Sandinista estuvo en el poder, se vio que los intereses de ese partido no sólo resultaron no coincidentes con los de la nación, sino que fueron contrarios a los intereses de ella. Eso se refleja en el éxodo masivo de la población que se dio por razones ideológicas, y en el empobrecimiento que se generalizó a lo largo y ancho del país durante ese período.

Y es precisamente porque el Frente Sandinista en esa época estaba convencido —y por lo visto lo sigue estando— de que lo que ellos pensaban y hacían era lo único que le convenía a la nación entera, por lo que se dio la mayor represión a la libertad individual que se haya conocido en la historia de Nicaragua. No podía ser de otra manera, dado que por lógica, cualquiera que emitiera un pensamiento diferente al oficial, tenía, a juicio de ese partido, que estar “en contra” de los mejores intereses de la nación. La represión en todas sus diferentes manifestaciones era lo que tenía que seguir, como en efecto sucedió.

La confusión partido-Estado-Ejército que imperó en la era sandinista como consecuencia de esa mentalidad, ha sido lo que con algún éxito hemos dejado atrás en los últimos once años. Sin embargo, lo que se ha logrado puede revertirse si el sandinismo llegara a recuperar el poder. Uno de sus más connotados dirigentes, como lo es el señor Tomás Borge, así lo ha confirmado con la afirmación que hizo por televisión este martes pasado. Y cuando se está íntimamente convencido, como lo está él, de que los intereses del Frente Sandinista son coincidentes con los de la nación, lo único que puede esperarse de un retorno del FSLN al gobierno es una repetición de la represión que impuso en el pasado.

En las sociedades modernas que aspiran a prosperar y a vivir en libertad no hay cabida para pretensiones absolutistas. La libertad individual debe ser respetada por cualquier partido político que esté en el poder, algo que por lo visto el Frente Sandinista no es capaz de hacer. Dicho partido insiste en que las circunstancias han cambiado, y eso es cierto. Lo que parece que no ha cambiado son sus convicciones filosóficas e ideológicas, y mientras no las cambien continuará siendo un partido represivo y totalitario. Los intereses propios de cualquier partido, por su propia naturaleza, jamás pueden representar plenamente los intereses de una nación.  

Editorial
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