El poder de la disidencia

Josefina Vannini

Los resultados de la pasada pre-convención liberal no dejaron de sorprenderme. En primer lugar, porque pensaba que el dedazo prevalecería, y en segundo lugar, porque nunca creí que la selección de candidatos se efectuaría a través del voto secreto. ¡Enhorabuena!

Sin embargo creo que estos pequeños cambios, al igual que las elecciones generales en 1990, fueron producto de la presión externa que, en ambos casos, obligó a ceder poder a quienes lo ostentaban.

Siempre he sostenido que los que se quedaron en Nicaragua durante la época del sandinismo poco o nada hubieran conseguido si no hubiese existido la presión de la Resistencia Nicaragüense. Con esto no pretendo demeritar la lucha interna de quienes decidieron no partir.

En el caso del PLC, estos primeros cambios –determinantes para la democratización y depuración del partido–, seguramente no se hubieran efectuado sin un José Antonio Alvarado en la disidencia que de alguna manera fortaleció la lucha de quienes a lo interno trataron de impulsarlos.

Desde mucho tiempo atrás, todos los pronósticos indicaban que el dedazo volvería a funcionar. La seña era clara e inconfundible. A juicio y voluntad de Alemán, el próximo candidato a la presidencia por el Partido Liberal Constitucionalista sería quien él designara.

Los cálculos eran que las nuevas organizaciones como el MUN y el PLD serían eliminadas del juego por medio del sumiso Consejo Supremo Electoral; el Partido Resistencia Nicaragüense sería comprado; Camino Cristiano por unas migajas retornaría al PLC y los conservadores, asustados por los resultados de las pasadas elecciones municipales, se irían en carrera a formar una alianza con ellos. De esta manera se aseguraba seguir manejando los hilos del poder.

Sin embargo, el cuadro fue mal rayado y las cosas no salieron como estaban planeadas. Lo único que el PLC logró de su plan inicial fue que el MUN y el PLD no fueran inscritos como partidos (único sobre lo cual tenían control). El Partido Resistencia Nicaragüense ha demostrado ser un hueso duro de roer; Camino Cristiano todavía anda suelto; los conservadores se negaron a formar una alianza a menos que se reforme la Ley Electoral y además, los ideólogos de esta fracasada estrategia no tomaron en cuenta la amenaza que representaba José Antonio Alvarado, desde afuera del PLC, con posibles casillas a su disposición.

Estaba en el escenario la figura de alguien carismático y honesto, a quien se había perseguido para inhibirlo sin haberlo logrado, capaz de aglutinar toda la disidencia que se avecinaba.

El jueves anterior a la pre-convención de “El Chile”, a las 6:30 a.m., antes de comenzar el programa “Primera Hora”, dirigido por Joel Gutiérrez, apareció en la pantalla un cintillo en el cual se anunciaba que los invitados de ese día serían José Antonio Alvarado y José Rizo. Y, aunque el guión los tenía uno después del otro, todo parecía indicar que aparecerían juntos.

Unos minutos antes de iniciar el programa, José Rizo recibió una llamada del PLC convocándole a una reunión urgente del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) y se vio obligado a abandonar las instalaciones de Canal 2.

Obviamente la escisión que hubiera provocado una salida de Rizo del partido y la suposición de una alianza con José Antonio Alvarado significaba el acabóse para el PLC. Máxime cuando, unos días antes, Rizo había asegurado que el partido no aguantaría un segundo “chitoyazo”.

Lo que sucedió en esa reunión no se sabe; lo único que podemos deducir es que José Rizo entró por la puerta de la sala de conferencias con una carga de inhibiciones y salió poco tiempo después siendo un precandidato desinhibido. Los oscuros personajes del PLC que se habían esmerado en hacer campaña negra en contra de José, tuvieron que tragarse todo lo que habían dicho y hacer concesiones.

A juzgar por la forma en que se han manejado hasta ahora las cosas en ese partido, este cambio representa un triunfo. Ahora, queda por ver si la fórmula, que a mi manera de ver no es sumisa ni manipulable, conseguirá deshacerse de la chatarra y lograr que la próxima dirigencia del partido tenga la suficiente autoridad moral para recuperar la confianza de todos los liberales.

Esta gran responsabilidad recaerá sobre los convencionales cuando, en la Gran Convención, el próximo 28 de enero, tendrán –en bandeja de plata–, la oportunidad de exigir el voto secreto para escoger a los nuevos miembros del CEN y no permitir la imposición de personas que no sólo han manchado al liberalismo en general sino que le han ocasionado daños irreparables a toda la Nación.

* La autora es dirigente del PLD.  

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