Hace ya casi ocho años pasé varios meses en un centro de detención migratorio en Texas. Nunca antes había sido privado de mi libertad. Los días se volvían iguales: la misma rutina, los mismos horarios, la misma espera. El reloj avanzaba, pero la incertidumbre hacía que cada jornada se sintiera larga. No sabía si me permitirían permanecer o si me devolverían. Había salido de Nicaragua para proteger mi integridad física después de las protestas de 2018, cuando el régimen sandinista respondió con una represión que el mundo apenas empezaba a dimensionar. No viajé con documentos regulares; me sometí al proceso que enfrentaron miles de compatriotas. La persecución que me obligó a salir era directa: por haber participado en la insurrección cívica. Mi oposición al régimen no comenzó en 2018; venía de antes. Pero fue a partir de entonces, con la respuesta violenta del poder, cuando esa postura me llevó al exilio.
En esas semanas y meses las noticias que alcanzábamos a ver en las cadenas hispanas porque en los centros se permite la televisión mostraban un país que se desangraba. La impotencia pesaba. Si me regresaban, lo más probable era que me esperara la cárcel o algo peor. En el encierro los pensamientos se vuelven densos. Se piensa en la familia de la que no se sabe nada, en lo que estará ocurriendo en las calles que uno dejó y en la libertad que de pronto parece lejana. Se anhelan las cosas cotidianas de una vida en libertad: caminar sin miedo, hablar sin calcular cada palabra, reunirse con otros, trabajar y dormir con la certeza de que el día siguiente no traerá persecución arbitraria o ser llevado por la fuerza.
Dentro de lo que permiten los reglamentos en los centros de detención migratoria, horarios de patio, llamadas limitadas, acceso a televisión, cultos religiosos y la posibilidad de leer y escribir, trataba de sostener la mente. En esa rutina diaria, durante meses, escribía lo que pensaba. De aquellas noches salió un texto breve, casi un poema, que aún conservo y del que resumo aquí algunas frases. Decía que Nicaragua era “la tierra cautiva por la tiranía que obliga a nuestros mártires a sentir dolor al respirar y teñir de sangre nuestros sueños de libertad”. Hablaba de los caídos de abril, del “despiadado autócrata” que reprime los sueños de emancipación de quienes están secuestrados en las celdas del régimen, y de que no nos habíamos rendido. El camino, escribí entonces, se llama persistencia, firmeza y valor. “Viva Nicaragua en pro de libertad”. Aquellas líneas no eran un lamento: recogían lo que quería para mi país y lo que sigo manteniendo. En este relato las extiendo, porque lo escrito en aquella celda sigue siendo el núcleo de lo que pienso hoy.
Cada persona detenida en Migración, al igual que cada exiliado político, carga una historia propia. Algunas son más duras, más visibles o más trágicas que otras, pero todas tienen el mismo origen: la dictadura sandinista. El régimen es el que obliga a salir, el que persigue, el que llena las cárceles y el que convierte el exilio en la única salida posible para muchos. En el encierro se piensa con más intensidad en eso. Se mide el costo de haber hablado, de haber salido a la calle, de no haber callado. Y se descubre que lo que se anhela no es extraordinario: es lo cotidiano que el régimen convirtió en un derecho negado.
Aquella detención fue, en cierto sentido, una escuela. Me hizo apreciar la libertad con una intensidad que solo se entiende cuando se siente amenazada y me obligó a fortalecer la paciencia, la claridad sobre lo esencial y la capacidad de sostener un propósito cuando todo parece detenido. Esa prueba me ayudó a afrontar mejor el exilio. Salí de aquel centro meses después, más forjado y con una determinación que no tenía al entrar. Dentro, el tiempo se estira de manera extraña: los días parecen interminables, las noches se alargan, la espera no tiene fecha. Afuera, en cambio, el tiempo se va rápido, el calendario avanza, la dictadura continúa y la posibilidad de regresar se aleja mientras uno sigue aquí, consciente de que esta estadía responde a circunstancias que no elegimos y que ojalá no se prolonguen indefinidamente.
A los aproximados 8 años después de haber salido de Nicaragua, el regreso que entonces imaginaba más cercano aún no ha ocurrido. El peligro de volver sigue siendo el mismo o mayor, tanto para mí como para cualquier opositor al régimen. Quien haya participado de forma visible en la resistencia cívica, o quien simplemente haya expresado desacuerdo, enfrenta el riesgo real de ser secuestrado, encarcelado o sometido a represalias dentro del territorio, que la brutalidad en las mazmorras del régimen no se comparan a una detención migratoria donde se protegen en cierta forma los derechos. Hoy, con las recientes detenciones que vuelven a llenar las noticias, esa realidad se confirma una vez más. Por eso muchos de nosotros seguimos activos, desde donde nos encontramos, en la búsqueda de la democracia que anhelamos.
Lo que no ha cambiado es el propósito. La carta y los pensamientos que tuve en aquella rutina diaria siguen vigentes. Otros opositores han vuelto a ser secuestrados por el régimen. Cada vez que eso ocurre, regreso mentalmente a aquellas noches en Texas y a las líneas que escribí. La claridad de entonces permanece: sostener qué tipo de país merece la pena reconstruir. Una Nicaragua donde el poder esté limitado y dividido entre poderes independientes que se controlen entre sí, no concentrado en un solo hombre o en un partido. Donde las instituciones, cortes, Congreso, fuerzas de seguridad sirvan a los ciudadanos y no al revés, y donde las leyes se apliquen por igual a todos. Donde la vida, la libertad y la propiedad privada estén protegidas de forma efectiva. Donde el trabajo, el emprendimiento y la iniciativa individual no estén asfixiados por un Estado que se cree dueño de todo. Donde la palabra no sea delito y donde quien destruyó el país con violencia, corrupción y mentira no pueda volver a sentarse a la mesa como si nada hubiera pasado.
Eso es lo que quiero para Nicaragua: un sistema democrático con poderes limitados, instituciones independientes, justicia real y protección efectiva de los derechos individuales, distinto al que hoy existe. No es un sueño abstracto ni una consigna. Es la decisión cotidiana de no perder de vista la Nicaragua libre y republicana que visualizamos entonces y que sigue siendo posible. Persistencia, firmeza y valor no son palabras para la carta de una celda: son la disposición de convertir lo pensado en realidad. Porque lo escrito en el encierro no puede quedar solo en el papel, ni la experiencia dura puede servir únicamente para forjar determinación personal. Hay que hacerla realidad. Mientras tanto, aquí, en esta estadía que desde el primer día supe temporal, sostengo esa certeza: lo que se propuso en el encierro sigue siendo la meta que merece construirse.
Este relato no busca victimizar. Busca recordar que lo pensado y escrito entonces permanece como brújula en el contexto actual, donde la represión continúa y la necesidad de reconstruir un país distinto se hace más urgente.
El autor es exiliado político. Directivo de Organización de Nicaragüenses en el Exilio.