¿Existen los desastres naturales?

Existe una marcada tendencia por parte de funcionarios, intelectuales y población en general por la utilización del término desastre natural como sinónimo de desastre. Si no, démosle un vistazo a los comunicados, libros, documentos oficiales y artículos, etc. Dicha manera de considerar a los desastres conlleva a una postura de pasividad y conformismo ante los mismos. Postura que poco contribuye a la generación de una cultura de prevención y mitigación de desastres.

No existen desastres naturales, lo que sí existen son desastres de origen natural y/o humano. Es posible que ello se origine por la confusión entre fenómenos naturales y desastres. No negándose con ello, que un fenómeno natural podría provocar un desastre, más no siempre es así. En la Laguna de Apoyo de Masaya hace unos 70 años aproximadamente (si no le falla la memoria al señor oriundo de la zona, que lo contó) tembló con fuerza. Sin embargo, en ese momento no fue un desastre.

En la naturaleza encontramos una serie de fenómenos naturales, tales como la lluvia, los sismos, huracanes, el viento, etc. No siendo un desastre en sí, la presencia de éstos. Los mismos se convierten en desastres cuando encuentran condiciones favorables que contribuyen a la generación de daños tangibles y no tangibles en poblaciones determinadas. En otras palabras, cuando desbordan las capacidades de respuesta de las comunidades. Curiosamente los más desposeídos son los que sufren con mayor rigor los efectos de los desastres. Véase los datos del Mitch, Volcán Casita y Masaya.

¿Qué hace que un fenómeno natural provoque cambios más allá de las capacidades de adaptación de las poblaciones afectadas?

Para ello se explicará un poco sobre las amenazas, la vulnerabilidad y el riesgo de desastre.

Las amenazas se refieren a la posibilidad de que ocurra un determinado evento, por ejemplo un temblor, huracán, maremoto, etc. El mismo puede ser alto o bajo.

Por vulnerabilidad se entiende el efecto que pudiera tener sobre el ser humano, los bienes material, etc., la ocurrencia del evento en un determinado tiempo y lugar. La vulnerabilidad nos permite explicar como en el caso de Masaya unas casas se cayeron y otras no. Unas eran más vulnerables que otras, aún cuando la magnitud del sismo fue de 5.4 en la escala de Richter. La vulnerabilidad puede dividirse en vulnerabilidad física, por ejemplo, el tipo de vivienda, el material con que está construida, el lugar, etc. La vulnerabilidad social se refiere entre otras cosas a la falta de organización, la posición que la comunidad tenga sobre los desastres, el nivel de escolaridad (no sabrán leer las instrucciones escritas sobre el qué hacer ante un evento), la pobreza, el conformismo, la apatía, etc.

Luego que relacionamos “amenaza y vulnerabilidad” tendremos lo que llamamos el riesgo al desastre. El cual está en dependencia de la vulnerabilidad y la amenaza. Véase aquí que el elemento de mayor peso en una situación de riesgo es la vulnerabilidad. Si esto es así, entonces podemos incidir de manera significativa en la reducción del riesgo de un tipo de amenaza, mediante la reducción de la vulnerabilidad. Lógicamente que sobre las amenazas también podemos incidir mediante la prevención e información sobre tiempo y dimensión de la amenaza. Dicha incidencia estaría entonces en dependencia del tipo de amenaza, los recursos económicos y materiales que disponga la sociedad para llevar a cabo obras de infraestructura, etc. Mientras que sobre la vulnerabilidad podemos incidir inclusive desde nuestra casa.

Partiendo entonces que los desastres no son naturales, está en nuestras manos, el desarrollar acciones que reduzcan al mínimo posible la vulnerabilidad, para minimizar hasta un límite aceptable, el efecto de los fenómenos naturales, tales como los sismos que se presentan en Nicaragua, desde antes de que usted y yo existiéramos.

Pedro Acevedo.  

Editorial
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