Mientras avanzamos en la cuenta regresiva hacia el eventual colapso de la dictadura familiar nicaragüense, conviene reflexionar sobre el modelo político que deberá sustituirla. Una alternativa digna de consideración es la que representa Javier Milei: un gobierno de derecha, libertario en lo económico y político, y conservador en sus valores y orientación moral.
Este modelo, promovido también por movimientos como Vox en España, busca maximizar la libertad y la iniciativa individual frente al poder del Estado. En lo económico, apuesta por el capitalismo de libre mercado, la mínima intervención estatal y la defensa de la propiedad privada. Parte de la convicción de que la libre empresa y la competencia son los mecanismos más eficaces para generar riqueza, estimular la innovación y elevar la productividad.
A diferencia de buena parte de la izquierda, que bajo la influencia del pensamiento marxista tiende a considerar al empresario una figura codiciosa y explotadora, la derecha lo ve como uno de los principales motores del desarrollo: un generador de empleos, inversiones e innovaciones. Por ello, propone reducir su carga tributaria y eliminar regulaciones y trámites burocráticos innecesarios que obstaculizan la creación y expansión de empresas.
La filosofía libertaria desconfía, ante todo, del Estado: ese «ogro filantrópico», como lo llamó Octavio Paz, que, bajo el pretexto de procurar el bienestar colectivo, pretende intervenir en todos los ámbitos de la vida económica y social. Cuestiona especialmente a las élites políticas y burocráticas que se arrogan el derecho de decidir cómo deben funcionar la sociedad y distribuirse los recursos. También advierte que una parte considerable de los impuestos recaudados termina sosteniendo burocracias desproporcionadas, en lugar de beneficiar directamente a los más necesitados. Además, una presión tributaria excesiva desincentiva la inversión y perjudica la creación de riqueza y empleos.
Estas convicciones explican por qué las corrientes libertarias y buena parte de la derecha favorecen un Estado pequeño, con atribuciones limitadas y claramente definidas. Su premisa es que todo poder tiende a expandirse y que, sin controles efectivos, termina amenazando las libertades ciudadanas. Como advirtió Lord Acton, el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente.
La derecha tampoco es indiferente a las necesidades sociales, como suelen afirmar sus adversarios. La diferencia radica en cómo propone combatir la pobreza: en lugar de privilegiar la redistribución de la riqueza existente, considera que la solución más sostenible consiste en crear nueva riqueza mediante la iniciativa privada, la inversión y el crecimiento económico. La experiencia de países que han experimentado políticas de derecha y de izquierda demuestra que en las primeras la pobreza ha retrocedido mientras en las segundas ha empeorado. Los experimentos socialistas autoritarios, en particular, han dejado un historial especialmente desastroso de empobrecimiento, ineficiencia y represión.
En materia social, esta derecha considera que la mejor forma de combatir la pobreza y promover la igualdad de oportunidades es ofrecer educación de calidad y facilitar el acceso al trabajo y al emprendimiento. Por eso cuestiona los subsidios permanentes y el asistencialismo que generan dependencia en lugar de fomentar la autonomía. Defiende también la responsabilidad individual y rechaza la tendencia a atribuir todos los fracasos personales a la sociedad, los ricos o el imperialismo. De esta visión se deriva una posición firme frente a la delincuencia y el desorden público. La ley y el orden son indispensables para garantizar la convivencia y proteger los derechos ciudadanos.
En el terreno de los valores, esta corriente adopta una posición marcadamente conservadora. Defiende la familia tradicional, el matrimonio monogámico, la fidelidad y la estabilidad familiar. Se opone a la filosofía woke, a las políticas de identidad y a determinadas concepciones contemporáneas sobre el género y la sexualidad. Rechaza asimismo el aborto y favorece la enseñanza de principios cristianos, reconociendo en la religión una fuente de valores morales, solidaridad y servicio a la comunidad.
En política internacional, se identifica con las democracias occidentales, especialmente Estados Unidos, y se opone a los regímenes autoritarios y totalitarios, particularmente a las dictaduras comunistas y a gobiernos como los de China, Rusia e Irán.
Nicaragua tiene la oportunidad de construir un futuro radicalmente distinto. Pero no basta con sustituir a quienes ejercen el poder: es indispensable transformar las ideas y estructuras que han hecho posible el autoritarismo, la corrupción y el empobrecimiento nacional. Nicaragua necesita líderes comprometidos con la libertad política y económica, el Estado de derecho y los valores conservadores. Ese es el modelo que merece ser debatido y considerado como alternativa para la Nicaragua del futuro.
El autor es sociólogo e historiador.