El rol del Ejército

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En su información sobre la celebración del 47 aniversario del Ejército de Nicaragua este miércoles 2 de septiembre, LA PRENSA, al mencionar el ascenso del coronel Jimmy Alfredo Guevara al grado de general de brigada, llamó la atención sobre “el envejecimiento de la cúpula militar”.

“El nombramiento de Guevara se convierte en el más reciente cambio en una cúpula militar, en la que no cambia nada. Se trata de un estamento cada vez más envejecido y subordinado a los dictadores”, dice la nota informativa de LA PRENSA sobre la celebración del nuevo aniversario del Ejército que fue presidida por los también provectos codictadores, Ortega y Murillo.

En realidad, todos los mandos militares envejecen, en cualquier parte del mundo. Del mismo modo que se avejentan todas las personas, no solo las que figuran al frente de instituciones públicas y organizaciones sociales.

Es por eso también que todos los ejércitos tienen procedimientos de retiro y mecanismos de renovación regular, que los protege de la decrepitud de sus mandos y garantiza su constante revigorización. De manera que en todas partes los altos mandos militares tienen períodos determinados para el ejercicio de sus cargos, al cabo de los cuales deben irse a retiro.

Además, la renovación periódica de los altos mandos militares sirve para prevenir que una sola persona acumule demasiado poder e influencia dentro de la institución militar. También fortalece la educación de los militares en el principio de obediencia al poder civil y a las leyes del Estado. Y da la oportunidad de que nuevos líderes actualizados asuman los mandos para enfrentar los nuevos retos que se le plantean al estamento militar.

Pero el problema del envejecimiento de los altos mandos del Ejército de Nicaragua se debe a que la dictadura eliminó el procedimiento de su renovación periódica, impidiendo el ascenso de nuevos oficiales, jóvenes o menos viejos, pero debidamente preparados y actualizados.

Los dictadores, en su afán enfermizo de perpetuación en el poder, rompieron el proceso regular de renovación y fortalecimiento del alto mando militar, con el propósito de unirlo a su misma suerte. Ese proceso comenzó con el gobierno democrático de doña Violeta Barrios de Chamorro y se desarrolló exitosamente durante los dos gobiernos siguientes, también democráticos. Hasta que Ortega recuperó el poder y detuvo el proceso de la saludable renovación periódica de los altos mandos militares.

Ahora bien, al hablar del rol del Ejército no nos referimos solo al que desempeña actualmente, al que desempeñó en los años de la democracia, de 1990 a 2006, y al de los años siguientes, después de que Daniel Ortega recuperó el poder y comenzó a restaurar la dictadura sandinista.

Nos referimos al rol que el Ejército podría y debería desempeñar ahora mismo. En los informes del Grupo de Expertos en Derechos Humanos de la ONU sobre Nicaragua (GHREN) se presentan evidencias de que durante la sangrienta represión de la dictadura de Ortega contra los ciudadanos, en 2018, algunas estructuras y personas del Ejército proporcionaron información de inteligencia, armas letales y personal encubierto que cooperó con la Policía y las bandas parapoliciales.

Sin embargo, como institución el Ejército se cuidó de no involucrarse abierta y directamente en la gran represión. Inclusive, la cúpula militar se pronunció por una solución pacífica de la crisis, aunque después se sometió a los designios de los dictadores.

Lo cierto es que si en abril de 2018 el Ejército se hubiera puesto al lado del pueblo la dictadura habría llegado a su fin. El Ejército cometió en aquella ocasión un error histórico, pero ahora podría rectificarlo y ser un factor determinante para que se produzca el cambio político que conduzca a la restauración de la democracia.

La democracia le conviene mucho también al Ejército, pues además de recuperar la dinámica normal de su renovación interna recuperaría también su honrosa función institucional apolítica y profesional, su prestigio moral en la sociedad y el respeto sincero de los ciudadanos.

Al parecer así lo advierten los partidos y movimientos opositores democráticos de centroderecha, que en el Plan de Transición Ordenada a la Democracia que presentaron recientemente no plantean eliminar el Ejercito, como los radicales, sino depurarlo y reestructurarlo, nombrando “una nueva Jefatura Militar”.

Eso es lo correcto. Pero, además, la recuperación de la libertad y de la democracia es una tarea titánica que no solo le debe corresponder a los opositores democráticos civiles. También debe de ser una responsabilidad del Ejército, que así, repetimos, recuperaría su dignidad e institucionalidad. Su rol de defensor de la soberanía nacional y la integridad territorial del país, pero también de la libertad, la democracia y los derechos humanos de todos los nicaragüenses.

A algunos les podría parecer algo iluso esperar eso del Ejército. Pero en política y el curso de los procesos históricos todo puede pasar, hasta lo que parecía imposible antes de que ocurriera.

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