Tengo un plan

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Lo ocurrido durante estas tres últimas semanas en el ámbito siempre maleable de la oposición política nicaragüense y del régimen monolítico que atenaza Nicaragua es de sumo interés, sin duda. No creo recordar otro momento, al menos hasta donde alcanza mi memoria del último lustro, en el que el debate de ideas sobre el futuro del país y su contenido formal se haya expuesto con tanta repercusión en los medios y haya ido tan de boca en boca de manera sostenida como tema principal sobre el que hablar. Y, de paso, desde el adefesio constitucional que se reformó en 2024, tampoco había habido movimientos tan significativos a nivel de la OEA y otros organismos internacionales para condenar esta deriva autoritaria tan acelerada.

Recordemos que, en el caso de la oposición, todo empieza con la difusión de un documento titulado “Nicaragua: Transición ordenada desde la dictadura hacia la democracia” por parte de una quincena de organizaciones. A lo largo de los días siguientes pudimos escuchar de viva voz a través de algunos de sus voceros el sentido de esta hoja de ruta, sometidos a las preguntas de los periodistas en el exilio que les instaban a responder al menos dos cuestiones cruciales: por qué el documento sólo incluía a organizaciones del espectro ideológico de centroderecha o conservador, y cómo iba a aplicarse un plan de transición si antes no hay un plan precedente para sacar a Daniel Ortega del poder.

No es un secreto para nadie la dificultad que conlleva aglutinar a fuerzas políticas de distinto signo para lograr objetivos comunes en Nicaragua: todos los intentos creados, desde la plataforma Monteverde hasta los llamados impetuosos de un sacerdote para cerrar filas a su alrededor, pasando por varias iniciativas y plataformas que han surgido con mayor o menor visibilidad, tienden a caer en el mismo pecado original, que no es otro que el de una historia nacional de 200 años y pico de independencia marcada por luchas intestinas, intervencionismo extranjero y un guerracivilismo atroz que no ha curado todavía sus heridas. La actual dictadura solo ha provocado la reverberación de esta línea de tiempo, con ecos del enfrentamiento fratricida entre bandos que ha empañado de sangre los dos últimos siglos y lo que llevamos del presente.

Pero hay un hecho para mí indiscutible desde la presentación del mencionado plan: durante los días inmediatamente posteriores, los voceros del régimen (comenzando por la irritante voz de la charlatana mayor) perdieron el control del relato y se vieron obligados a responder e intentar minimizar el alcance de ese documento, que ya se desparramaba por redes sociales y por cada medio independiente como la pólvora. Era hasta tragicómico escuchar el discurso diario de la llamada copresidenta: entre insultos y ofensas demostró que, cuando hay acciones bien enfocadas y con sentido, el nerviosismo cunde en el régimen y lo desequilibra por una breve temporada.

Imaginemos si en algún momento, más allá de presentar un plan de transición o cualquier otro programa estratégico, y sumando esfuerzos no desde un solo ámbito ideológico sino de una manera transversal, se consensuara una maniobra conjunta que tuviera impacto mediático y trascendencia emocional. La consecuencia sería doble: infundiría optimismo en el sufrido pueblo nicaragüense y socavaría algo más esa base tan endeble que aguanta lo que de puertas afuera parece un sistema invulnerable, pero que estos días se ha comprobado que se cimenta sobre una argamasa blandengue de miedo y de amenaza permanentes.

Ni ese plan era el primero ni será el último: ya habíamos leído antes propuestas muy sensatas sobre el tránsito de la dictadura a la democracia, y volvimos a tener otros planteamientos estos días a la zaga de aquél. Todos los aportes están armando un buen catálogo de la Nicaragua posible y del país que se pretende construir cuando se den las circunstancias adecuadas, aunque siempre puede haber quienes critiquen este ritmo creativo pensando que cada propuesta contradice otra y ninguna acaba siendo la buena, a la manera de Groucho Marx: tengo un plan, pero si no le gusta, tengo otros.

No creo que este sea el problema, en absoluto. Aunque sería deseable cierta comunión de intereses y tener una voz lo más articulada que se pueda, todo proyecto que no se pretenda definitivo y exclusivo invita siempre a la reflexión y al debate. Y provoca, como decía antes, que el discurso oficial se vaya trasladando hacia quienes van a construir la Nicaragua que viene, en detrimento de la cháchara insufrible de quienes la destruyen día a día a través de sus propios medios y altavoces. Tener mejor control de la opinión pública en tiempos de acceso libre a la información digital es uno de los aglutinantes que facilita el paso a otros objetivos mayores.

Y aquí llego a uno de los meollos del asunto, que ha sido motivo de controversia a raíz de la divulgación del plan. Partiendo de que toda proyección de sueños y ambiciones es positiva y de que hay que anticiparse a potenciales cambios de contexto, previsibles o no, también es lícito preguntarse cómo esas aspiraciones se van a poner en práctica en un tiempo delimitado. No se trata de determinar fechas imposibles de dilucidar, sino de establecer acciones intermedias que hagan viable el camino hacia el objetivo final, que no es otro (¡en todos los planes!) que instaurar un Estado democrático. Diría que todos tenemos más claro en qué consiste una asamblea constituyente o una junta de transición que el mecanismo de fuerzas y coaliciones para destronar a un dictador. El problema es que lo primero jamás será factible sin lo segundo.

Me recuerda todo esto, haciendo una acrobática pirueta, a lo vivido en Cataluña en 2017. Una parte nada desdeñable de la población exigió y decidió organizar un referéndum por la independencia de España de este territorio, acumulando jurisprudencia escrita y dictámenes legales que demostraban la capacidad de asumir este paso decisivo. Hasta se llegó a encargar la redacción de una constitución para el nuevo Estado catalán, con lo que ya todo parecía atado para iniciar el proceso transitorio en caso de ganar el plebiscito. Y aunque aquí la disputa se enmarcaba en un contexto democrático, parece que nadie vio venir lo evidente: la fuerza de la ley y del orden estatales, con implacable dureza, acabaron con el sueño y pospusieron sine die la quimera. La gestión del “mientras tanto” fracasó al situar en primer término el futuro promisorio que iba a venir y su ilusión contagiosa y no tener un plan realista para llegar a él.

En un escenario autoritario todo es muchísimo peor: no hay espacio para acciones atrevidas a lo interno del país que puedan poner en jaque al poder, porque simplemente uno se juega la vida. A la pregunta de cómo implementar un buen plan que es inaplicable hoy y aquí, y quién sabe si en muchos años, solo cabría una respuesta: hágase otro plan que explique el proceso para llegar al primero. Pero ese es justamente el documento que jamás deberá ser mostrado ni publicado, porque implicará tener que tomar decisiones meditadas, tejer redes, captar seguidores y seducir antagonistas, sumar tareas combinadas entre diferentes facciones, estrechar lazos transfronterizos, y un sinfín de maniobras que conforman la ruta verdadera hacia un nuevo paradigma político. Sin nada de esto no parece que las aspiraciones opositoras vayan a pasar del papel o de la pantalla.

Quien espere que, como la fruta madura, todo caiga por su propio peso, quedará aguardando por largo tiempo o hasta que el cuerpo aguante. Lo mismo para quienes contemplen una solución impuesta desde el extranjero, que siempre es incompleta y divisiva. Pero quien espere que le presenten el plan definitivo que provoque el desmoronamiento de un régimen despótico, también quedará frustrado: ese plan, si es que existe algún día, solo lo conocerá usted porque participa en él o porque ya se está implementando ahora mismo. Y esa es la posibilidad siempre creíble que quita el sueño a los dictadores y que les hace dormir cada noche con un ojo abierto: augurar que alguien ya está trabajando para pasar de la teoría a la acción, y que ese alguien (que no es uno solo sino miles) quizá está más cerca de su cama de lo que podría nunca imaginar.

El autor es cooperante español en Centroamérica.

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