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Es difícil escapar hoy en día de la pulsión por vivir más años. Ya no se trata de alcanzar calidad de vida en la vejez gracias a los avances de la ciencia, sino de conseguir traspasar la barrera de los cien años en una carrera que parece aspirar a la vida eterna. No bastaba, al menos para los creyentes, con la creencia de que el paraíso aguarda después de la muerte. Lo que se quiere, más bien, es que ese Edén se materialice en una existencia terrenal sin fin.
El bombardeo es constante: los procedimientos antiedad, que van desde el frío bisturí a todo tipo de pociones inyectables en la cara para que esta se mantenga eternamente lozana, aunque sea por medio de una inescrutable rigidez o unos rellenos sospechosos. Eso sin contar la infinidad de complejos vitamínicos y otras píldoras misteriosas que prometen alargar la vida. Por supuesto, a este arsenal hay que añadir el milagroso Ozempic, unas inyecciones que, además de su probado beneficio para los diabéticos, inhiben el apetito y contribuyen a que lleguemos a centenarios con cinturas de avispa y rostro Ozempic, que es como si una vaca nos hubiera lamido hasta dejarnos con una expresión chupada. Es fácil detectar en una mesa quién no ha sucumbido al medicamento, pues el comensal que rebaña el plato se delata mientras los demás juguetean disimuladamente con una comida que solo pidieron para quedar bien con el disidente, quien, al final, se siente mal por glotón entre tanto asténico de los manjares.
Como la tendencia, detrás de la cual hay un negocio millonario, es la de seguir alimentando (de manera figurada) el apetito por quedarnos en este barrio sin dejar sitio para el relevo, la última moda es la de hacerse resonancias magnéticas de cuerpo entero con el objeto de atajar antes de tiempo cualquier mal agazapado, aunque no se presenten síntomas. También es verdad que son pocos los que pueden permitirse meterse en una de esas cámaras con ruidos inquietantes, a la vez que unas ondas de radiofrecuencia recorren el armazón en busca de cualquier señal que apunte a un bulto o una sombra; una semilla de lo que un día podría acontecer, como el botón de una flor que no ha brotado y de la que no sabemos si crecerá con espíritu maligno, o simplemente con voluntad inocua. Por su alto coste, son los celebrities, o la gente muy rica, los que son informados por sus doctores de la ventaja de adelantarse a los asaltos que a lo largo del tiempo puede padecer un organismo con fecha de caducidad. El mensaje es hacerle trampas al calendario del ciclo vital, siempre y cuando se disponga de un bolsillo lo bastante holgado para un juego tan caro.
Leo en un reportaje publicado en el New York Times que no hay ninguna evidencia fehaciente de que estas costosas resonancias magnéticas sirven de mucho para burlar afecciones que aún no son reales y que, tal vez, nunca lleguen a representar un verdadero peligro. En todo caso, los expertos piden prudencia ante el exceso de diagnósticos prematuros que pueden acabar en cirugías o tratamientos agresivos e innecesarios. Eso parece importarles poco a los influencers que promueven el aparato de tecnología punta a cambio de usarlos de manera gratuita. Son los mismos que hacen de las redes sociales un escaparate infinito de productos que “garantizan” una longevidad fotogénica.
No me malinterpreten. Soy la primera que sigue los protocolos establecidos por la medicina y el sentido común: revisiones anuales, los exámenes de turno de acuerdo a la edad y el sexo, las visitas al dentista, la cartilla de vacunación al día (el negacionismo forma parte de las conspiranoias que también circulan en el mundo digital), el ejercicio y una alimentación equilibrada. En resumen, el manual que nos acompaña en un viaje que tiene principio y fin, delineado por una trayectoria que esperamos y deseamos tenga la menor cantidad de tropiezos en lo afectivo y en lo físico. Ahora bien, ¿quisiera un mapa que apunte a los posibles accidentes que el cuerpo pudiera sufrir y dedicarme a poner parches antes de que las llantas presenten el primer clavo incrustado? A uno le tienen que sobrar el dinero y la ansiedad para adentrarse en el campo magnético que tanto atrae a los más pudientes y a los más hipocondriacos. A veces las dos cosas se juntan.
Son muchas las personas que le tienen un miedo grande a la idea de morir, lo cual es un temor inútil porque, más que un concepto, es un hecho inapelable. Hay quien quisiera llegar a la marca de los cien años haciéndole la competencia al retrato de Dorian Gray y con un cerebro a prueba del desgaste inevitable del disco duro. Me conformo con atravesar dignamente la mortalidad hasta la estación de salida. La otra alternativa es la que me quita el sueño. [©FIRMAS PRESS]
La autora (La Habana, 1960) es periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).
*Twitter: ginamontaner