La derrota que salvaría a Trump de sí mismo

Tengo que confesar mi perplejidad analítica ante la necesidad de reajustar mis vaticinios sobre una pantera política tan polarizante como resiliente. En 2015 lo veía como un aventurero; en 2016, como el outsider que hizo añicos los pronósticos electorales; en 2018, como el pagador de servicios a una actriz porno; en 2020 y 2021, como el intransigente que deshonraba a la cosmópolis más vital del planeta. En 2024 tuve que reconocer en él a un sobreviviente político y, en 2025, a un transformador implacable, falto de tacto, pero dispuesto a desenterrar problemas que nadie se atrevía a afrontar.

La dificultad de escrutar a Trump se agrava tanto por su aparente desdén por las virtudes que ennoblecen el carácter y despiertan empatía como por el prejuicio, el tópico fácil y la ceguera ideológica de sus detractores. Hasta las plumas mejor pagadas de los grandes medios estadounidenses confunden sus estrategias de negociación con sus objetivos. Lo critican, por ejemplo, por conformarse con menos de lo prometido sobre Groenlandia, y se equivocan. Incluso si Estados Unidos ejerce una suerte de “cosoberanía”, el acuerdo suscrito con Dinamarca y Groenlandia en septiembre amplía sus prerrogativas militares, su influencia en la seguridad económica y el control de las inversiones extranjeras sensibles. No es un capricho, sino una cuestión de seguridad para todo Occidente. Y todo ello en un territorio tres veces y media más extenso que Ucrania, sin disparar un solo tiro.

Un liderazgo disruptivo exige una mirada que trascienda la antipatía que suscita su figura y examine la ambición histórica de sus apuestas. La reindustrialización, siquiera parcial, de Estados Unidos, junto con la guerra comercial y el control de minerales críticos y cadenas de suministro, constituye un frente estratégico vital para sostener su predominio frente a China. A ello se suma la defensa a ultranza del liderazgo tecnológico, un empeño que merece algo más que la descalificación sumaria de sus críticos. En América Latina, lo conseguido por Trump en tan poco tiempo resulta fulgurante, aunque lo de Venezuela luzca demasiado lento, lo de Cuba parezca estancado y su connivencia con dictadores como Daniel Ortega sea francamente reprochable. La notable caída de los homicidios que comienza a registrarse en varios países latinoamericanos en 2026 habrá que atribuirla a Trump, a su tozudez y sus políticas hacia la región. ¿No es eso extraordinario?

Pero el esfuerzo por comprenderlo tropieza con el hombre que parece rehén de su pasado y que protagoniza peligrosas desmesuras, como quien pretende devorar su propia sombra. Sus excesos migratorios desbordan la lucha contra la criminalidad y la legítima preocupación por la capacidad de asimilación del país, hasta degenerar en un chovinismo cultural que traiciona los ideales fundacionales de libertad y oportunidades. A ello se suma la incontinencia en los negocios de su familia y su círculo íntimo.

En Irán, impedir que el régimen se dote de armas nucleares y siga amenazando a otros países es un propósito legítimo y valiente. Pero los errores de una guerra en apariencia mal planificada y conducida están desvirtuando ese objetivo. A la vez, exigir a los aliados europeos más inversión en su defensa es más que razonable, pero quebrar su confianza y privar a Ucrania de capacidades militares y de inteligencia satelital que no pueden reemplazarse a corto plazo constituye, en cambio, un desafuero inadmisible. La aparente connivencia con Putin y el intento de humillar a Zelenski alimentan las sospechas de que el Kremlin posea información comprometedora sobre Trump relacionada con Jeffrey Epstein.

El problema trasciende el desgaste interno provocado por la insatisfacción con los aranceles y el encarecimiento de la gasolina y los fertilizantes, factores que han llevado su aprobación a un mínimo histórico del 31 por ciento en las últimas semanas. Lo que está en juego, en definitiva, es la recuperación de los contrapesos de una democracia cuyo presidente ha perdido el sentido de los límites del poder. Por eso, no bastaría con que los demócratas conquistaran la Cámara de Representantes; necesitarían también el Senado, donde hoy son minoría, con 47 escaños frente a los 53 republicanos. 

Hasta hace unos meses, una derrota de Trump parecía remota. Sin embargo, varios estados tradicionalmente republicanos —Nebraska, Misisipi, Carolina del Sur, Texas, Alaska, Iowa y Ohio—, donde Trump ganó en 2024 por márgenes de entre 11 y 23 puntos, han entrado en el mapa de las contiendas senatoriales más disputadas. La magnitud del posible viraje se aprecia incluso en Kansas, que no elige un senador demócrata desde hace 94 años, en tiempos de la Gran Depresión. Allí, pese a que Trump obtuvo más del 57 por ciento de los votos en 2024, los demócratas aspiran ahora a romper esa larga sequía. De los 35 escaños en juego en las elecciones del próximo 3 de noviembre, 22 están en manos republicanas. Los demócratas necesitan ganar cuatro escaños netos para alcanzar los 51 y recuperar la mayoría del Senado.

No se trata, sin embargo, de infligir una derrota aplastante a Trump que paralice el gobierno, sino de devolver al Congreso su papel protagónico y someter el poder al escrutinio debido. Algunas de sus políticas merecen sobrevivir, y eso será más factible si la fiscalización no degenera en una guerra de aniquilación política. No es que la derrota sea preferible, sino que, a veces, para salvar una obra, hay que poner límites a quien la encarna. 

El autor es analista político e internacional
@johnmario

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