Coronar a un rey o elegir un presidente

Mañana es la elección presidencial de Venezuela en la que según todos los pronósticos se reelegirá el actual presidente Hugo Chávez, quien, como se sabe, fue electo por abrumadora mayoría en diciembre de 1998 y desde entonces gobierna con un estilo que sus opositores califican de autoritario, intolerante y demagógico.

El coronel Hugo Chávez, quien en 1992 encabezó un fallido golpe de Estado contra el entonces presidente social demócrata Carlos Andrés Pérez, está impulsando ahora mediante un mandato popular que espera renovar en la elección presidencial de mañana, lo que él llama la “revolución bolivariana”, que rechaza a las instituciones democráticas tradicionales y ante todo a los partidos políticos históricos, a los que acusa de extrema corrupción y de incapacidad absoluta para gobernar Venezuela.

La “revolución bolivariana” de Venezuela se parece en cierto modo a la revolución sandinista de Nicaragua en los años ochenta, como se asemeja también a otros procesos revolucionarios que hubo antes en América Latina, como el velasquismo en Perú, la Unidad Popular en Chile, el torrijismo en Panamá y la revolución granadina. Procesos revolucionarios que se derivaron de las mismas situaciones de corrupción, ingobernabilidad y crisis de las instituciones tradicionales, pero que resultaron un remedio peor que la enfermedad.

El caso de Venezuela demuestra que en América Latina la democracia no es todavía irreversible, que sigue latente y que se manifiesta en cuanto tiene oportunidad, la vieja y perversa tendencia latinoamericana a tratar de resolver los problemas sociales, y sobre todo los políticos, por medio de regímenes autoritarios o “presidencias imperiales”. Es decir, gobiernos electos popularmente pero autoritarios y, en algunos casos, inclusive absolutistas.

Un columnista del diario La Nación, de Buenos Aires, Argentina, Mariano Grondona, recordó al respecto en un reciente artículo la famosa expresión de Simón Bolívar, el héroe nacional venezolano y prócer hispanoamericano, de que “para combatir la anarquía necesitamos reyes con el nombre de presidentes”.

En tiempos de Bolívar, como se sabe, las recién proclamadas repúblicas de América Latina (incluida Nicaragua) no podían aún autogobernarse y fueron pasto de la anarquía provocada por las ambiciones de los personajes criollos que luchaban entre ellos por el control de los poderes políticos y económicos. Según algunos historiadores, mientras en América del Norte los ciudadanos y los líderes de la independencia se afanaron ante todo en proteger su libertad y poner límites al poder, en el sur y centro de América la preocupación esencial de la gente y de los caudillos criollos era limitar la libertad y reforzar el poder para combatir la anarquía.

Pero también en Norteamérica hubo la tendencia a sustituir la dominación monárquica y colonial europea con un gobierno nacional pero también autocrático y monárquico. A propósito de ello, una de las anécdotas más aleccionadoras es la del debate que sostuvo George Washington con algunos otros eminentes líderes de la independencia de Estados Unidos, quienes proponían que la dominación del rey Jorge III de Inglaterra fuera sustituida con el gobierno del rey George I de América. Pero Washington rechazó categóricamente semejante propuesta y estableció más bien el principio de que el gobernante de los Estados Unidos de América sería un ciudadano igual a los demás estadounidenses, con poderes limitados y controlados por otros poderes iguales, y a quien se le trataría simplemente como el “señor presidente”, sin las majaderías monárquicas de “excelentísimo” y otras cursilerías parecidas.

Eso fue lo que estableció la diferencia político-cultural de los Estados Unidos de Norteamérica con respecto a las repúblicas hispanoamericanas. O sea, que mientras en América del Norte prevalecieron las convicciones de padres de la patria genuinamente democráticos como George Washington y Thomas Jefferson, en América Central y del Sur predominaron las ideas bonapartistas de los caudillos libertadores, quienes sustituyeron al rey de España con una rara especie de reyezuelos criollos y fundaron las llamadas “repúblicas imperiales” latinoamericanas, que tan nefastas fueron –y en algunos lugares siguen siendo– desde la independencia hasta nuestros días.

Por eso es que alrededor de la elección de mañana en Venezuela se dice que no se va a elegir a un presidente, sino a coronar a un rey populista y plebeyo.   

Editorial
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