El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el dictador nicaragüense Daniel Ortega. Foto: Archivo/LA PRENSA.

En una foto de archivo, el presidente Inácio Lula da Silva y el dictador Daniel Ortega.

Lula vuelve a la ONU con sus críticas contra Ortega, tras desaprobar reunión de cancilleres

“Nicaragua no va a resolver sus problemas impidiendo que la oposición dispute elecciones”, dijo Lula durante su intervención en la ONU, cuando faltan diez días para la reunión de cancilleres que él rechazó

El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva criticó este martes la decisión del dictador Daniel Ortega de impedir a opositores participar en procesos electorales. “Nicaragua no va a resolver sus problemas impidiendo que la oposición dispute elecciones”, expresó en su intervención en la 81ª Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que se lleva a cabo en Nueva York, Estados Unidos.

La declaración del mandatario brasileño se da 10 días antes de la fecha propuesta por el Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para que se lleve a cabo una reunión de cancilleres en la que los ministros decidirán el 2 de octubre qué acciones tomarán frente al régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Brasil se opuso abiertamente a esta sesión con una declaración escandalosa del embajador brasileño: «Todos somos a favor de los derechos humanos. Pero no queremos que ningún medicamento mate al paciente».

Lula, candidato a la reelección en su país en un intento de proyectarse como un líder mundial de la izquierda, criticó las «arremetidas neocoloniales», criticó la situación de Venezuela y también la de Nicaragua. Los comicios de Brasil están previstos para el 4 de octubre.

“La democracia está nuevamente en jaque. Volvimos a presenciar injerencia externa en procesos electorales. La división del mundo en zonas de influencia y las arremetidas neocoloniales por recursos estratégicos constituyen gestos anacrónicos. El pueblo venezolano merece definir su propio destino. Nicaragua no va a resolver sus problemas impidiendo que la oposición dispute elecciones”, expresó Lula.

El 19 de agosto, cuando la OEA decidió con 29 votos aprobar una reunión de ministros de Relaciones Exteriores, el embajador brasileño, Benoni Belli, dijo: “No es el momento adecuado para convocar a una reunión de cancilleres”. México, la otra gran potencia latinoamericana gobernada por una presidenta de izquierda, decidió abstenerse en otra posición que mereció amplias críticas a nivel internacional.

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El escritor y exvicepresidente de Nicaragua en los años ochenta, Sergio Ramírez, escribió el 25 de agosto una carta abierta a Lula, en que lo cuestionó en el diario El País por rechazar la reunión de cancilleres. “No le niegue usted a Nicaragua el derecho a elegir libremente”, pidió el escritor y Premio Cervantes.

Enfriamiento de las relaciones

Desde la brutal represión desencadenada por el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo contra los manifestantes en abril de 2018, las relaciones entre Brasil y Nicaragua se empezaron a enfriar y luego se redujeron al mínimo.

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Las embajadas funcionan a través de ministros consejeros. La dictadura expulsó el 8 de agosto de 2024 al embajador brasileño Breno de Souza Brasil Dias da Costa. El motivo fue no asistir a la celebración del 45 aniversario de la Revolución Sandinista.

En reciprocidad, el gobierno de Lula expulsó a la embajadora nicaragüense en Brasilia, Fulvia Patricia Castro, el 9 de agosto de 2024. “Este comportamiento (de Ortega) no lo acepto”, dijo Lula en una entrevista 20 días después del quiebre diplomático. A finales de ese mes, el dictador nicaragüense acusó al dirigente brasileño de ser un «arrastrado», en una cumbre de países de la iniciativa de la Alianza Bolivariana para las Américas (Alba) y de andar repitiendo el discurso de los yanquis.

«Si querés que te respete, respetame Lula. Si querés que te respete el pueblo bolivariano, respeta la victoria del presidente Nicolás Maduro y no andes ahí de arrastrado», le dijo Ortega, molesto por las críticas de Lula a los resultados electorales del fraude con el que Maduro se «reeligió«.

Entre las víctimas de la represión en Nicaragua, durante 2018, se encuentra la médica brasileña Raynéia Gabrielle Lima, quien fue atacada por un paramilitar en Managua. Su caso quedó en la impunidad.

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COMENTARIOS

  1. Hace 1 mes

    La izquierda se encuentra completamente desprestigiada, y no solamente por los ataques de sus adversarios, sino por su propia cobardía moral y sus contradicciones.

    Ahí tenemos a Luiz Inácio Lula da Silva, a Pedro Sánchez y a Claudia Sheinbaum: dirigentes que se proclaman democráticos, progresistas y defensores de los derechos humanos, pero que mantienen una inexplicable debilidad por la dictadura castrista de Cuba, hoy administrada por Miguel Díaz-Canel. No solo la alcahuetean políticamente; también torpedean cualquier intento serio de exigirle apertura democrática, elecciones libres y respeto por las libertades fundamentales.

    Unos le envían petróleo; otros, ayuda económica; y casi todos repiten el mismo libreto: que la miseria cubana es producto exclusivo del supuesto “bloqueo” estadounidense.

    Pero llamemos las cosas por su nombre. Estados Unidos mantiene un embargo económico y un sistema de sanciones contra el régimen cubano. Esas sanciones existen y tienen consecuencias. Sin embargo, Cuba no está sometida a un bloqueo naval ni está impedida de comerciar con México, España, China, Rusia, Canadá ni con el resto del mundo. Incluso puede adquirir determinados productos en Estados Unidos, especialmente alimentos y bienes humanitarios, aunque bajo restricciones financieras y condiciones de pago.

    Por lo tanto, resulta intelectualmente deshonesto atribuirle a Washington cada apagón, cada escasez, cada hospital destruido y cada fracaso acumulado durante más de seis décadas de economía centralizada.

    El verdadero bloqueo es también el que la propia dictadura cubana mantiene contra su pueblo: bloqueo a la libertad de expresión, a la iniciativa privada, a la organización política, a la prensa independiente y al derecho de los cubanos a escoger quién los gobierna.

    Las sanciones estadounidenses podrán agravar ciertos problemas, pero no obligan al régimen a encarcelar opositores. No lo obligan a prohibir partidos políticos. No lo obligan a perseguir periodistas, censurar internet ni golpear a quienes salen a protestar. Tampoco lo obligan a mantener un sistema de partido único ni a impedir que el pueblo cambie pacíficamente de gobierno.

    Esa misma maldita manía de entronizarse eternamente en el poder es la que Daniel Ortega y Rosario Murillo han reproducido en Nicaragua. Según ellos y sus serviles, no existe ningún otro nicaragüense con capacidad para gobernar el país. Solamente Ortega, Murillo y, eventualmente, algún miembro de su propia familia parecen haber recibido de la Providencia el derecho exclusivo de mandar sobre millones de ciudadanos.

    Y junto a ellos aparece la comparsa de serviles: militantes beneficiados por el régimen y miembros de los llamados partidos de “oposición” que participan en una farsa electoral, aceptan una diputación, cobran un salario y después se sientan disciplinadamente a levantar la mano para aprobar cuanto ordene el dictador.

    No son oposición. Son partidos zancudos: una utilería política destinada a fingir pluralismo donde ya no existe ninguna competencia verdadera.

    Lula comparece ante la ONU y declara que Nicaragua no resolverá sus problemas impidiendo que la oposición participe en elecciones. Muy bonito. Sin embargo, cuando llega el momento de respaldar acciones diplomáticas concretas, su gobierno se opone a una reunión de cancilleres de la OEA para discutir qué hacer frente a la dictadura.

    Condena a Ortega desde el podio, pero lo protege en la práctica.

    Claudia Sheinbaum y el Gobierno mexicano se escudan en la doctrina de la no intervención, como si la soberanía nacional autorizara a un régimen a encarcelar, desterrar, desnacionalizar y desaparecer ciudadanos. La no intervención fue concebida para proteger a los pueblos frente a las potencias extranjeras, no para garantizarles impunidad a los tiranos.

    Pedro Sánchez y buena parte del socialismo español también hablan constantemente de democracia y derechos humanos, pero frente a Cuba y a ciertas dictaduras latinoamericanas su firmeza se vuelve ambigüedad, prudencia selectiva y diálogo interminable.

    Esa es la tragedia de Nicaragua y también la tragedia moral de buena parte de la izquierda internacional: denuncia con energía los abusos de la derecha, pero busca excusas, atenuantes y explicaciones históricas cuando el opresor se declara socialista, revolucionario o antiimperialista.

    Yo no critico a la izquierda por ser izquierda. La critico precisamente porque ninguna izquierda digna puede colocarse del lado del carcelero contra el preso, del censor contra el periodista ni del dictador contra el pueblo.

    Los derechos humanos no tienen color político. Una dictadura no deja de ser dictadura porque se llame revolucionaria, levante el puño o cante La Internacional.

    Cuando una izquierda justifica la opresión para conservar una supuesta lealtad ideológica, deja de ser progresista. Se convierte sencillamente en alcahueta del poder y cómplice de la tiranía.

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