Lo que ha cambiado en América Latina

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Durante buena parte de la última década, América Latina pareció caminar en una dirección política bastante definida. Después del desgaste de los gobiernos conservadores y de las crisis sociales que atravesaron varios países, una nueva ola de gobiernos de izquierda comenzó a ocupar el poder.

Sin embargo, algo ha cambiado. El mapa político latinoamericano vuelve a moverse y, esta vez, lo hace hacia la derecha. Javier Milei en Argentina abrió una etapa que posteriormente encontraron terreno fértil figuras, como Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile y, más recientemente, Abelardo de la Espriella en Colombia. No estamos simplemente ante una sucesión de elecciones: estamos frente a un fenómeno político regional.

La victoria de Milei fue, en muchos sentidos, un punto de inflexión. Su discurso rompió con buena parte del lenguaje tradicional de la política latinoamericana y convirtió el hartazgo económico, la crítica al Estado y el rechazo a la clase política tradicional en una poderosa herramienta electoral. Su llegada al poder demostró que existía un electorado dispuesto no solamente a cambiar de partido, sino a cuestionar las reglas mismas con las que se había construido el debate político. El fenómeno argentino comenzó a ser observado con atención desde el resto del continente.

Después llegaron otros ejemplos, aunque cada uno con características propias. Daniel Noboa consiguió la reelección en Ecuador en 2025 con más del 55 por ciento de los votos, mientras que José Antonio Kast asumió la Presidencia de Chile en marzo de 2026, después de imponerse en una elección que confirmó el desplazamiento político del país hacia la derecha. En Colombia, Abelardo de la Espriella acaba de convertirse en presidente después de una elección extraordinariamente estrecha, sucediendo a Gustavo Petro

La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿está América Latina despertando? Probablemente la respuesta sea más compleja que un simple sí. América Latina no se ha convertido de repente en un continente de derechas. Lo que parece estar ocurriendo es algo más profundo: una parte importante del electorado ha comenzado a castigar a quienes considera responsables de sus frustraciones y a buscar alternativas políticas capaces de ofrecer respuestas concretas a problemas que durante años fueron relegados a un segundo plano.

Seguridad, empleo, inflación, migración, corrupción, crimen organizado y deterioro institucional han adquirido una importancia enorme. El ciudadano latinoamericano promedio ya no quiere escuchar únicamente grandes discursos sobre transformación social; quiere saber si podrá caminar tranquilamente por su barrio, conseguir un empleo, pagar sus facturas y confiar en las instituciones. Y ahí la derecha ha encontrado una oportunidad extraordinaria.

Pero también sería un error explicar este fenómeno únicamente por el éxito de la derecha. Existe, al mismo tiempo, un desgaste de las izquierdas latinoamericanas. Algunos gobiernos y dirigentes vinculados a la izquierda han enfrentado investigaciones, escándalos, cuestionamientos por corrupción o controversias relacionadas con sus vínculos políticos y personales. El caso del expresidente colombiano Gustavo Petro y las investigaciones y controversias que rodearon a su administración son un ejemplo de cómo estos episodios pueden terminar afectando la credibilidad de todo un proyecto político, incluso cuando las responsabilidades concretas deban determinarse individualmente y por las instituciones correspondientes.

México tampoco ha quedado fuera de esta discusión. El gobierno de Claudia Sheinbaum representa la continuidad de un proyecto político de izquierda, pero enfrenta un continente cada vez más dividido ideológicamente. Lo interesante no es solamente quién gobierna, sino la creciente dificultad para construir espacios de diálogo entre posiciones políticas enfrentadas.

Y aquí aparece quizá el elemento más preocupante de este nuevo ciclo: la polarización.

El problema no es que la derecha gane elecciones. Tampoco lo sería que la izquierda volviera a ganar mañana. La democracia consiste precisamente en aceptar que el poder cambia de manos. El verdadero peligro aparece cuando una sociedad comienza a considerar que el adversario político no es un ciudadano que piensa diferente, sino un enemigo que debe ser derrotado a cualquier precio.

La juventud latinoamericana está especialmente expuesta a esta dinámica. Nunca habíamos vivido una época en la que un joven pudiera recibir, durante horas, mensajes políticos diseñados específicamente para confirmar sus propias ideas. Las redes sociales han convertido la política en una batalla permanente de identidades. Ya no se discuten únicamente propuestas: se defienden tribus. Se comparte contenido que confirma nuestras convicciones y se desprecia automáticamente aquello que las contradice.

Quizá por eso Milei, Bukele, Kast o De la Espriella generan reacciones tan intensas. Para unos representan la posibilidad de recuperar el orden, la libertad económica y la autoridad del Estado. Para otros representan una amenaza para derechos, instituciones o equilibrios democráticos. En ambos casos existe un problema cuando dejamos de analizar y comenzamos simplemente a idolatrar o demonizar.

La llegada de Donald Trump nuevamente a la Casa Blanca también ha cambiado el contexto internacional. La administración estadounidense ha mostrado mayor cercanía política con determinados gobiernos y dirigentes latinoamericanos, mientras que varios líderes de la nueva derecha regional han encontrado en Washington un interlocutor ideológicamente más próximo. Ese respaldo internacional puede fortalecer determinadas candidaturas y gobiernos, pero no debería confundirse con la verdadera razón por la que un ciudadano deposita su voto en una urna

Lo ocurrido con Nasry Asfura en Honduras y el respaldo que en determinados momentos recibió desde sectores políticos estadounidenses demuestra, además, que la política latinoamericana ya no puede entenderse únicamente dentro de las fronteras nacionales. Las alianzas ideológicas atraviesan el continente y comienzan a configurar una nueva arquitectura política regional.

Pero sería peligroso pensar que esta ola de derecha constituye el final de la izquierda. La historia latinoamericana demuestra precisamente lo contrario. Nuestra región ha vivido ciclos políticos: gobiernos militares, democracias liberales, izquierdas revolucionarias, socialdemocracias, populismos y nuevas derechas. Ninguna corriente ha conseguido monopolizar permanentemente el poder.

Por eso, quizá la verdadera transformación no sea que América Latina se haya hecho de derechas, sino que los ciudadanos están dejando de entregar cheques en blanco. La izquierda gobernó, se desgastó y perdió terreno. Ahora la derecha recibe una oportunidad enorme. Pero esa oportunidad también representa una responsabilidad.

Los nuevos gobiernos tendrán que demostrar que pueden hacer aquello que prometieron. Reducir la criminalidad, mejorar las economías, combatir la corrupción, fortalecer las instituciones y gobernar para quienes votaron por ellos y también para quienes los rechazaron.

América Latina quizá sí esté despertando, pero despertar no significa cambiar simplemente de izquierda a derecha. Significa aprender a exigir resultados, rechazar el fanatismo y comprender que ninguna ideología está por encima de la democracia.

El continente está cambiando. La pregunta verdaderamente importante no es hacia qué lado se está inclinando, sino si esta nueva generación será capaz de convertir ese cambio en una democracia más madura o terminará repitiendo, con otros colores, los mismos errores del pasado.

El autor es comentarista político

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