Me siento muy feliz con el retorno a Venezuela de María Corina Machado, una ciudadana ejemplar que muchos admiramos y a quien se ajusta perfectamente esta frase del Libertador sobre las mujeres: “Más sublimes vosotras en vuestro generoso patriotismo, habéis empuñado la lanza; os habéis colocado en las filas y pedís morir por la patria”.
El recibimiento que le dio el pueblo fue más que merecido. Miles de personas la esperaron con gritos de ¡libertad! La mejor protección que podía esperar era esa confianza y la renacida esperanza popular de que el cambio estaba a las puertas.
La obra de vida de esta señora es admirable. Su disposición de entregarlo todo en el altar de la patria es conmovedora; ha sido la inspiración del pueblo venezolano por su tenacidad y disposición de correr los riesgos que fuesen necesarios. Es el ejemplo que Caracas dio, al que alude el himno nacional de los venezolanos.
He comentado en más de una ocasión que el periodista venezolano y amigo entrañable, Alexis Ortiz, dijo durante una conferencia —en ese momento ella estaba siendo perseguida por Hugo Chávez—: “María Corina será la presidenta de todos los venezolanos por elección popular en algún momento de nuestro futuro”. Un pronóstico que no dudo se habrá de concretar, porque cada día esta señora se gana más el respeto y la admiración de todos.
Es de esperar que la presencia de María Corina en Venezuela —el calificativo de la «Dama de Hierro» le queda chico— acelere el proceso hacia la democracia. Su disposición a dialogar con la mandataria Delcy Rodríguez sobre la situación de la nación reafirma su histórica conducta de que, por su país, está dispuesta a hacer lo que sea necesario.
Por su parte, la señora Rodríguez, aliada de Nicolás Maduro, se ha referido al regreso de Machado con desdén al decir que podía haberse evitado el show de su llegada, a la vez que cuestiona su eventual participación en el diálogo que su régimen sostiene con la oposición al decir: “El diálogo es algo muy serio y que requiere mucha experiencia”, como si ella fuera una promotora del diálogo y el entendimiento, cuando en realidad se ha comportado todo el tiempo como la autócrata que es.
El discurso de la líder, contrario al de los enemigos de la democracia venezolana, no incita al odio ni a la venganza; elogia el amor a la familia, reclama vehementemente la reunificación del país, distingue a la ciudadanía que no cesa en el reclamo de que sean respetados sus derechos, está a favor del entendimiento sano, homenajea a los prisioneros políticos y promueve el retorno de los exiliados, particularmente de la juventud, la cantera que garantiza la supervivencia.
Estos dos últimos aspectos son a veces minimizados por los dirigentes políticos que luchan dentro de las fronteras de su país. Al parecer, la urgencia de la lucha los envuelve y creen que los prisioneros y el exilio están fuera del juego, un craso error.
El presidio es una fragua de conciencia. La mayoría de los prisioneros, cuando dejan la cárcel, son mejores ciudadanos, están más comprometidos con la causa y mejor preparados para enfrentar las demandas que se presenten. Por su parte, los exiliados —aquellos que soportan las tentaciones de una vida sin riesgos, que no son seducidos por un mullido colchón, que solo encuentran bellas las playas del destierro cuando les dicen adiós— evidencian un compromiso que ha superado numerosas tentaciones.
Tengo la certeza de que, bajo el liderazgo de María Corina Machado y la colaboración de sus seguidores, la patria de Simón Bolívar recuperará lo mejor de su pasado. Espero que vuelva a ser el país de tolerancia, entendimiento y debates públicos en el que los adversarios políticos terminaban sus discusiones bebiendo un café o algo más fuerte; un país donde la prosperidad gobierne y torne a ser la tierra dispuesta a recibir a todos, como fuera mi experiencia.
En Venezuela conocí refugiados de numerosos países, exilios motivados por causas diferentes, en ocasiones antagónicas. Éramos innumerables los musiú (persona extranjera, en el habla coloquial venezolana), pero nunca me sentí discriminado, aunque sostuve numerosas discusiones porque no faltaban nacionales y refugiados de otros países que defendían el castrismo como si fuera una panacea, hasta que llegó Hugo Chávez, entonces, se dieron cuenta de la gran estafa que habían defendido.
El autor es periodista cubano.
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